Un sueño roto

Un sueño roto

Un sueño roto | Dejó el periódico encima de la mesita y se apoyó en el respaldo del sillón, suspirando y llevándose ambas manos sobre su abultado vientre. El tacto de su futura maternidad la reconfortó, pero ello no pudo evitar que las puertas de la memoria, abiertas ya de par  en par, inundaran de recuerdos su mente. 

Acababa de leer en El Luchador la entrevista que el periodista Alejandro G. Barcia le había hecho al actor infantil Alfredo Hurtado Franco, mucho más conocido por su apodo cinematográfico de Pitusín. También le llamaban «el Chiquilín español». Chiquilín era otro apodo cinematográfico, pero de un actor infantil norteamericano. El verdadero nombre de Chiquilín era Jackie Coogan y había alcanzado la fama en el mundo entero con siete años, cuando apareció con Charles Chaplin en la película «The Kid» (El Muchacho). Tan famoso se había hecho en España a raíz de aquel film y de otros posteriores, que hasta había una exitosa revista infantil que se llamaba como él: «Chiquilín».

Ahora estaba en Alicante, no el auténtico Chiquilín, sino Pitusín, el «Chiquilín español», promocionando «El lazarillo de Tormes», su último film. Por las respuestas que había dado en la entrevista se deducía que era la primera vez que visitaba la ciudad. Y estas dos últimas cosas, el sobrenombre de «el Chiquilín español» y el hecho de que fuera la primera vez que este jovencísimo actor visitara Alicante, habían despertado en ella unos recuerdos que creía haber escondido para siempre en el nicho más remoto de su memoria.

Tales recuerdos la hicieron retroceder tres años y medio, al verano de 1926, cuando ella estaba soltera y tenía la cabeza llena de grandes ilusiones, casi todas relacionadas con el cinematógrafo. Durante aquellos meses veraniegos se estaba rodando en la ciudad de Alicante y su provincia una película que se titularía «Los cuatro robinsones», dirigida por Reinhardt Blothner. Todos los alicantinos se hallaban más o menos alterados por aquel evento. Pero eran sin duda los jóvenes quienes seguían con mayor excitación los movimientos de los artistas que intervenían en la filmación. Y ella era una de las que con más atención lo hacía. Se filmaron escenas en el Ayuntamiento, junto a la iglesia de San Nicolás, en los paseos de los Mártires, de Isabel II, de Ramiro, en las plazas de la Constitución, de Castelar, de Alfonso XII, y ella estuvo en casi todos aquellos lugares, observando entre la multitud.

paseo martires-hoy explanada españaPaseo de los mártires, hoy explanada de España – Alicante – Comunidad Valenciana – España

Coincidiendo con el comienzo del rodaje de «Los cuatro robinsones», se había anunciado en la prensa la apertura de una academia cinematográfica en Alicante llamada Chiquilín.

Era la respuesta a sus oraciones, la oportunidad de hacer realidad sus sueños, así que le pidió insistentemente a su madre que le permitiera ir, pero no la dejó.

Poco después se anunció que Pitusín estaría presente en la Academia Chiquilín el día de su inauguración, pero al parecer el célebre actor infantil no pudo al final venir a Alicante.

El 2 de septiembre vio en el Diario de Alicante otro anuncio:

«PELICULAS

jóvenes y señoritas – artistas de cine o aspirantes que quieran tener dinero y adquirir popularidad los necesita la “casa Chiquilín” para filmar en Alicante. Los admitidos ganarán de 10 a 100 pesetas diarias. El mes próximo se harán las pruebas y seguidamente se principiará la película. Las señoritas admitidas irán acompañadas de sus mamás. Solo filmarán los que formen parte de esta sociedad. Derechos de admisión 2 ptas.- Cuota mensual 3’50 ptas. y 10% sobre los contratos.- Nota: Vean en 4.ª plana “Diario de Alicante” del 26 de agosto, nota más explicativa. Para contratarse presentarse Calle San Fernando, letra B. bajo derecha.- ALICANTE. Se concederá matrícula gratuita a cinco señoritas de condiciones modestas.»

