Valle de Alaguar, 1609

Valle de Alaguar, 1609

           Valle de Alaguar, noviembre de 1609 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 36 | Agustín | Rompía el alba de aquel sábado 21 de noviembre frío y nubloso cuando el maestre de campo don Agustín Mexía arengó a sus tropas, antes de que todos rezaran el avemaría y que las cajas y trompetas resonaran en el llano de Petracos. Más arriba, en lo alto de la sierra del Caballo Verde, el atalaya morisco alertó a sus correligionarios.

           Montado en su caballo alazán, Agustín observó cómo las dieciséis compañías de los tercios viejos, seguidas de varias banderas de las milicias efectivas, dejaban atrás el llano de Petracos para comenzar el ascenso de la ladera meridional de la sierra del Caballo Verde, una ladera asaz agreste y que en seguida se pobló de moros mal armados pero decididos a luchar, animados con el tronar de los panderos y ese lelilí tan insistente que resonaba por entre las rocas como si surgiese del mismo infierno.

            Hacía ciento nueve días que Agustín había recibido en Segovia las órdenes reales que le encomendaban la misión de coordinar la expulsión de los moriscos del virreinato valenciano.

            En un principio los condenados al exilio habían emprendido su éxodo pacíficamente. En solitario o en largas caravanas, los primeros de los cerca de ciento treinta mil moriscos que vivían en el virreinato valenciano se encaminaron hacia los puertos de embarque –Vinaroz, Grao de Valencia, Denia, Alicante–, tras abandonar sus hogares. Custodiados por las tropas de sus respectivos señores, muchos moriscos hasta mostraban su júbilo por partir al fin hacia el norte de África. Cansados de la presión que tanto la Inquisición como la Corona venían ejerciendo sobre ellos desde hacía casi un siglo, para que se convirtieran sinceramente a la fe católica, y también de vivir como cristianos pero pagar como moros, pues los señores les recargaban los impuestos hasta con un cuarenta por ciento más que a los cristianos viejos, marchaban hacia el éxodo convencidos de que les esperaba una vida mejor en el Islam, donde no tendrían que ocultar su verdadera fe y sus correligionarios les recibirían con los brazos abiertos. Aquello les compensaría de la tristeza de tener que abandonar las casas y tierras donde habían nacido y donde sus antepasados habían vivido durante los últimos novecientos años.

            Pero todo había cambiado a partir de que los señores se opusieran a que sus vasallos expulsos vendieran sus ganados y granos, arguyendo que no eran bienes muebles y arrebatándoselos a la fuerza. Como una conspiración demoníaca, a esta injusticia se unieron otros contratiempos aún más graves: Muchos de los moriscos eran asaltados y robados por el camino mientras se dirigían a los puertos donde debían embarcar y pronto, por orden real, empezó a cobrárseles el pasaje. A mayor abundamiento, cumpliendo con lo prometido en el decreto real, diez moriscos habían arribado a Denia el 19 de octubre de regreso de Orán. Las noticias que traían no eran las esperadas por el monarca ni los organizadores de la expulsión. Si bien los primeros moriscos que habían llegado a la plaza de Orán habían sido bien recibidos por los gobernadores de Tremecén y Mostaganem, todo ello cambió cuando los muchos expulsos arribados abarrotaron aquella plaza española en África e hizo imposible recibir y proteger a los miles que aún estaban por llegar. Asustados por la cantidad y la pobreza de los expulsados, los gobernadores de las ciudades vecinas se negaron a aceptarlos. Además, no pudiendo desembarcarlos ya en el puerto oranese, empezaron a ser desembarcados de las galeras y galeones españoles en las playas cercanas, donde les esperaban, impacientes, los violentos y temidos alarbes.

            Tan terribles noticias se propalaron con la rapidez del viento por todas las aldeas, aljamas y pueblos del virreinato valenciano, atemorizando aún más a los cristianos nuevos que todavía no habían embarcado y soliviantando los ánimos de muchos de ellos. Varias sublevaciones locales se produjeron entonces de manera simultánea. No muy lejos de donde ahora se encontraba Agustín, al norte, en el valle de Ayora, se habían reunido un mes atrás varios miles de moriscos, que se hicieron fuertes en un alto conocido como Muela de Cortes. Y pocos días después hicieron lo mismo en el valle de Alaguar muchos miles más. Agustín envió a parte de su ejército y a las milicias provenientes del norte y centro del virreinato a Muela de Cortes, para rendir a los sublevados y llevarlos hasta el puerto de Valencia, y luego él mismo había venido hasta el valle de Alaguar con el resto de su ejército y las milicias del sur del virreinato, para hacer lo propio con los rebeldes allí concentrados.

            Agustín Mexía comprendía las razones que habían provocado aquellas sublevaciones. Detrás no se escondía más que la desesperación. Pero debía cumplir con las órdenes recibidas por Su Majestad y, además, la contumacia mostrada por los negociadores moriscos con los que había tratado había acabado por encolerizarle. El día anterior mismo, viernes 20 de noviembre, había recibido en Murla a la última embajada rebelde, que rechazó las condiciones que les ofrecía.

            Irritado, Agustín ordenó el asalto definitivo al valle donde se escondían los rebeldes. Un valle bordeado de altas sierras por todas partes menos por levante. La más meridional de aquellas sierras, denominada Caballo Verde, era la más alta y en ella se levantaban tres peñones. El menos elevado estaba en el extremo occidental, flanqueando la entrada del valle, y a sus pies se hallaba Murla, fuera del valle, donde Agustín había establecido su cuartel general, doce días antes.

            Al cabo de ocho días de escaramuzas y de negociaciones infructuosas, Agustín había iniciado las maniobras necesarias para entrar en el valle y rendir a los sublevados. A pesar de que tenía presente el deseo que le había expresado el monarca de que evitara en lo posible el derramamiento de sangre, ordenó el 16 de noviembre conquistar los restos de un castillo que había en la entrada del valle, llamado de Azabares, y la cima del primer peñón del Caballo Verde, desde donde los moros hostigaban a diario a los murlíes y a sus soldados lanzando piedras y haciendo rodar grandes rocas ladera abajo. Ambos sitios fueron conquistados con rapidez y sufriendo solo algunos heridos. No sucedió lo mismo entre los rebeldes, pues no fueron pocos los que murieron defendiendo los vestigios del castillo, pero se trataba de sangre morisca, por lo tanto no de verdaderos cristianos, pensó Agustín mientras informaba aquella noche por escrito a Luis Carrillo de Toledo, marqués de Caracena y virrey de Valencia.

            Agustín había nacido cincuenta y cuatro años antes en Peralejo, lugar de la encomienda de su padre, primer marqués de la Guardia, y a sus espaldas llevaba una larga y exitosa carrera militar, que inició siendo un niño, como paje de don Juan de Austria. De rasgos duros pero medio ocultos por el bigote, la perilla y el sombrero de ala ancha, con el cuerpo envuelto por una armadura sobre la que resbalaban las primeras y tímidas gotas de lluvia, montado en su alazán bien enjaezado, una hora después del amanecer seguía Agustín observando con sus ojos grises los movimientos de los escuadrones que intentaban subir por la falda de la sierra.

            A pesar de que las nubes oscuras apenas filtraban la luz del sol naciente, Agustín vislumbró a los moros que impedían el avance de sus arcabuceros. Aquellos turbantes, chilabas y zaragüelles se movían con agilidad entre los riscos, medio ocultos en lo alto de un estrecho desfiladero desde el que hostigaban a sus arcabuceros. Estos, distinguidos por sus coletos amarillos, cargaban y disparaban sus armas, pero sin conseguir avanzar un solo paso, desde hacía mucho rato.

            Un jinete llegó entonces al galope hasta donde se hallaba Agustín. Pero no se dirigió a él, sino a su ayudante, el capitán Antonio del Corral. Y fue este quien le informó de que se habían cumplido sus órdenes en la entrada del valle: Ochocientos soldados y ocho compañías de milicias de Alicante y de Gandía habían salido de las ruinas del castillo de Azabares para reunirse con la caballería en el llamado Tosalet de Cotes, tomando posiciones para atacar en cuanto así se lo mandaran, respaldados si hiciera falta por las milicias que ocupaban el primer peñón.

