Uxda, agosto de 1634

Uxda, agosto de 1634

  Uxda, agosto de 1634 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 31 | Uxda, rabî al-awwal de 1044 de la hégira | Abdelaziz | Estaba contento de partir con toda su familia hacia Zeluán, el lugar donde había nacido su padre y que él todavía no conocía. Zeluán no estaba muy lejos de Uxda y su padre solo había ido una vez en los últimos años. Fue solo. «Allí ya casi no me queda familia. Tus abuelos murieron hace tiempo», le había explicado a su vuelta de Zeluán, donde había heredado casa y tierras.

            Curiosamente su padre era la única persona de la familia que parecía estar triste por tener que ir a Zeluán, pensó Abdelaziz mientras caminaba junto al burro sobre el que iban montados sus hermanos Mohammed, de seis años, y Badriya, de cuatro. Delante iba su padre, también de pie, guiando a los dos mulos; encima de uno iba su madre, mientras que el otro cargaba con todos los cachivaches que poseían.

            Aunque hacía poco que había amanecido, el calor era ya agobiante. Como sus hermanos, Abdelaziz solo llevaba encima una camisa y unos calzones holgados, pero sus padres en cambio cubrían sus cuerpos con chilabas y sus cabezas con turbante, él, y pañuelo, ella.

            Aprovechando que estaban llegando a lo alto de un cerro –cultivado de olivares y en el que había una vieja kubba o santuario casi en ruinas–, Abdelaziz volvió la cabeza para ver por última vez, a lo lejos y al pie del Kudiat el Yadra, la ciudad amurallada de Uxda, conocida también como la ciudad del miedo, varias veces destruida y reconstruida durante los últimos siglos. Por encima de los muros surgía el alminar de la gran mezquita consagrada a Sidi Okba ben-Nafá. Mucho más cerca estaba la casa en la que había nacido él –ocho años atrás– y sus hermanos, y que acababan de abandonar.

            Sintió una ligera punzada de dolor en su corazón al recordar a su abuela, pero volvió la cabeza hacia delante, hacia el camino que les llevaría a Zeluán, y pronto dejó de pensar en ella.

Hassan

             Levantó la cabeza para mirar a su esposa y, al cruzarse los ojos, comprobó que todavía los tenía enrojecidos, que hacía muy poco que había dejado de llorar. Aun así le sonrió.

            A Hassan le gustaba la manera como el ojo derecho de Esmer se desviaba ligeramente hacia la nariz cuando le miraba de frente. En vez de afearla, ese leve bizqueo le confería un encanto especial. Lo había heredado de su madre. Otra herencia de su madre que a él ya no le gustaba tanto era el lunar que tenía en la frente. Ese color granate le turbaba levemente.

            Mientras caminaba, Hassan agarraba con su mano derecha el cabezal del mulo que montaba Esmer y con la izquierda las riendas del otro mulo, que cargaba todas sus pertenencias.

            Diez años atrás había llegado a Uxda huyendo de su vida anterior. No le perseguía nadie, no había cometido ningún crimen. Le perseguía su torpeza innata y su delito era el no haber sido capaz siquiera de aprender a contar o a escribir su propio nombre. Su padre, reputado jatib en la mezquita de Zeluán, se había empeñado hasta la desesperación en enseñarle a leer el Corán. Pero a Hassan le resultaba imposible. Ni con cinco, ni con diez, ni con quince años había conseguido terminar una sura sin acabar primero con la paciencia de su padre. Las letras se le agolpaban, se mezclaban en su mente de forma aleatoria, caótica, y no lograba concentrarse lo suficiente para ponerlas en orden, o tardaba muchísimo en hacerlo y pronunciar las palabras que formaban de manera correcta. Y algo semejante le ocurría con los números. Cuando cumplió dieciséis años su padre llegó a la conclusión de que su hijo era un moharracho y dejó por imposible el intentar educarle. A partir de ese momento no le hizo más caso que al perro que guardaba la casa.

            Poco después Hassan se fue de la casa paterna. A pesar de los ruegos y llantos de su madre –a quien prometió no obstante dar aviso periódico de dónde y cómo estaba–, partió de Zeluán y marchó a Fez, donde vivió dos años como aprendiz de carpintero, hasta que hubo de huir al enamorarse de una muchacha que le correspondía, al menos de palabra, pero que era la cuarta esposa de un imán.

fez marruecos

            Camino de Argel se detuvo en Uxda por unos días. No le gustó esta ciudad de calles demasiado estrechas y casas miserables, donde escaseaba el agua, las moscas abundaban más que las piedras y el aire estaba permanentemente impregnado de un olor malsano, un hedor que, se decía, surgía de los almacabras, los antiguos cementerios sobre los que estaba edificada. Pero necesitaba comer y buscó dónde trabajar hasta que se encontró con Samuel, un judío viudo y jazarino que poseía una ebanistería cerca de la kasba.

