Sueños truncados y pesadillas

Sueños truncados y pesadillas

Sueños truncados y pesadillas | Donde acaba el tiempo | Capítulo 5 | Alicante, noviembre de 2011 | El doctor Ríos estaba tan confundido como yo. Me hacía las preguntas con tono escéptico, pero en su mirada veía una excitación tan difícil de disimular como de definir.

            –Entonces, ¿está segura de que su madre nunca le contó la relación que mantuvo aquel verano del 68 con su padre?

            –Ya le he dicho que apenas si nos habló de él a mi hermana y a mí: Que era estadounidense y hippie, que se llamaba Patrick y que se enamoraron… Nada más. Ni ella ni nadie nos contaron la relación que tuvieron con tanto detalle. Mi madre incluso creía que él había regresado a Estados Unidos…

            –Sería interesante que pudiéramos contrastar la veracidad de lo que ha visto en esta regresión… Quizá su madre…

            –Mi madre falleció hace once años.

            El hipnólogo hizo una mueca de contrariedad con la boca. Seguía sentado en la silla y había hecho que la lámpara iluminara la habitación con mayor intensidad. Yo estaba frente a él, sentada en la camilla, completamente recuperada de la sesión hipnótica pero aturdida por lo que había recordado.

            –Nunca… Nunca antes me había encontrado con algo así. Desde luego he oído y leído experiencias como esta, pero… Esto se sale fuera de los esquemas de la ciencia académica… –Con la mirada perdida en el suelo, como si buscara una explicación escrita en el parqué, parecía estar hablando más consigo mismo que conmigo. Sus ojos verdes por fin volvieron a mirarme mientras decía–: En cierta ocasión un paciente mío llegó a tener una regresión hasta el día de su nacimiento. Y sé de varios colegas que han conseguido regresiones de pacientes suyos hasta estadios prenatales o intra-uterinos, pero esto…

            –Va más allá de mi propia concepción –susurré, abrumada por el significado de aquella conclusión–. ¿Conoce algún caso en que haya pasado algo parecido?

            Joan Ríos negó con la cabeza.

            –Hay mucho escrito sobre percepciones extrasensoriales producidas durante la hipnosis regresiva, como la telepatía, la predicción, la xenoglosia, el recuerdo de supuestas vidas pasadas… Pero…

            –¿Qué es eso de la xenoglosia?

            –El don de la palabra. La capacidad sobrenatural de hablar lenguas, tal como les ocurrió a los apóstoles en Pentecostés…

            –Ah, sí.

            –Sólo que no conozco ningún caso en el que se haya hecho una comprobación seria y científica de que lo que habló el paciente fuera realmente un idioma desconocido por él. Suele ser un lenguaje inventado, ininteligible; lo que en psicología llamamos glosolalia.

            –Y supongo que se dará, o se dice que se da, en casos en los que el paciente recuerda vidas anteriores, en otras reencarnaciones.

            –Eso es. Quienes creen en las percepciones extrasensoriales opinan que la mente, durante la hipnosis, rompe los esquemas de lo que se conoce como psicología científica y puede actuar bajo unos parámetros diferentes de los que comúnmente entendemos como espacio-tiempo.

            –Y usted, naturalmente, no cree en ello. Por lo que deduzco que tal vez piensa que todo lo que he creído recordar en esta regresión no ha sido más que algo salido de mi imaginación.

            Levantó levemente las manos en un claro gesto de petición de calma y en seguida me llegó una ligera y agradable oleada de olor a miel y a limón.

            –Tiene razón, no creo en esos fenómenos extrasensoriales. Pero fíjese en esto…

            Tecleó en el ordenador portátil y pocos segundos después apareció mi imagen en la pantalla. Estaba tumbada en la camilla con los ojos abiertos pero se advertía con facilidad que estaba en trance. También se veía al doctor Ríos a mi lado, sentado en la misma silla en la que estaba ahora. A pesar de la penumbra en la que estaba sumida la habitación, la calidad de la imagen era muy buena.

            –Es la sesión de hoy –deduje gracias al vestido que llevaba puesto. En mi primera visita a la Clínica Psicológica Hipnos vestía un traje chaqueta.

            –Sí. Fíjese…

            De repente, el lunar que tengo en la frente lanzó un brillo fugaz y rojizo.

            –¿Qué ha sido eso? –pregunté, sorprendida.

            –No lo sé. Pero se repite más adelante, por lo que no creo que sea algo casual.

            Y efectivamente, tras adelantar la grabación unos minutos, volvió a suceder lo mismo: De improviso, mi lunar brilló durante un segundo, a semejanza de una pequeña bombilla navideña que se fundiera nada más encenderla.