            –Pero por aquí nos estamos demorando –se lamentó el maestre de campo sin separar la mirada de la escabrosa ladera que tenía enfrente–. Se ve que ya casi no les queda pólvora para los pocos arcabuces que poseen, pero con la ayuda de algunas ballestas y sus hondas nos están manteniendo a raya.

            –Su posición es muy ventajosa –constató el capitán, que también se encontraba subido en su montura, una yegua zaina de bella estampa.

            –¿Cuántas bajas llevamos? –inquirió Agustín.

            –Sobre una docena. Heridos por flecha o pedrada, pero ninguno parece grave.

            –Que los mosqueteros y los piqueros tomen la vanguardia y traten de subir por aquel otro sitio –ordenó Mexía señalando con su índice derecho una cañada que había más a la izquierda del lugar donde estaban los escuadrones de arcabuceros.

            El capitán Del Corral marchó de inmediato a trasladar las órdenes del maestre de campo a los oficiales de los tercios de Nápoles, de Sicilia y del Mar Océano. Poco después, Agustín comprobó cómo veinticinco piqueros, bien protegidos con sus coseletes y morriones, avanzaban en efecto por el lugar que él había indicado, armados con sus largas lanzas y seguidos por los mosqueteros, que disparaban sus pesadas armas apoyándolas con dificultad sobre las horquillas.

            El combate se recrudeció cuando los piqueros llegaron a la mitad de la ladera. Los rebeldes aún disparaban algunos arcabuces, pero sobre todo hacían uso de sus ballestas y hondas para seguir atacando a los soldados, que continuaron su ascenso con lentitud. Hasta que se luchó cuerpo a cuerpo. Espadas contra gumías.

            Agustín siguió con atención el duro combate que se desarrollaba cerca ya de la cima de la sierra. Las nubes se estaban alejando pero el viento de levante era cada vez más intenso y frío. Aunque los rayos del sol apenas calentaban, permitieron apreciar mejor lo que sucedía allá arriba, donde los moriscos retrocedían pero sin dejar de luchar, ofreciendo una resistencia que sorprendió a los oficiales y soldados de los tercios viejos, todos ellos veteranos de la guerra en Flandes.

            –Se defienden bien estos moros. Tienen coraje –reconoció Agustín.

            –Se juegan la vida, excelencia. La propia y la de los suyos –dijo el capitán Del Corral.

            Agustín desvió la vista de la sierra, cuya cima ya estaban a punto de alcanzar sus huestes, para mirar a los ojos de su ayudante.

            –Y tienen razón –aseguró con frialdad.

            En ese momento Antonio del Corral supo que la suerte de aquellas pobres gentes estaba echada. A pesar de que el monarca había expresado su deseo de que la expulsión de los moriscos se produjera sin derramamiento de sangre, el capitán era consciente de que su jefe estaba deseando dar un escarmiento ejemplar para que no se repitiera una sublevación como aquella. Además, comprendió que le habría resultado muy difícil impedir el saqueo que tanto ansiaban los soldados y las milicias.

            –Que la caballería y la infantería penetren en el valle –mandó Agustín, volviendo su atención hacia la cima del Caballo Verde, donde ya se encontraban los primeros soldados. A continuación puso su caballo al trote en dirección a levante, seguido de su ayudante, que con un gesto avisó a otro jinete para que se adelantara al galope y comunicara la orden del maestre de campo.

Ahmed

 

            Durante media mañana resistieron el ataque del enemigo, pero al final no tuvieron más remedio que retirarse, subiendo por entre las rocas e intentando que no le alcanzara ningún disparo. Pero fueron muchos los que cayeron. Ahmed Sequien había visto como Amín ben Alí, uno de los principales adalides, fue atravesado por una de aquellas lanzas tan largas que portaban los soldados. También vio caer muerto a Mustafá, el aljecero de Parcent, con un disparo en la cabeza. Y a Mohammed al-Dani, que recibió un balazo en un muslo mientras subía junto a él. Trató de ayudarle, pero nada más levantarle otra bala le dio en la espalda. Aun así le pidió a su hermano Hassan, que iba delante de él, que le ayudara a llevarlo; todavía estaba vivo. Tuvo que gritarle para que le oyera, tan grande era el ruido que había alrededor. La algazara entusiasta se había trocado en griterío de pánico. Eran cientos, si no miles, los cadáveres que quedaban en aquella ladera del Caballo Verde; y todos eran de moriscos. Hassan retrocedió tres pasos para ayudarle y entre los dos intentaron subir a Al-Dani, que tenía los ojos abiertos y aún respiraba. Pero subir por tan áspero terreno se hacía imposible cargando con Al-Dani y los soldados seguían disparando, cada vez desde más cerca.

            –Déjalo. Lo llevaré yo. Sube tú solo. ¡Corre!

            Mientras esto le decía a su hermano, Ahmed puso a Al-Dani sobre su hombro derecho, doblado como una alfombra enrollada. A pesar de haber cumplido ya los cincuenta años, Ahmed Sequien al-Millini, bautizado en Confrides como Jerónimo, era todavía un hombre fuerte. Alto y robusto como un oso –en descripción de su propio hermano–, había luchado bravamente en primera fila durante toda la mañana, pese a ser el rey de los moriscos. Así lo habían querido todos los reunidos en el valle de Laguar un mes antes.

            –No merece la pena, Ahmed. Creo que ha muerto –dijo Hassan al-Millini después de examinar el rostro sangriento de Al-Dani. Sus ojos se habían cerrado y, aunque no le resultaba fácil comprobarlo por la postura que tenía, le parecía que ya no respiraba–. Déjale o te matarán.

            Ahmed dejó con delicadeza el cuerpo de su amigo Mohammed entre dos rocas. El alquicel que llevaba puesto, blanco y de lana, se había teñido casi por completo de rojo. Tenía treinta y tres años y había nacido en Benimaurell, el pueblo más alto de los tres que había en el valle de Alaguar. Y, en efecto, su hermano tenía razón: acababa de fallecer.

            Mientras seguía ascendiendo todo lo de prisa que podía, sin molestarse siquiera en mirar hacia atrás y mucho menos seguir luchando, Ahmed recordó fugazmente la hospitalidad que le mostraran Mohammed al-Dani y su familia cuando él llegó al valle de Alaguar en compañía de la suya. En pocos días, aquel valle donde vivían novecientas personas se convirtió en el refugio de veinte mil. Las casas eran obviamente insuficientes para albergar tanta gente, de modo que muchos levantaron tiendas y chozas en los lugares más llanos y cerca de las tres poblaciones, en tanto otros ocuparon muchas de las cuevas que se escondían en las laderas de las sierras. Tantas eran, que habían dado nombre al valle –al-agwar: las cuevas–, al que sus pobladores llamaban también Joca Alahuer –cuevas escondidas–. Pero Ahmed y los suyos tuvieron la suerte de ser hospedados por los Al-Dani (los de Daniya, nombre árabe de Denia), cuyo cabeza de familia era Mohammed, ya que su padre hacía unos años que había fallecido y él era el único hijo varón. Fue precisamente la casa que había sido de sus padres la que les cedieron.

vall de laguartValle de Alaguar

            –¡Avisad que todo el mundo corra al peñón más alto!

            Los gritos en algarabía de Ahmed no iban dirigidos a nadie en concreto. Quería que se corriera la voz entre los moriscos para que el aviso llegara cuanto antes a la gente que había en el valle. Intuía con desesperación lo que les esperaba si no lograban ponerse a salvo a tiempo.

Esmer

 

            En el llano que se extendía entre Benimaurell y la sierras de la Carrasca y del Caballo Verde, había levantadas, desde hacía meses, numerosas chozas construidas con ramas de pinos, algarrobos, cerezos y olivos. Desde allí, junto a muchas otras personas, Esmer vio bajar desde lo alto de la sierra del Caballo Verde a los hombres que habían tratado de frenar al ejército cristiano. Eran más de cinco mil, pero estaban muy mal armados y, por lo que se veía, habían cedido por fin y huían corriendo. Parecían cabras saltando de roca en roca.