            Y pasaron los días, las semanas y los meses sin que Hassan se decidiera a reemprender su camino hacia Argel. Tan bien se hallaba trabajando para Samuel.

            –A mí no me engañas, muchacho. Eres un zamacuco de cuidado –le dijo un día el judío entre risas–. Eres callado y pareces torpe con la cabeza, pero desde luego eres mucho más listo que la mayoría de esos zabazalas que se ganan la vida señalando en las mezquitas el mihrab hacia donde deben mirar los orantes. Y lo que es más importante, trabajas muy bien la madera con las manos.

            Desde un principio, Samuel le trató con amabilidad y muy pronto empezó a reconocer su valía como carpintero, para disgusto de su hijo, que también trabajaba en la ebanistería. Le pagaba poco, pero le daba de comer y le dejó dormir en un rincón del almacén.

            Así que Hassan se fue acomodando poco a poco a la vida en Uxda, hasta que dejó de oler esa peste que manaba del suelo y de ser molestado por las moscas, al menos mientras trabajaba. Si bien ello no se debió tanto a la costumbre como a los aromas que desprendían las maderas de cinamomo, de durillo, de tejo, así como el olor del aceite de ricino con que Samuel trataba de frenar su calvicie, tan fuerte que resultaba repulsivo para las moscas.

            Para sorpresa de Hassan, resultó que una de las más preciadas proveedoras de Samuel era una andalusí llamada Karima, esposa de un matarife, que vivía a las afueras de la ciudad, donde cultivaba plantas y arbustos con los que elaboraba los ungüentos y jarabes que tanta fama le habían dado como curandera.

            –También tiene un bosquecillo de tejos y cinamomos –le contó Samuel el mismo día que Hassan conoció a Karima.

            No era una mujer joven –debía tener treinta años–, pero, gracias a que no usaba velo, debajo de su pañuelo se veían unas facciones muy agradables, sobresaliendo unos ojos tan bellos y negros como el ébano que Samuel acariciaba y mimaba mientras lo trabajaba.

            –Su marido es un patán, tan bruto como un asno, pero ella ha ido domándolo… Parece que lleva tiempo sin trabajar, que está muy enfermo, pero Karima se gana bien la vida. Además de sanadora reputada, vende en el zoco lo que cultiva en su huerto y a nosotros nos proporciona buena madera de durillo para la taracea y las mejores ramas de tejo para la fabricación de arcos.

            Karima enviudó un año después de que Hassan llegara a Uxda. Oyó rumores que decían que la curandera había matado a su marido, que el matancero había sido envenenado, pero Samuel le aseguró que todas aquellas calumnias eran fruto de las envidias, que Karima era una buena mujer. Hassan, que intuía el enamoramiento de su jefe, creyó que éste aprovecharía la oportunidad para cortejar a la viuda, pero se equivocó. Samuel no cortejó a Karima, pero sí que le animó a él para que se casara con la hija de la curandera.

            –Pero si no la conozco –protestó tímidamente.

            –Eso no es problema. Mañana mismo quedará resuelto. Karima y yo hemos acordado presentaros para que os conozcáis. Ya verás, muchacho, Esmer es una chica preciosa. Y ya va siendo hora de que tengas tu propia familia.

            Hassan se dejó convencer fácilmente por Samuel, sobre todo después de conocer a Esmer. No la volvió a ver hasta el día de la boda –que se celebró, debido al luto por la muerte del matarife, al cabo de un año–, pero en ese tiempo no le asaltó la duda, sino la impaciencia.

            Una vez casados, Hassan y su esposa se quedaron a vivir en casa de Karima. Era una casa humilde –con las paredes exteriores cubiertas por completo de yedra– que había extramuros, no muy lejos de la puerta occidental de la ciudad, pero que se encontraba rodeada de un huerto, un jardín y, en efecto, de un bosquecillo compuesto de tejos, durillos y cinamomos. También había varias higueras –generosas en brevas primaverales e higos otoñales, así como ricinos y estramonios, vulgarmente conocidos como higueras locas–, que crecían junto al pozo y las acequias que regaban el huerto y el jardín, separados éstos por una fila de adelfas con flores rosas, blancas y amarillas.