            –¿Y en la sesión anterior…?

            El hipnólogo negó con la cabeza.

Therapy (KGS Massage Gröblacher, Mirjam M.)

            Aquella noche del 17 al 18 de noviembre de 2011 volví a sufrir un episodio de terror nocturno. Me desperté mientras intentaba salir de mi casa por la puerta del salón que da al jardín. Afortunadamente, como cada noche, había cerrado la verja corredera antes de acostarme. Estaba llorando y había vuelto a soñar con esa imagen y esa voz que me llamaba; la misma imagen esférica y la misma voz de mujer que había recordado en mi última regresión y con las que se suponía que habían soñado mis padres.

            Echaba mucho de menos a mi madre. Si ella viviera estaría ahora a mi lado, consolándome. Además, podría confirmarme si lo que creía haber recordado en la última sesión de hipnoterapia era cierto o no. Y si era así, ¿sabía ella que Patrick se había despeñado por un acantilado al sur de Ibiza?

            En 1992, una vez finalicé la carrera de empresariales en Valencia, me fui a París, donde estuve trabajando durante un año en un hotel, primero como camarera, luego como recepcionista. Después me fui a Londres, donde estuve dos años, de los veinticuatro a los veintiséis, trabajando también en dos hoteles. Allí conocí a Tom, el jefe de seguridad del primer hotel en el que trabajé. Era un hombretón rubio y de origen sudafricano, de treinta y tres años, que había servido varios años en un cuerpo especial del ejército británico. Estaba divorciado y tenía dos hijos que vivían con su exesposa en Manchester. Me enamoré de él y me fui a vivir a su apartamento. En febrero de 1994 supe que estaba embarazada y en marzo aborté. Dudé sobre si tener o no al bebé durante una semana, pero me decidí cuando comprobé que la primera reacción que tuvo Tom al enterarse no fue sólo fruto de la sorpresa. No se enfadó, pero sí que se contrarió, y mucho. Dijo que ya tenía dos hijos y que no entraba en sus planes tener uno más. «Si quieres tenerlo, será cosa tuya», me repitió unos días después de que le diera la noticia. Aunque Tom hubiese reaccionado de un modo distinto, probablemente habría decidido al final no tener al bebé, pues haberlo tenido habría supuesto en ese momento acabar o, como mínimo, frenar mi carrera profesional, y yo entonces deseaba seguir viajando, seguir conociendo otros países, otras ciudades, otros hoteles, sin tener que preocuparme de criar a un bebé: no quería repetir el error que, en mi opinión, había cometido mi madre. Pero la manera como reaccionó Tom me facilitó mucho la toma de decisión. Quiso correr con los gastos de la clínica, o al menos con la mitad, pero yo no le acepté ni un penique y, cuando salí de la clínica, me mudé a un pequeño estudio que alquilé no muy lejos del nuevo hotel al que fui a trabajar. Unos meses más tarde, ya en 1995, viajé a Nueva York, donde había conseguido el puesto de relaciones públicas nada menos que en el Waldorf Astoria. Por fin veía hecho realidad uno de mis sueños.

            Pero todo se truncó al año siguiente, en 1996. Mamá cayó gravemente enferma por culpa de un cáncer de colon que le detectaron en un estado bastante avanzado. Debido a sus antecedentes clínicos familiares –su madre había fallecido tras luchar durante años contra un cáncer de mama que hizo metástasis en varios órganos vitales– mamá llevaba años teniendo la precaución de hacerse revisiones periódicas, sobre todo mamografías, pero nada pudo hacer para evitar o detectar antes aquel tumor, virulento y traicionero, que le había salido en una de las partes más escondidas de su cuerpo. Pese a todo, no se rindió y luchó con todas sus fuerzas para superar la enfermedad durante cuatro largos años.

            Mamá no quiso ir a vivir con Carmen a Aspe, a pesar de las insistencias de mi hermana. «Mario no tiene por qué aguantar en su casa a una suegra enferma», me dijo más de una vez por teléfono. Y Carmen no podía abandonar su casa y su trabajo para irse a Benidorm con su hijo y cuidar de mamá. Así que no tuve más remedio –es una forma de expresarme, pues ciertamente sí que había otras alternativas, si bien ninguna me convencía o me hubiera permitido seguir viviendo en paz conmigo misma– que dejar el trabajo de mis sueños en Nueva York, para regresar a Benidorm. Con veintisiete años y un currículo realmente envidiable, no me fue difícil encontrar trabajo en un hotel benidormense como recepcionista. Dos años después, pese a estar cuidando de mi madre, conseguí el puesto de subdirectora de un hotel recién construido, un rascacielos con cerca de ochocientas habitaciones.

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