            Procedentes de los pueblos vecinos y de otros más alejados, veinte mil moriscos llevaban concentrados algo más de un mes en el valle de Alaguar. Habían llegado huyendo de los cristianos que querían embarcarlos hacia el exilio, sin permitirles siquiera vender sus ganados y granos. Al rey cristiano no le había bastado con convertir sus mezquitas en iglesias, a obligarles a bautizarse con nombres cristianos, a pagar diezmos a los curas, a enterrar a sus muertos en las iglesias, a prohibirles la circuncisión de sus hijos, si no que además ahora quería echarlos de sus tierras, de sus casas, y mandarlos fuera de su país. Y habían elegido aquel valle porque, además de ser un lugar difícil de conquistar, rodeado de altas sierras, sus habitantes se habían negado a acatar el decreto de su expulsión desde el principio.

            Esmer era una de las responsables de aquella temprana resistencia a la expulsión. Aunque la familia de su madre procedía de Benidoleig, un pueblo próximo al valle, la de su padre llevaba viviendo en Benimaurell desde hacía muchísimo tiempo. Ella misma había nacido, veintinueve años atrás, en ese pueblo, el que se hallaba a mayor altura de los tres que había en el valle y el que estaba más alejado de su entrada, que se encontraba a levante. Los otros dos pueblos del valle eran Fleix, o pueblo de En medio, y Campell, o pueblo Bajo.

            Reconocida en aquel valle por su habilidad como curandera –hechicera para algunos enemigos, entre los que se encontraba el párroco que había sido asignado por el obispado para el valle, pero que siempre se había mantenido fuera de éste, en Murla–, Esmer había mantenido encendida la llama de la rebelión entre sus vecinos y luego también entre los refugiados. Su fuerte personalidad y el ardor de sus arengas la hicieron pronto más famosa que los alfaquíes que habían incitado a la rebelión por toda la comarca. Y su determinación de apoyar a Ahmed Sequien Al-Millini fue decisiva para que éste fuera elegido rey de los moriscos.

            Amigo de su marido, Mohammed al-Dani, quien cedió la casa de sus padres a la familia Millini, a Esmer le pareció que aquel hombretón maduro, fuerte, de piel adusta y de palabra vehemente y fácil, podría ser el adalid que todos necesitaban. Así se lo hizo saber a su esposo y, con su consentimiento, a todo aquel que quiso escucharla.

            Y precisamente fue Ahmed a uno de los últimos que vio bajando de la sierra, en compañía de su hermano Hassan. Los Millini se acercaban al lugar donde estaba Esmer corriendo y gritando: «¡Todos al peñón! ¡Corred todos al peñón!».

            La desbandada fue general. Todos los moriscos que estaban en el llano –ancianos, mujeres, niños– corrieron hacia Benimaurell. Muy pocos se entretuvieron recogiendo algún enser. El griterío fue ensordecedor. Madres que buscaban a sus hijos y que, en cuanto los encontraban, cogían al más chico y arreaban a los demás para que corrieran con ellas todo lo de prisa que pudieran.

            Esmer sabía que también debía de correr hacia su casa, que debía avisar cuanto antes a sus propios hijos, a su hermano, a su suegra, a sus cuñadas, a sus sobrinos…, pero no antes de saber dónde estaba su marido.

            –¿Y Mohammed? ¿Dónde está Mohammed? –preguntó poniéndose delante de Ahmed, deteniendo su carrera. El rey de los moriscos miró fijamente a los grandes y negros ojos de la mujer, vestida con una chilaba azul marino y tocada con un pañuelo negro, y murmuró:

            –Está esperándote en el Paraíso –y después de mirar hacia atrás, para ver cómo los soldados empezaban a descender por la ladera del Caballo Verde, una vez se habían reagrupado en la cima, volvió su atención hacia aquellos bellos ojos, tan profundos y oscuros como algunas de las cuevas que había en el valle, y donde titilaban ya las primeras lágrimas–. Y tú y los tuyos iréis en seguida a reuniros con él si no corres a avisarles y a poneros a salvo.

            El pánico cundió por el valle tan veloz como el relámpago y tan ruidoso como el trueno. Benimaurell, y después Fleix, y por último Campell, fueron invadidos por los gritos y las carreras de sus habitantes y de todos aquellos que habían buscado refugio en el valle. Muy pronto los senderos que llevaban al peñón más alto del Caballo Verde se llenaron de gente que corría o andaba todo lo de prisa que podía. De las veinte mil personas que se habían concentrado en el interior del valle, menos de ocho mil eran hombres, buena parte de los cuales habían muerto en las escaramuzas con el ejército o defendiendo las ruinas de Azabares y la cima del primer peñón. Solo en la madrugada de ese día, más de la mitad perdieron la vida o habían sido heridos. En consecuencia, la inmensa mayoría de los moriscos que corrían ahora hacia la base del tercer peñón del Caballo Verde eran ancianos, mujeres y niños.

            Muchos de los habitantes de Campell estaban saliendo del pueblo cuando arribó la caballería. Algunos ni siquiera habían abandonado todavía sus casas. Con sus brigantinas y celadas borgoñotas brillando bajo un sol que se había liberado por completo de las nubes, los soldados usaban sus lanzas y espadas para ensartar a todo cuanto se movía en las calles y en las afueras del pueblo. Algunos de ellos, queriendo sacar provecho de la ventaja que tenían sobre la infantería, que se acercaba corriendo y ávida de botín, bajaron de sus monturas para saquear en el interior de las casas, masacrando a las personas que se les interponían, ya fueran adultos o niños; pues si por un casual eran mujeres, no desaprovechaban la ocasión para ultrajarlas allí mismo, antes de llevárselas como parte del botín o matarlas si es que se resistían con demasiada fiereza. Otros por el contrario prefirieron perseguir a quienes se encaminaban hacia el Caballo Verde o proseguir hacia los otros dos pueblos, donde se repetirían escenas tan trágicas como las que acaecieron en Campell, el más oriental y cercano a la entrada del valle.

            A pesar de que la alarma había llegado a Benimaurell mucho antes que ella, Esmer halló todavía en su casa a toda la familia. Su hermano Sharif, ciego desde hacía seis años, estaba arrodillado sobre su almozala, rezando; sus hijos Taleb y Karima, de catorce años y mellizos, la esperaban muy asustados en la puerta, con el asno ya preparado, mientras que Muslim y Miriam, de nueve y siete años respectivamente, estaban tan nerviosos que correteaban como potros alrededor de la casa; sus cuñadas Amal y Fátima, la primera embarazada de seis meses, habían levantado de su lecho a su madre y la llevaban hacia la salida de la casa, cada una de un brazo y rodeadas de sus hijos, ninguno mayor de diez años.

            Esmer era consciente de que su suegra se estaba muriendo, que el zaratán estaba consumiéndole el corazón y la vida, del mismo modo que antes le había consumido los pechos, pero no quiso desalentar a sus cuñadas; sabía que no la dejarían allí. Como tampoco ella dejaría a su hermano, pese a que retrasaría la marcha de toda la familia a causa de su ceguera.

            Le preguntaron por Mohammed, pero ella no quiso desanimarlas aún más diciéndoles la verdad –que había muerto a manos de los cristianos como sus maridos antes, en las ruinas de Azabares–, por lo que respondió que no sabía dónde estaba, que quizás estaría yendo hacia el Caballo Verde, como todos.

            Sharif la obedeció en seguida, cogiendo como único equipaje su inseparable jabeba, la flauta que tocaba desde que su madre se la regalara siendo niño. Vestido con una aljuba verde y un turbante del color del azafrán, Sharif fue guiado por sus sobrinos hacia el camino que llevaba al Caballo Verde. Detrás marchaba la suegra de Esmer, montada en el asno y rodeada de sus hijas y nietos. Y delante de todos iba Esmer, como una pastora guiando a su rebaño, animándoles a seguir todo lo de prisa que pudieran, observando aterrorizada cómo los soldados de a pie se acercaban ya a Benimaurell por poniente, mientras la caballería hacía lo mismo desde Fleix. Muy pronto todo el valle sucumbiría a la barbarie.