Adelfa

            –Este es un jardín muy peculiar –le advirtió Esmer unos meses después de casarse, mientras paseaban una tarde de junio entre parterres donde se arrastraban alhandales de flores amarillas, crecían amapolas de hojas abrazadoras y color garzo, beleños blancos y negros, perejil lobuno… Ella estaba embarazada de ocho meses y llevaba puesta una túnica holgada y blanca–. Todos los arbustos y plantas que hay aquí son medicinales. También lo son los árboles que hay allí –señaló el bosquecillo que había detrás de la casa–, y la yedra, y las higueras, y las adelfas. Mi madre utiliza sus raíces, hojas, tallos, flores o frutos para sus sanaciones. Todo cuanto crece aquí, alrededor de la casa, salvo en el huerto, es medicinal… Pero también es venenoso. El zumo del perejil lobuno es mortal y bastan diez semillas de ricino para matar a un hombre, y no existe antídoto. Son solo dos ejemplos. Por eso tendremos que enseñarle a nuestro hijo, cuando crezca y empiece a corretear por aquí, qué es lo que debe o no deber coger.

            Hassan se estremeció.

            –¿Y no sería más prudente arrancar todas estas… cosas, o irnos a vivir a otro sitio?

            –Mi madre no permitiría que lo arrancáramos. Son su medio de vida. Y yo tampoco lo permitiría… Por otro lado, ¿adónde iríamos?… No, Hassan, aquí estamos bien. Y nuestro hijo también lo estará. Yo he nacido y crecido aquí, y nunca he corrido peligro. Mi madre me enseñó qué podía o no podía hacer, con qué podía o no podía jugar… Aprendí y aquí estoy –sonrió–. Nuestros hijos también aprenderán y crecerán sanos. Tendrán siempre con ellos a la mejor curandera del mundo.

            Y así fue. Un mes después nació Abdelaziz; y unos años más tarde Mohammed y Badriya. Cierto que entre medias murió otra niña, pero su muerte durante el parto fue inevitable por nacer de pies y con el cordón umbilical enrollado al cuello. Karima no pudo salvarla. Nadie podría haberlo hecho. Gracias a Dios misericordioso Esmer logró sobrevivir y hasta volver a parir sin problemas –sus partos eran rápidos y poco dolorosos– un año más tarde.

            De la habilidad de Karima como sanadora se benefició el propio Hassan poco después de convertirse en su yerno. Conocedora por Samuel de sus dificultades para leer y contar, le preparó una pócima que se tomó durante varios días y que le sirvió para enfrentarse con calma y determinación al cálculo y a la lectura del Corán. Ni Esmer ni Karima sabían leer, por lo que fue el propio Samuel quien le ayudó a Hassan con la lectura y la escritura. Jamás consintió Karima revelarle los ingredientes de aquella pócima con suave sabor a higo, pero Hassan le estuvo igualmente agradecido. Después de beberla y de relajarse durante un rato, sentado y con los ojos cerrados, se enfrentaba con mejor predisposición a las letras y a los números, que no parecían bailar tanto en su mente, cosechando un resultado mucho mejor. Lenta pero progresivamente fue aprendiendo a leer y a contar.

            Y, como él, muchas otras personas manifestaban su agradecimiento a Karima por el modo tan satisfactorio con que les había ayudado. Hasta que llegó el fatídico día en que el ámel la hizo llamar a su residencia en la kasba.

            Resultó que el primogénito del ámel, un joven de veinte años, era asmático y, desde hacía dos días, estaba sufriendo un ataque cada vez más virulento que amenazaba con asfixiarle. Ningún médico había acertado a ponerle remedio. Y el ámel, que conocía a Karima de oídas, la llamó en contra de la opinión y consejo de los médicos.

            Karima reconoció al joven, que se encontraba postrado en su cama, acompañado por su madre –la favorita del ámel–, y regresó luego a su casa para elaborar un jarabe de estramonio. Volvió al atardecer a la kasba e hizo ingerir una cucharadita al enfermo, que no tardó en sentir cierto alivio.

            –¿Sanará? –le preguntó el ámel, que no entró en ningún momento en la alcoba de su hijo.

            –Mejorará. Su enfermedad es incurable, pero estos ataques se pueden atajar a tiempo con el jarabe que le he preparado. A su madre le he explicado qué dosis debe tomar y cada cuanto tiempo.