Ella sería una de aquellas artistas de cine. Estaba segura. Era su destino. Así se lo dijo a su madre. Pagaría la matrícula con sus ahorros. Pero tampoco esta vez consiguió convencerla para que la dejara ir a la Casa Chiquilín.

Todo cambió sin embargo unos días más tarde, el 17 de septiembre, cuando leyó el último de aquellos anuncios que le abrían el camino hacia su futuro de artista famosa, también en el Diario de Alicante, y en el que aparecía una fotografía de Pitusín:

«Las lindas muchachas de Alicante son los tipos ideales para ser artistas de cine. Las muchachas alicantinas de tipo tan perfecto y de caras tan sugestivas sirven sorprendentemente para aprovechar estas buenas condiciones y hacerse independientes y ricas. No lo dudéis. Vuestro porvenir está en la pantalla. El cine puede redimiros. El entusiasmo y la preferencia que por Alicante sienten las casas productoras hará, al correr el tiempo, que la ciudad sea un nuevo Los Ángeles de América. Preocuparos de adquirir la enseñanza necesaria para ser artista de cine. No seáis tímidas ni indecisas. Un paso resuelto puede ser vuestra felicidad. En Noviembre se filmarán en Alicante dos películas y hay que facilitar artistas locales. Sería bochornoso que hubiera de traerse de Madrid.

Acudid al “Estudio Chiquilín” San Fernando, letra B, bajo

(Casas de Alberola)

y se os dará toda clase de facilidades. Serán preferidos los tipos delgados y ligeros. Pensad en vuestra fortuna. Faltan en España buenos artistas. Los primeros que se hagan se enriquecerán pronto.

Estudio Chiquilín, San Fernando letra B, bajo.»

¡Ella era una de esas lindas muchachas de Alicante, el tipo ideal para ser artista de cine! ¿Quién podía dudarlo?, se dijo mientras contemplaba la figura esbelta y bien vestida que se reflejaba en el espejo que tenía delante. Esta vez las súplicas a su madre, aliñadas con abundancia de lágrimas, dieron resultado. Cansada de oír sus ruegos y llantos, accedió acompañarla a aquella academia de artistas, pero sólo después de recibir el parabién del padre de familia, quien primero comprobó la seriedad de tal lugar. La información que recabó era aceptable: la tal academia cinematográfica estaba dirigida por Luis Coudercq, un actor y director francés que llevaba años trabajando en España (había actuado en «Los mártires del arroyo» y dirigido «El tintorerito», estrenadas ambas películas el año anterior) y que tenía abierta en Valencia otra academia similar.

Acompañada de su madre, fue por fin a la Academia Chiquilín. Pagó los derechos de admisión y la cuota del primer mes, y empezó a asistir a clases de baile e interpretación. Pero pocos días después, nada más acabar el rodaje de «Los cuatro robinsones», la Academia Chiquilín cerró y Luis Coudercq desapareció sin dar explicaciones.

Todo ocurrió tan de improviso, que tardó varios días en comprender lo que había pasado. Su sueño cinematográfico se hizo trizas con una crueldad repentina. Como muchos otros jóvenes alicantinos, se sintió tan triste como frustrada. Tan profunda y duradera fue su pena, que el 2 de diciembre de aquel año no quiso acompañar a sus padres al estreno en el Ideal Cinema de «Los cuatro robinsones», cuya proyección fue ambientada por los sones de la Orquesta Clottes.

Luego vino la resignación a un futuro provinciano y anónimo. Aceptó la petición de matrimonio del pretendiente elegido por su padre, farmacéutico como él, y se dedicó a vivir del mismo modo como vivían las demás mujeres casadas, como había vivido su madre, procurando olvidar la frustración y la vergüenza que sintió al ver roto su sueño de artista.

Tres años y medio después, tras recordar aquellos tristes días con las manos puestas sobre el seno donde se gestaba su primer hijo, llegó a la conclusión de que la herida había por fin cicatrizado. Quizá hasta volvería a ir pronto al cinematógrafo, ahora que se hablaba de la inminente llegada de las películas sonoras.

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