            El sendero que llevaba al Caballo Verde estaba repleto de gente que corría asustada. Muchas mujeres y ancianos llevaban a niños en brazos; algunos cargaban con ropas, sacos de trigo, odres de agua, gallinas; y muy pocos montaban animales de carga o arreaban carneros, ovejas o corderos.

            Cuando Esmer y los suyos estaban a mitad de camino, un vocerío pavoroso les advirtió de la presencia de los cristianos a una distancia no muy lejana, detrás de ellos. Esmer entonces animó a su familia para que aceleraran el paso, pero Sharif no podía hacerlo sin tropezar, pese a ser guiado por Taleb y Karima. Muy al contrario, como si su instinto le avisara del peligro, el asno que llevaba a su suegra se puso al trote, poniendo en dificultad a Fátima para seguirlo y dejando atrás a Amal y a la mayoría de los niños. El asno aumentó la velocidad de su trote y Fátima, temiendo que derribara a su madre, intentó alcanzarlo y detenerlo, pero no lo consiguió y, cuando ya estaban cerca del pie del peñón, la suegra de Esmer cayó al suelo.

            El animal siguió su carrera desbocada, alejándose campo atraviesa, entre algarrobos y cerezos desnudos, y Fátima corrió a auxiliar a su madre. Quiso levantarla, pero no pudo. La anciana lloraba y se quejaba amargamente sin que Fátima supiera qué hacer, cuando Esmer y los demás llegaron junto a ellas.

            –Tiene la pierna derecha rota y quizás también la cadera –diagnosticó Esmer–. No da tiempo a hacer una parihuela, así que habrá que llevarla en brazos, aunque le dolerá mucho.

            Pero la mirada de Esmer se dirigió hacia el peñón, que se levantaba delante de ellos imponente y escarpado como una fortaleza infranqueable. Y los demás, que siguieron su mirada, pensaron lo mismo que ella.

            –No vamos a dejarla aquí –dijo Fátima con resolución.

            –No –suspiró Esmer–. Por supuesto que no.

            La columna de huidores seguía avanzando hacia el peñón, desde cuya base les instaban voces masculinas a que no dejaran de caminar, de correr si podían.

            –¡Los soldados están muy cerca! ¡No os detengáis, corred! ¡Corred!

            En ese momento el griterío procedente de detrás de ellos se hizo más fuerte, mezclado con ruido de cascos y golpes. Y al instante les alcanzó la tragedia. Varios jinetes de brillantes brigantinas y con las cabezas protegidas por cascos que solo dejaban a la vista sus caras radiantes de odio, seguidos por un numeroso grupo de soldados de a pie y miembros de las milicias efectivas –cristianos viejos que habían llegado hasta allí al olor del botín y soñando con realizar grandes gestas–, se arrojaron contra ellos con el ímpetu y la violencia de una jauría.

sierra caballo verdeSierra del caballo verde

            Esmer hubiera dado su vida a cambio de la protección de toda su familia. Pero el don que poseía como curandera no era milagroso ni se acercaba –pese a lo que decían quienes la detestaban– al poder de la brujería. De manera que, aun cuando se interpuso entre la soldadesca y los suyos, gritando a los niños que corrieran hacia el peñón, la grupa de uno de los caballos la quitó de en medio muy pronto, arrojándola violentamente a un lado del sendero.

            Para cuando se incorporó, aturdida, Esmer se encontró en medio de una escena horrible. Como si fueran demonios escapados del infierno, los soldados se dedicaban a masacrar con furia a todos los moriscos que se hallaban a su alrededor. Los niños de pecho eran arrebatados de los brazos de sus madres y estrellados contra las peñas; para no entretenerse quitándoles los zarcillos, cortaban con sus espadas las orejas de las mujeres, a las que luego mataban; como mataban a los ancianos y niños, despojándoles de todo cuanto llevaban de valor y dejándolos desnudos.

            Fátima murió decapitada cuando intentó evitar que un soldado de a pie matara a su madre, algo que hizo a continuación, clavándole su espada en el pecho, dedicándose luego a registrar sus ropas. Muy cerca yacía Amal en el suelo, boca arriba, medio desnuda, con su vientre abultado abierto por un enorme tajo, a través del cual un hombre que se había sentado en sus muslos –vestido con jubón azul oscuro, calzas abombadas, ferreruelo y sombrero negros–, extraía el feto que dejó acto seguido sobre el pecho de su madre agonizante, haciendo entre risas ademanes como si lo bautizase. Un poco más allá, en medio del sendero, muy cerca ya de la base del peñón, donde la pendiente se hacía mucho más pronunciada y escarpada, impidiendo el paso de la caballería, vio a su hermano de espaldas, ayudado por Taleb y Karima, justo un momento antes de que un soldado los alcanzase por detrás y clavara con rabia la punta de su espada en la nuca de Sharif.

            Esmer reaccionó profiriendo un desgarrador chillido, al mismo tiempo que emprendía una veloz carrera hacia donde estaban sus hijos. Solo tenía ojos para Taleb, que trataba de proteger a Karima del soldado que acababa de matar a Sharif y que se acercaba a ella amenazadoramente. Por eso no vio al grupo de moriscos que, encabezados por los hermanos Millini, bajaban del peñón armados con piedras y gumías. Como tampoco vio, a pesar de que estaba delante de ella, al soldado que le disparó su arcabuz. Sintió simultáneamente un agudo dolor en el costado izquierdo y un fuerte empujón que la tiró de nuevo a tierra; pero el miedo a perder a sus hijos la ayudó a incorporarse en seguida. Un miedo que se volvió terror cuando vio a Taleb caído en el suelo. Junto a él estaba Karima, de rodillas, y de pie los hermanos Millini. Los soldados se habían retirado, sorprendidos por el inesperado contraataque de los moriscos.

            El dolor que sentía por Taleb fue muy superior al que sintió por la herida sufrida. De ahí que Esmer corriese hasta donde estaba su hijo caído. Aunque la herida era profunda y le llegaba al corazón, aún respiraba y tenía los ojos abiertos cuando ella se agachó para abrazarle.

            –¡Taleb! –chilló Esmer con todas sus fuerzas, en tanto Karima los miraba llorando.

            Reagrupados y con refuerzos, los soldados regresaron disparando sus armas de fuego. Los de caballería se apeaban de sus monturas para perseguir a los moriscos por aquel terreno tan empinado y rocoso.

            –Vamos. No podremos detenerlos –dijo Ahmed mientras separaba a Esmer de Taleb, al que cogió luego en brazos.

            Los hermanos Millini y quienes les acompañaban corrieron hacia la base del peñón, desde cuyas rocas otros moriscos trataban de cubrirles arrojando flechas y piedras contra los soldados. Y ya estaban muy cerca del estrecho desfiladero por el que se iniciaba el ascenso al peñón, cuando un mosquetero acertó a darle a Ahmed en el muslo derecho. Cayó este al suelo, y con él Taleb, rodando ambos cuesta abajo. Hassan y cinco moriscos más retrocedieron para ayudarles, y también lo hubiera hecho Esmer, si no llega a ser porque otros hombres se lo impidieron, ordenándole que siguiese su ascenso con Karima.

            Y así lo hizo. No obstante, Esmer se detuvo unos pasos más arriba, poco antes de que el estrecho sendero prosiguiera por el lado meridional del peñón, desde donde vio cómo Hassan al-Millini, bautizado Cristóbal en Confrides cuarenta y ocho años atrás, no pudo impedir que su hermano muriese a manos de los soldados cristianos que se abalanzaron sobre él y Taleb. A pesar de estar herido, Ahmed luchó con valentía y arrojo frente a un enemigo muy superior en número y armas. Hasta que un sargento acabó con su vida atravesando su corazón con el pico de una alabarda. Tan bizarro comportamiento admiró a los propios soldados y a sus oficiales. Mas tanta admiración no impidió que la soldadesca se lanzara sobre los cadáveres de Taleb al-Dani y de Ahmed Sequien al-Millini, rey de los moriscos, para apoderarse de cuanto de valor llevaran encima, incluida la ropa.