            En días posteriores Karima repitió cientos de veces aquella última frase, así como la advertencia que había hecho a la madre del fallecido: «Nunca más de una cucharadita».

            La cuestión era que el muchacho murió al día siguiente, de madrugada, y, según los médicos, envenenado. Por la cantidad de jarabe que quedaba en el tarrito de vidrio, Karima dedujo que se le había dado una sobredosis mortal. La madre, que estaba delante de ella y junto al ámel, la miró con ojos muy asustados, por lo que Karima adivinó que, preocupada por el renovado ataque de asma de su hijo, le había hecho tomar más cantidad de la que ella le había indicado, creyendo que así le ayudaba a mejorar más rápidamente. Pero en vez de reconocerlo lo negó con rotundidad. Por la forma como miró al principio al ámel, Karima comprendió que aquella mujer sentía pavor por el castigo que, con seguridad, le impondría su marido si reconocía tal error. De ahí que no se extrañara cuando aquel pavor se trocó rápidamente en fingida indignación. «¿Cómo se atreve esta bruja a culparme de la muerte de mi hijo? Le he dado la cantidad de jarabe que ella me dijo –gritó ofendida la mujer, señalándola con dedo acusador–. Ella es la culpable. Ella me dijo una cantidad que sabía que era mortal. ¿Por qué lo has hecho, bruja? Mataste a tu marido y ahora has matado a mi hijo. ¡Asesina!».

            Karima tardó tres meses en salir de la ciudadela. Y cuando lo hizo se hallaba agonizante. A pesar de los ruegos y súplicas de Esmer y Hassan, la decisión del ámel de castigar duramente a la supuesta responsable de la muerte de su primogénito fue inamovible. Ni siquiera los esfuerzos de Samuel, con quien el ámel tenía cierta relación de amistad, lograron ablandar el corazón de éste. Y al final fue el corazón del judío el que no soportó aquella demostración de injusticia y crueldad pública que presenció en la puerta de la ciudadela.

            Se había rumoreado que Karima sería lapidada, pero al final el caíd sentenció que fuera encarcelada después de ser azotada en público.

            Hassan no pudo evitar que Esmer presenciara la flagelación. Intentó convencerla de que se quedara con los niños en la casa, pero no pudo. Los niños se quedaron en el taller de Samuel, en compañía del hijo de éste. Fue un espectáculo multitudinario. Arrodillada y con las manos atadas a un poste, Karima soportó los primeros latigazos en silencio, pero según aumentaron éstos empezaron a oírse sus chillidos de dolor…, hasta que perdió el conocimiento.

            Una vez finalizada la flagelación, Karima fue llevada de regreso a la cárcel de la ciudadela, sin que Esmer pudiera acercársele. Aquella noche Samuel murió en su cama.

            Más que las insistentes y numerosas demandas de misericordia que hicieron Esmer y Hassan, fue el grave empeoramiento de la salud de Karima lo que convenció al caíd para que permitiese su puesta en libertad.

            Una Karima envejecida y agonizante fue llevada a su casa en un carro prestado por el hijo de Samuel. Y allí murió dos semanas más tarde.

            Repudiados por la mayoría de los habitantes de Uxda, sin trabajo por decisión del hijo de Samuel, cuyos celos hacia Hassan no disminuyeron tras la muerte de su padre, decidieron vender la casa e irse a vivir a otro lugar.

            Aunque no le atraía la idea de regresar a Zeluán, Hassan no tardó mucho en convencerse de que era la única salida que tenían.

Esmer

 

            Cuando trajeron a su madre de la cárcel y vio las heridas en su espalda, cuello y brazos, Esmer comprendió que no podía hacer nada para curarla. Y su madre, a pesar de las altas fiebres y sus desvaríos, también lo sabía. Ninguno de los árboles, arbustos o plantas que crecían alrededor de la casa servían para sanar aquellas heridas que se veían, y las mucho más perniciosas que no se veían. Tan solo pudo aliviar sus dolores dándole el jugo seco que extraía de las cápsulas de la adormidera, que la mantuvo casi todo el tiempo dormida, hasta su muerte.

AdormideraAdormidera

            Karima murmuraba en sus delirios y a Esmer le pareció en más de una ocasión que parecía mantener una conversación con alguien. Alguien invisible, que solo había en su mente, en su memoria o en su imaginación. «Lo siento, lo siento, no puedo ayudarte» o «Sí, mi hija o mis nietos o alguno de mis descendientes…», oyó que decía febril y entre sueños.