            Poco después anocheció en el valle de Alaguar, el lugar donde hasta hacía poco veinte mil moriscos celebraban su libertad y alimentaban su esperanza con alegres zambras y leilas, pero que en aquel sábado, 21 de noviembre de 1609, se había convertido en un lugar encharcado de sangre, con cerca de siete mil cadáveres desperdigados por todo el valle.

            Esmer subió por un sendero estrechísimo que bordeaba el precipicio por la ladera meridional del peñón, menos abrupta que la que daba al valle pero aun así muy peligrosa por estar bastante inclinada y resbaladiza. Acompañada por Karima, se sintió aliviada al saber que sus hijos Muslim y Miriam se hallaban a salvo, como sus sobrinos, al haber llegado corriendo al peñón cuando la familia fue atacada por los soldados. Pero la pena por la muerte de Taleb oprimía su corazón y sus ojos eran como manantiales inacabables.

            La herida en su costado le impidió proseguir la ascensión cuando se encontró con que, para hacerlo, debía escalar un tramo con ayuda de una cuerda que alguien había atado más arriba a una roca. De modo que, cansada y dolorida por los desgarros que tenía en cuerpo y alma, se sentó al abrigo de dos grandes peñas, apoyando la espalda y la cabeza sobre el musgo que crecía en la sombra de aquella pequeña concavidad.

            Más tarde, una vez hubo descansado, hizo que Karima mirase su espalda. La bala al parecer había salido, agujereando la chilaba también por la parte de atrás, y desde hacía un rato había dejado de sangrar, pero Esmer sabía que la herida debía de ser lavada y curada, para evitar que se llagara.

            Karima fue a buscar agua y Esmer se quedó sola, contemplando el montañoso horizonte. A lo lejos se hallaba otra sierra, el Carrascal de Parcent.

            Hasta hacía poco había pasado todavía gente delante de ella por el estrecho sendero. Eran sobre todo mujeres y niños, protegidos sin duda por Dios misericordioso, que se dirigían hacia lo alto del peñón escalando con mucha dificultad el tramo siguiente y con ayuda de la soga colgante. También de vez en cuando descendieron algunos hombres, armados con ballestas o gumías, que iban a reforzar o sustituir a los que estaban montando guardia más abajo, cerca de la base del peñón, donde comenzaba el sendero de ascenso, un sitio tan estrecho y abrupto que solo se podía pasar de uno en uno.

            –Hay miles de personas allá arriba –le informó Karima en cuanto regresó con un cuenco de agua que le había dado una de las viudas de Ahmed al-Millini–. Están por todas partes; menos por la ladera del valle, que es vertical. Y siguen subiendo.

            –¿Has visto a Muslim y Miriam?

            –Sí, están con los primitos y los Millini. Querían venir conmigo pero les he dicho que no, que se queden arriba. Es muy difícil bajar y aún más para ellos. Muchos de los hombres se están reuniendo en la cima, para elegir a un nuevo rey. Se dice que será Hassan, el hermano de Ahmed al-Millini.

            Aunque reprimía el llanto delante de su madre, Karima tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas. Y mientras la ayudaba a incorporarse para lavarle la herida con el borde húmedo de una zofra que también le habían dado, y que luego puso debajo de ella para que se sentara encima, la oyó gemir varias veces.

            –¿Busco alguna hierba que ayude a cicatrizar?

            –No merece la pena –contestó Esmer–. Por aquí no crecen más que el musgo y los alacranes.

            –¿Entonces?

            –Rezaremos para que cierre bien la herida y no se llague.

            –Iré a por comida y algo que te sirva de abrigo. Aquí hace frío y todavía hará más cuando anochezca.

            Esmer miró a los ojos de su hija y le sonrió. Karima era ya una mujer. Desde que llegara a la pubertad, dos años atrás, cubría en público su hermosa cabellera negra con un pañuelo. El que llevaba ahora era de un color muy parecido al de su chilaba, verde olivo. A pesar de la congestión por la pena y el llanto, su cara seguía mostrándose bonita, con facciones afiligranadas. Al mirar de frente, su ojo derecho bizqueaba ligeramente hacia dentro, como su abuela paterna, y en su frente, un poco más arriba del entrecejo, tenía un lunar, como ella. A su edad, pensó Esmer, ella ya estaba casada y embarazada. Tenía quince años –uno más que Karima– cuando le dio a luz junto a Taleb. Pese a ser mellizos y primeriza, fue un parto rápido, aunque no tanto como fueron los de Muslim y Miriam.

            –¿Sabes algo de Amín?

            Karima negó con la cabeza. Su padre había acordado con el padre de Amín la boda de ambos cinco años atrás. Una boda que estaba prevista para la primavera siguiente en Benimaurell, donde residían ambas familias.

benimaurellBenimaurell

            Karima se fue pero regresó cuando empezaba a anochecer, abrigada con una badana y portando un trozo de cordero asado, otro de pan ácimo y una zalea de oveja que puso encima de los hombros de su madre.

            –Hay gente que ha tenido tiempo de traer agua y comida –dijo Karima mientras se sentaba al lado de Esmer.

            –Dios es misericordioso.

            –Pero si nos tenemos que quedar aquí mucho tiempo, no sé cuánto durará…

            Las dos permanecieron calladas durante un rato, compartiendo la comida y viendo cómo la noche se acercaba por su izquierda tan sigilosamente como una maldición divina.

            ¿Quién les iba a decir a ellas un mes antes que temerían a la sed? Además de los pozos que había en los pueblos, eran seis las fuentes naturales que había repartidas por el valle. El agua sobraba para los novecientos vecinos del valle. Y ni siquiera faltó cuando llegaron tantos miles de refugiados. Otra cosa era la comida. Pese a que muchos de los recién llegados traían ganado y arrobas de grano y comestibles, muy pronto hizo falta salir a buscar comida por los pueblos vecinos. Pero desde que llegara el ejército hubo de conformarse con lo que quedaba en el valle. La falta de comida empezó a notarse, pero no la de agua.

            –Al final ha sido elegido Piteu en vez del hermano de Ahmed.

            –Es un buen hombre. Es vecino nuestro, nació en Benimaurell y fue nuestro alfaquí durante mucho tiempo.

            –Dicen que mañana bajará con otros hombres para hablar con el general cristiano.

            –Ojalá y que lleguen a un acuerdo.

            –Ojalá –repitió Karima, acurrucándose junto a su madre.

            –Ve arriba con tus hermanos. Dormirás mejor.

            –No. Ellos están bien con los Millini y nosotras dos, si nos acercamos la una a la otra, nos daremos calor.

            Aquella noche heló, pero Esmer amaneció sudando. Era empero un sudor frío el que empapaba su cuerpo tembloroso.

            –Tienes fiebre –dijo Karima–. Iré a buscar más agua.

            Mientras esperaba, Esmer vio pasar por el sendero a varios hombres. Unos subían, otros bajaban. Entre estos últimos vio a un grupo encabezado por su vecino Piteu, elegido nuevo adalid de los moriscos. Sin duda iba a reunirse con el jefe cristiano.

            Karima regresó portando un poco de agua en el cuenco y en compañía de un hombre que Esmer no conocía. Debía frisar los cuarenta años, era menudo, vestía una marlota rota y sucia, y llevaba su pequeña cabeza cubierta por un alfareme de gasa.

            –Este señor es alfajeme. Se llama Saqr y es de Alcalalí.

            Esmer dejó que el barbero de Alcalalí examinara la herida, que le dolía más que el día anterior, y, antes de que le hablara, adivinó su diagnóstico.

            –La herida se ha infectado.

            Por desgracia, Saqr tampoco llevaba consigo ninguna de las hierbas con las que podría haber intentado curar la infección.