            Fue dos noches antes de morir cuando Karima le pidió a su hija que le perdonase por no poder entregarle el talismán que su madre le había dado a su vez a ella antes de morir. Esmer sabía que era una simple filacteria en la que estaban grabados los noventa y nueve nombres de Dios.

            –Me lo arrancaron del cuello antes de que…

            Karima no pudo acabar la frase y Esmer se echó a llorar. Estaban las dos solas en la habitación pequeña y tenuemente iluminada por una bujía, donde dormían abuela y nieta. Badriya no estaba presente, dormía en la cama de sus padres desde el regreso de Karima.

            Esmer conocía el pasado de su madre desde hacía muchos años. Sabía de su procedencia andalusí, de la que estaba tan orgullosa, y que sus abuelos habían muerto en el valle de Al-Andalus donde habían nacido, a manos de los soldados cristianos que echaron de allí a todos los musulmanes. Moriscos, les llamaban.

            –Mis hermanos se quedaron allí. Yo era ya demasiado mayor y me embarcaron en un bajel que me trajo a Orán, pero Muslim y Miriam se quedaron allí. A Miriam se la llevaron unos hombres de armas, no sé a dónde. A Muslim lo vi por última vez en Denia, la ciudad donde esperaban los barcos. Mientras a mí me llevaban al puerto, vi cómo a él lo llevaban al castillo que había en lo alto de un cerro, detrás del soldado que se lo había raptado. Ya nunca volví a verles –sus ojos se humedecían cuantas veces se lo contaba–. Muslim era valiente y guapo, y tozudo. Le gustaba tocar una flauta que le había regalado nuestro tío Sharif, que también murió en el Caballo Verde, aunque no se le daba bien: el ruido que hacía no podía llamarse música –sonreía–. Miriam era la más chica… Mi hermanita… –pucheros–. Tenía un lunar en la frente, como tú y como yo…, como mi madre. Y le encantaba el olor a canela. Siempre tenía entre sus ropas un trocito de rama…

            Por el camino hasta Denia y durante la travesía en barco hasta Orán, Karima vio morir a muchos moriscos. Ella tenía catorce años y era fuerte, por lo que llegó sana –magullada, extenuada, hambrienta y casi sin ropa encima, pero sana– a Orán.

oran en la actualidadOrán en la actualidad

            –Pero no nos desembarcaron en el puerto. Durante día y medio estuvimos esperando en el barco. Varios hombres fueron en una barca para hablar con el gobernador de la ciudad y volvieron poco después diciendo que estaba tan llena de moriscos que el gobernador, un tal conde de Águilas, no daba permiso para que nos desembarcaran en el puerto. Yo no entendía la lengua en la que hablaban, pero otros moriscos sí que conocían la aljamía y me lo dijeron. Y allí estuvimos, esperando en medio de una bahía limitada por dos cabos y con la ciudad enfrente. Orán es una plaza española y desde el barco se veían dentro de sus murallas los torreones de dos castillos y el campanario de una iglesia. Encima de las montañas había otros castillos más chicos… Al final nos desembarcaron en una playa cercana al cabo más meridional. No conocíamos el lugar, así que no sabíamos a donde ir. Muchos además no podían apenas andar; estaban enfermos o demasiado débiles. Pero vimos que otros muchos salían por una puerta de la ciudad y fuimos a juntarnos con ellos. Los habían echado. No querían salir de la ciudad porque no tenían qué comer, tampoco sabían a donde ir y además estaban asustados por los alarbes, unos beduinos que habían asaltado en días anteriores a otros moriscos. Pero los soldados los echaron a la fuerza de Orán. Algunos dijeron de ir hacia Argel; otros que lo mejor era ir a Mostaganem y Tremecén, ciudades más cercanas y donde ya habían acogido a otros moriscos. Así que nos dividimos. Pero tanto los que fueron hacia Argel como los que íbamos hacia el otro lado sufrimos el ataque furioso de los alarbes y los soldados españoles. Los terribles beduinos atacaron a los primeros; los españoles a nosotros. Nadie entendía por qué los soldados habían esperado a que salieran de la ciudad para asaltarles. Yo corrí, corrí, corrí con las pocas fuerzas que me quedaban, mientras veía cómo muchos hombres, casi todos ancianos, eran muertos, registrados y robados…, y las mujeres violadas… –el espanto refulgía todavía en sus ojos–. Salvé la vida, pero no llegué a Tremecén. Estaba cerca e iba con otros diez o doce andalusíes más, cuando nos salió al encuentro un grupo de jinetes. Unos, que parecían guerreros, montaban caballos; otros iban sobre camellos. Yo tampoco conocía entonces el árabe que se habla aquí, muy distinto del que se hablaba en mi tierra, en Al-Andalus, pero no me hizo falta conocerlo para comprender, una vez nos maniataron, que habían vuelto a apresarnos. Y en vez de llevarnos a Tremecén nos trajeron hacia aquí. Aquella noche acampamos y por fin nos dieron de comer y beber. Un viejo que sí entendía lo que decían, me contó que el jefe de aquel grupo era un capitán llamado Cid Almanzor –a quien yo había visto a la grupa de un corcel bayo, vestido con almajar de seda amarilla y un turbante blanco–, pero que regresaría con sus hombres a Tremecén al amanecer, y que nosotros seguiríamos con un tal Camilo y los demás jinetes de camellos, que nos llevarían a Uxda y Fez para vendernos. Y así fue como me enteré de que me había convertido en una esclava. Una semana más tarde, Camilo, que era judío, me vendió aquí a Yazid, a quien advirtió que era andalusí, y por tanto musulmana, por lo que no podía tratarme como una esclava. Y el resto ya lo conoces…

            Sí, Esmer ya lo conocía porque lo había vivido en primera persona. Ella había nacido al año siguiente. Yazid desposó a Karima antes de que diera a luz.

            –Al menos en eso se portó como un buen hombre –había comentado una vez Karima.

            Yazid era robusto, no muy alto, amante del hachís y jifero. Se ganaba la vida matando animales. Su aliento olía siempre a ajo y era tan vehemente en su manera de expresarse, que cualquier manifestación suya de alegría, admiración, queja o ira iba acompañada de grandes alharacas. También las de afecto, aunque éstas eran muy escasas. Su zafiedad era solo comparable a su suciedad y a los celos que le reconcomían constantemente y sin justificación. Cuando se enfadaba, que era a menudo y por cualquier motivo, abrumaba a los demás con sus gritos aliáceos, sus maldiciones, insultos e intimidaciones. «¡No vales más que la jifa!», recordaba Esmer que le chillaba a su madre, amenazándola con darle una jiferada, siendo ella aún muy chica.

            Pero aquel maltrato, aquella tosquedad, aquel ímpetu bestial fue amainando y desapareciendo con el tiempo, conforme la salud de Yazid fue deteriorándose paulatinamente. Cada vez más débil, más deprimido, Yazid se encamó un buen día y ya no volvió a levantarse. Primero entró en coma y luego, pocas semanas después, murió. Esmer tenía ocho años y durante el entierro derramó unas lágrimas, no muchas porque, para su sorpresa, sentía casi tanto alivio como pena. Pena que desapareció por completo cuando su madre le contó la verdad:

            –Yazid no era tu padre. ¿Recuerdas lo que te he contado varias veces sobre lo que me pasó cuando me desembarcaron en Orán?… Pues resulta que no corrí lo bastante de prisa. Salvé la vida, sí, pero un soldado me atrapó y… Gracias a Dios luego no me mató y me dejó ir… Siento muchísimo haber dejado que creyeras durante estos años que Yazid era tu padre, pero creí que era lo mejor para ti. Pensé que, si llegabas a saber la verdad, quizás te hubieras rebelado contra él.

            –¿Y él sabía que no era mi padre?

            –No. Creía que eras sietemesina…, aunque de piel demasiado clara… –rio–. Lamento no haber podido elegir a tu padre…, pero sí que pude impedir que Yazid fuera el padre de mis hijos.

            Esmer recordó aquella conversación mientras iba sentada encima de la mula, camino de Zeluán y acariciando inconscientemente la talega donde llevaba su tesoro más preciado: las semillas de todas las plantas, arbustos y árboles que crecían alrededor de la casa que dejaban atrás.

            Nunca llegó a preguntarle a su madre cómo impidió que el bruto de Yazid la dejara preñada, porque no le hizo falta. Aunque entonces era una niña, bien que se acordaba de haberla visto tomando alhandal o tejo, horas antes de ponerse malísima durante un rato y como si le hubiese venido la menstruación. Del mismo modo que tampoco le hizo falta preguntarle de qué había muerto Yazid, pues recordaba perfectamente haberla visto mezclar frutos de yedra con su comida durante mucho tiempo.

arbol genealogico cap 31

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