            –Lo único que se puede hacer es mantener bien limpia la herida y rezar para que podamos bajar al valle cuanto antes –dijo Saqr antes de marcharse.

            Pero la negociación entre Piteu y el general cristiano no acabó en acuerdo y, al regresar al peñón, el jefe de los moriscos mandó registrar las provisiones que les quedaban para racionarlas con vistas a resistir el asedio hasta la primavera.

            –Aunque las racionen por adarmes, no hay provisiones ni para dos semanas. Y agua para mucho menos –advirtió Karima, sentada de nuevo junto a su madre aquella noche.

            –El turco no vendrá a salvarnos. Ni ahora ni en primavera –vaticinó Esmer con labios temblorosos–. Solo el Caballo Verde nos ayudará.

            Karima se encogió de hombros. La leyenda morisca contaba que la cima de esa sierra se hallaba hundida y que los dos peñones más altos formaban una colosal silla de montar porque, siglos antes, luchando contra el ejército del rey cristiano don Jaime, un gigante y poderoso guerrero musulmán llamado Alfatami había caído allí con su caballo de color verde, quedando ambos sepultados. Pero que, llegado el momento, guerrero y corcel resucitarían para defender a los moriscos de los cristianos, si estos se atrevían a volver a invadir el valle.

            –¿De verdad crees que nos salvará el gigante Alfatami con su caballo verde?

            Esmer negó con la cabeza.

            –Pero creo que, si resistimos el tiempo suficiente aquí, en el Caballo Verde, daremos ejemplo a otros moriscos y habrán más rebeliones en otros sitios. Han empezado con nosotros, pero todos los moriscos del país saben que luego irán a por ellos. Y si nosotros resistimos, es posible que en otros lugares sigan nuestro ejemplo. Y si se rebelan muchos moriscos y en muchos sitios a la vez, quizás consigamos que nos respeten, que el rey cristiano nos permita quedarnos en nuestras tierras, como los reyes anteriores se lo permitieron a nuestros padres y abuelos.

            Pero los días pasaron y no se tuvieron noticias de que se produjeran nuevas rebeliones moriscas. Muy al contrario, las que llegaron a través de algunos de los que siguieron negociando con el general cristiano contaban que los moriscos que se habían hecho fuertes más al septentrión, en Muela de Cortes, se habían rendido al conocer la cruel matanza que se había cometido en el valle de Alaguar.

            Piteu renunció como adalid dos días después de que fuese elegido. Le sucedió un alarife de Jalón, que renunció al día siguiente. Y a este le sucedió Hassan al-Millini, quien siguió enviando embajadas para negociar con el general cristiano, pero advirtiendo que no pedirían alafia, que no suplicarían misericordia.

            Entre tanto la fiebre fue consumiendo a Esmer. Karima veía con desesperación cómo no podía siquiera lavarle la herida, por falta de agua.

            El sexto día de asedio, ante el grave empeoramiento de su madre, Karima consiguió convencer a Hassan al-Millini para que la subieran a la cima del peñón, donde había más espacio y podría estar con todos sus hijos. El esfuerzo agravaría su estado aún más, en opinión de Millini, pero la propia Esmer le aseguró que no le importaba, que prefería morir en seguida en compañía de todos los suyos, que más tarde pero en aquel reducido lugar.

            Cuatro hombres, entre los que estaba el propio Millini, subieron a Esmer a pulso por el tramo más difícil del ascenso, atándole una gruesa soga por debajo de las axilas. A continuación, dos de ellos la llevaron en brazos hasta la cumbre, donde había una minúscula explanada y varios recovecos entre las rocas, sobre los que se habían levantado cueros y telas con ayuda de palos, cuerdas y piedras, a manera de frágiles pabellones.

            A Esmer la colocaron con sus tres hijos en uno de estos recovecos rocosos que había mirando hacia el segundo peñón y desde donde se veía a lo lejos el Montgó, el gran monte que había junto al mar y a cuyo pie, en la parte septentrional, se hallaba la ciudad de Denia. El recoveco estaba cubierto de manera inestable por una arpillera que amenazaba con salir volando en cuanto arreciara el viento.

            Les dieron un mendrugo de pan, pero no agua. Hacía un día que no quedaba agua en ninguno de los odres y recipientes de latón o cerámica que había en el peñón.

            Durante las noches anteriores varios grupos de moriscos habían bajado a escondidas hasta las fuentes más próximas, como la conocida precisamente del peñón, y algunos habían logrado volver cargando odres llenos de agua; pero la mayoría no regresaron, pues habían caído presos o muertos por los soldados. El general cristiano había ordenado montar guardia en todas las fuentes del valle y alrededores, por lo que la última noche no habían conseguido nada de agua y, se calculaba, unos ciento cincuenta moriscos –muchos de ellos muy jóvenes– habían sido muertos, heridos o apresados mientras bajaban a las fuentes.

            La fiebre de Esmer fue creciendo y la desesperación de Karima la llevó a intentar bajar ella misma a por agua en la séptima noche de asedio. Pero se lo impidió la propia Esmer, que se enteró de sus intenciones por Muslim.

            –Si no vuelves, ¿qué será de tus hermanos?, ¿quién los cuidará?

            –¿Qué más da si vamos a morir de sed de todas formas? Ayer tarde dos muchachas se despeñaron. Tanta era su desesperación. Y por las mañanas somos muchos los que tratamos de humedecer nuestras lenguas sacándolas al rocío.

            Aquel día llovió, pero con escasa intensidad y durante muy poco tiempo. Aunque ya no tenía apenas fuerzas para hablar ni para abrir los ojos casi, Esmer vio cómo caían algunas gotas. Más que lluvia, aquello no pasaba de matapolvo, pensó, antes de volver a cerrar los ojos y soñar por primera y última vez con una mujer que estaba sentada en el suelo, cuyo cuerpo relucía como si estuviera encerrado en un diminuto sol albo, y que la miraba fijamente con ojos completamente blancos. No movió sus labios; tampoco oyó su voz, pero comprendió a la perfección lo que le decía: «Ha llegado el momento de que cedas el amuleto.»

            Los graznidos de una bandada de cuervos que revoloteaba sobre el peñón despertaron a Esmer. Todos los moriscos valoraron aquello como una señal inequívoca de mal agüero, y muchos fueron a exigirle a Millini que pusiera fin a aquel tormento aceptando las condiciones del general cristiano. Hassan accedió a enviar otra embajada esa misma tarde, pero quienes le conocían bien murmuraron que jamás se rendiría, pues temía que lo mataran si lo hacía.

            Pero no hizo falta esta vez mandar ninguna embajada. Al mediodía de aquel sábado 28 de noviembre, dos enviados del general se presentaron donde empezaba el sendero por el que se subía al peñón. Millini fue avisado, pero no bajó él, sino que mandó como emisario a un alfayate de Tárbena. Al cabo de un rato subió este para contarle a Millini el ultimátum del general. Millini entonces reunió a su consejo en el llano de la cima del peñón. La junta duró varias horas y la tensión fue creciendo al mismo ritmo que se alzaban las voces y se exageraban los gestos.

            Ya era casi de noche cuando el alfayate de Tárbena bajó de lo alto del peñón para decirle a los emisarios del general cuales eran sus condiciones para rendirse.

            En seguida se extendió el rumor de que esta vez sí que se esperaba el final del asedio, que por fin Millini accedería a rendirse si el general cristiano se comprometía por escrito a no tomar represalias contra ellos cuando descendieran del peñón. Pero no pasó mucho tiempo antes de que corriese otro rumor: muchos hombres se preparaban para huir esa misma noche, yendo por la cúspide de la sierra hasta el final del valle y bajar luego por allí hasta el valle de Guadalest. Y así ocurrió. El primero en partir fue Hassan-Cristóbal Millini.

valle de guadalestValle de Guadalest

            Mientras esto ocurría, Esmer hizo llamar a sus hijos. Anochecía y hacía mucho frío cuando los tres se reunieron junto a su madre bajo el toldo de arpillera.

            Con los párpados entornados, sin fuerzas ya para hablar y con la respiración muy débil y entrecortada, Esmer se despidió de sus hijos con ojos tristes. Muslim, cuya chilaba se había convertido en simples andrajos, la miraba con ojos muy abiertos. El hoyuelo de su barbilla empezó a temblar y las lágrimas resbalaron por sus mejillas formando ríos de amargura. Entre sus manos sostenía la jabeba que le diera su tío Sharif antes de abandonar Benimaurell. Apenas si sabía tocarla, pero Esmer supo que su tozudez le ayudaría a aprender y que acabaría haciéndola sonar tan bien como su hermano.

            –Mi pequeño –musitó.

            –Mamá –gimió Miriam, abrazándose a Esmer. Una mueca que pretendía ser una sonrisa apareció en la boca de Esmer cuando percibió el olor a canela que desprendía su hija menor. Desde muy niña le gustaba llevar encima una ramita de canela escondida en alguna parte de sus ropas.

            Karima cogió a su hermana y Esmer aprovechó entonces para sacar muy lentamente el grisgrís que tenía bajo su chilaba y colgado al cuello. Era una bolsita de cuero que pidió a Karima que cogiera. Esta tuvo que levantar con una mano la cabeza de su madre, para poder sacar el cordel de su cuello con la otra.

            –Ábrelo.

            Ante la mirada expectante de sus hermanos, Karima abrió el amuleto y extrajo lo que había dentro. Era una filacteria enrollada en la que estaban escritas las noventa y nueve cualidades de Dios, y que envolvía un objeto pequeño y amarillento.

            –Eso es para ti –dijo Esmer señalando la cinta con las inscripciones religiosas y mirando a Karima–. Y esto para ti.

            Miriam cogió el objeto de marfil que le ofrecía su hermana y lo miró con curiosidad. Aunque no sabía leer, adivinó que eran letras.

            –Son vuestros amuletos.

            Mientras Miriam observaba el amuleto que a su vez ella había recibido de su madre, Esmer creyó ver cómo se iluminaba el lunar que su hija menor tenía en la frente. Pero en seguida ésta volvió a hacer pucheros y a abrazarse a ella.

            –Tú tienes…

            Esmer no pudo terminar la frase que dirigía a su hijo, aunque él y Karima supieron que se refería a la flauta que tenía en sus manos.

            Los párpados de Esmer se cerraron pesadamente y entre sus labios se escapó un largo y silencioso suspiro.

Antonio

 

            En una casona de la calle de la Abadía, muy próxima a la iglesia-castillo, se hospedaba el maestre de campo Agustín Mexía desde que llegara a Murla. También ocupaba una habitación de esta casa su ayudante, el capitán Antonio del Corral y Rojas, nacido cuarenta y tres años antes en el pueblo segoviano de Chañe. Caballero de la orden de Santiago, había servido a su majestad en la guerra de Flandes bajo las órdenes del general Mexía, el cual le había nombrado su ayudante cuando le encomendaron la misión de expulsar a los moriscos del virreinato valenciano.

            Aquella noche del 28 al 29 de noviembre, Antonio se encontraba sentado ante una robusta mesa de pino, escribiendo en hojas de papel sueltas y a la luz tenue de una lámpara, las anotaciones del día que luego le servirían para redactar su crónica acerca de los terribles hechos que estaban acaeciendo durante aquellos días en el valle de Alaguar:

D. Agustin Messia ordeno a D. Antonio de Corral sábado 28 de nov., a medio dia, que en compañía de un ciudadano de Murla plático y conocido entre los moros subiese la sierra y les dixesse de su parte, que si luego el domingo no comenzavan baxar, los avia de mandar passar a cuchillo… 

            Antonio había subido, en efecto, unas horas antes y en compañía de un murlí hasta la base del peñón más elevado de la sierra del Caballo Verde, donde el terreno se hacía aún más pendiente y rocoso. Era el principio de un desfiladero que discurría por la vertiente meridional del peñón, tan angosto y áspero que, de allí en adelante, solo podían pasar las personas de una en una. Era, según decían los cristianos viejos de Murla, la entrada al legendario castillo de Pop, que se hallaba en la parte más alta, en ruinas pero casi inexpugnable. Y allí salieron a su encuentro, de entre los riscos donde se ocultaban, los moriscos que custodiaban dicha entrada.

            Antonio le comunicó el mensaje del maestre de campo Mexía al morisco que se presentó como cabecilla de aquel grupo, un tal Millán, de Tárbena, quien respondió que Antonio y su acompañante debían aguardar allí mismo, mientras él subía para trasladar a su vez aquel mensaje a Millini.

            La espera duró casi cinco horas. Sentado en una roca, deambulando por aquel lugar sin alejarse más de treinta pasos del desfiladero por el que se ascendía a la cima del peñón, Antonio se había entretenido durante ese tiempo pensando en lo terriblemente mal que debía estar pasándolo aquella desdichada gente. Días más tarde, escribiría: «…reducidos a suma miseria y desventura, por suelo y camas las peñas y riscos, por cubierta y techo el cielo, sin esperanzas de mantenimiento alguno, ni de otra agua que la que lloviese, porque ni en su sitio ni en toda la sierra la avia; y casi parece increyble detenerse en rendir un dia, quanto mas nueve como se detuvieron con tan inmensa necessidad.»

            Seis días antes, Agustín Mexía había decidido atacar con sus tropas aquel último bastión donde se escondían los moros, pero hallándose ya al pie del peñón, cambió de opinión para evitar más derramamiento de sangre, según le dijo a sus oficiales. Pero la sangre que le preocupaba derramar no era la mora, sino la de sus soldados. Así lo contaría Antonio en su crónica: «…por no perder ni un soldado, que la hambre y sed fuesse el verdugo de los moros, pues era cierto que esta sola los avia de acabar.»

            Anochecía cuando por fin Millán regresó junto a Antonio, para darle la respuesta de Millini:

            –Obedeceremos y bajaremos del peñón en cuanto nos entreguen por escrito la promesa de que nos perdonarán la vida a todos y que nos embarcarán sin tomar represalias. El escrito debe tener la firma del general, autenticada por un notario.

            Mientras Antonio bajaba al valle junto al cristiano viejo de Murla, valoró la contrapropuesta de los moros como muy razonable. Aunque al maestre de campo no le agradaría aquella muestra de desconfianza al exigir que les diera por escrito su propuesta, firmada y con autenticación notarial, el hecho de que estuvieran dispuestos a rendirse inmediatamente, que ya no pidieran que se les devolviera los bienes muebles que se les había arrebatado y un plazo de dos o tres meses para poder venderlos, antes de embarcar hacia el exilio, facilitaba las cosas por ser todo cuanto se podía esperar de ellos.

            Mexía efectivamente aceptó las condiciones de los rebeldes. Mandó redactar su propuesta y llamar a un notario; si bien luego, reunido con sus principales oficiales, dio instrucciones para que, cuando los moros bajasen del peñón, los hombres fueran separados y apresados, empezando por Millini.

            –De ninguna manera podemos permitir que embarquen. Deben ser ajusticiados por todos los desmanes que han cometido y pagar como corresponde por ellos –había dicho Mexía con voz grave y mirada fría.

            Antonio dejó la pluma sobre la mesa, se levantó y fue hasta el rincón de la habitación donde estaba el aguamanil. Se lavó la cara y se la secó con una toalla en tanto se miraba al pequeño espejo que había colgado en la pared de enfrente. Bajo sus ojos azules habían aparecido sendas ojeras rugosas y violáceas. Llevaba muchas noches sin dormir bien.

            Se quitó la ropa –brigantina, calzas, botas– dejándose puesto solo el jubón y notó cómo el frío se calaba por todos sus huesos. La alcoba principal, ocupada por el maestre de campo, estaría bien caldeada merced a la gran chimenea con que contaba; pero en la habitación donde estaba Antonio no había ni siquiera un brasero. Mató la luz y acto seguido se metió en la cama, tapándose hasta el mentón con las dos gruesas mantas.

            Estaba cansado, pero aun así le costó conciliar el sueño. Una y otra vez, en cuanto cerraba los ojos, rememoraba las mismas imágenes. Como cada noche desde hacía una semana.

            Veía el valle de Alaguar cubierto de cadáveres, despojados de todo cuanto poseían de valor, por poco que fuese, incluida la ropa zarrapastrosa que llevaban puesta. Veía la rapiña a la que se habían entregado la soldadesca y las milicias durante tres días consecutivos, recogiendo de entre las casas, silos y cuevas tal cantidad de trigo que, después de repartirse lo que cada uno quería, las sobras fueron vendidas allende el valle a ocho y hasta diez reales el cahíz. Veía los festines que muchos de sus compañeros oficiales se daban hasta el hartazgo, haciendo sacrificar carneros sin cuenta ni razón, pese a estar todos saciados. Por una cabeza asada hubo uno que ordenó degollar un cabrito, y otro a una res por el hígado, echando todo lo demás a los perros. Hasta había un capitán que se jactaba de haber vendido por los pueblos vecinos un rebaño de cuarenta bueyes y vacas por seiscientos reales. Festines y despilfarros verdaderamente obscenos. Tan obscenos como los repetidos ultrajes a que habían sido sometidas algunas de las moras jóvenes que no habían tenido tiempo de subir al peñón más alto del Caballo Verde, que habían tenido la desgracia de ser apresadas vivas en sus casas o por el camino. Ultrajes y saqueos tan crueles y obscenos que Antonio no lograba expulsarlos de su mente por más vueltas que daba en la cama, hasta que al fin Morfeo se apiadaba de él y le permitía dormirse, casi al alba.

            Hacía poco que había amanecido aquel domingo 29 de noviembre, cuando el capitán Antonio del Corral se disponía a subir de nuevo hasta la base del peñón donde se refugiaban los moriscos. Llevaba consigo el papel firmado por el maestre de campo.

            Esta vez Antonio iba acompañado por un soldado que, por seguridad, portaba en alto un lienzo blanco atado a un palo. Pero aún faltaban más de cien pasos para arribar a lo que consideraban era la entrada del antiguo castillo de Pop, cuando oyeron un vocerío tremendo que bajaba del peñón cada vez con mayor fuerza. Capitán y soldado se detuvieron, expectantes. No se trataba de la característica lilaila de los moros, sino de un griterío mucho más irracional.

            Primero fueron varias decenas de moriscos los que aparecieron de repente bajando a la carrera por la ladera del Caballo Verde. Pero en seguida les siguieron cientos, miles. Antonio supuso acertadamente que, al verles subir con bandera blanca, los moros habían adivinado que el general aceptaba sus condiciones para la rendición. Y tan desesperados estaban que no pudieron esperar a que llegaran arriba. Tan de prisa bajaban, que no fueron pocos los que tropezaron y cayeron rodando. Llevaban la desesperación reflejada en sus ojos irritados, en sus bocas resecas, en sus voces roncas, en los harapos que vestían, en la desnudez de sus pies, en la rapidez con que buscaron la ansiada agua, ya fuera en las fuentes o en los odres que los asombrados soldados les ofrecieron embargados al principio por la sorpresa y la compasión, pero que muy pronto la mayoría de ellos utilizaron para atraer a sus presas.

            Una vez se repuso de la sorpresa, Agustín Mexía ordenó que se calculara el número de rebeldes y se recogieran las armas que estos habían entregado. Antonio, que fue el encargado de recopilar aquellos datos, le informó al cabo de un par de horas:

            –Son unos trece mil moros y han entregado unas quinientas armas, de las cuales unas doscientas son de fuego, pero sin munición.

            –¿Y los hombres? ¿Y Millini? –inquirió el maestre de campo mirando a la morisma, que ya empezaba a encaminarse hacia la salida del valle, vigilada por los tercios y las milicias.

            –Muy pocos. No se han contado más de cien y casi todos están heridos o enfermos. Se dice que unos mil hombres, entre ellos Millini, huyeron esta noche por el paso que hay entre aquellas sierras –dijo Antonio, señalando a poniente.

            Ambos estaban montados en sus respectivas caballerías, en mitad del camino principal del valle, muy cerca de Fleix.

            –Vayamos a Murla. Enviaré órdenes para que los fugados sean perseguidos –dijo Mexía, dirigiendo su alazán hacia levante.

            –¿Reconocemos la cima?

            El caballo de Mexía siguió avanzando al paso, en tanto este miraba a lo alto del tercer peñón del Caballo Verde.

            –¿Para qué? Ya habéis visto con que desesperación han bajado todos. A buen seguro no quedará nadie con vida allá arriba.

            Antonio hizo que su yegua zaina siguiera a la montura del maestre de campo, pero tardó un buen rato en apartar la mirada de aquel peñón.

            De haber mandado Mexía alguien a la cima de aquel peñón, se habría descubierto la falsedad de la leyenda según la cual allá arriba se hallaban las ruinas del castillo de Pop, pues no habrían encontrado más que trozos de cerámica y cuatro mil cadáveres, entre ellos el de Esmer. Pero no fue así y, como consecuencia de ello, la leyenda siguió viva en las crónicas de la época y en los libros escritos por historiadores durante los cuatro siglos siguientes.

Karima

 

            Karima, Muslim y Miriam bajaron del peñón juntos y corriendo. La necesidad de beber superó la aflicción que tenían por la muerte de su madre, cuyo cuerpo había quedado allá arriba.

            Cuando llegaron a la fuente del peñón la encontraron repleta de moriscos, algunos de los cuales se empujaban o peleaban para acercarse cuanto antes al caño de agua. Otros muchos estaban arrodillados, bebiendo en el pilón o en la estrecha acequia que transportaba el agua hasta una pequeña alberca, llena ya de personas que bebían sin cesar. Algunos habían bebido tanto y tan de prisa, que se revolcaban en el suelo, aullando de dolor, vomitando o agarrándose el vientre con las manos.

            Los tres hermanos Al-Dani bebieron juntos y con ansiedad en la acequia. Luego se lavaron la cara, las manos, los pies, hasta que otros moriscos que llegaron después los apartaron de la acequia a empujones.

            Saciada la tremenda sed, Karima fue consciente por vez primera del aspecto andrajoso de sus hermanos. Ella misma vestía unos harapos cuyo color verde original había desaparecido bajo una gruesa capa de polvo y lodo. Menos mal que aún conservaba el pañuelo con el que cubría su cabeza, pensó mientras veía llegar a los primeros soldados.

            Instintivamente, Karima se llevó la mano derecha al grisgrís de su madre, que ahora colgaba de su cuello, donde guardaba la filacteria con los noventa y nueve nombres de Dios. Lo mismo hicieron Muslim y Miriam, el primero apretando entre sus manos la jabeba que le regalara su tío Sharif, la segunda cerciorándose de que tenía el amuleto que le diera su madre la noche anterior en la faltriquera que subsistía en los restos de su chilaba.

            Los soldados de a pie gritaron y empujaron a los moriscos para que se apartaran de la fuente, señalando hacia el camino principal del valle. Los hermanos Al-Dani no entendían la lengua de los cristianos, pero otros moriscos que sí la comprendían obedecieron en seguida, poniéndose en marcha. Y Karima y sus hermanos los siguieron.

            Mientras avanzaban, los tres hermanos vieron con sorpresa cómo algunos soldados ofrecían agua y comida a los moriscos, a la manera como los mercaderes lo hacían en los zocos. Y su sorpresa fue aún mayor cuando vieron cómo algunos de los moriscos –viejos casi todos– sacaban de sus bolsas, chilabas y hasta de sus turbantes, monedas y alhajas que tenían escondidas y con las que compraron mendrugos de pan o puñados de higos, que repartían entre sus parientes y comían con ansiedad. Algunos incluso regateaban con los soldados, empleando alboroques y ofreciendo adehalas si la cantidad de pan o de higos era mayor.

            Un soldado se acercó a los hermanos Al-Dani y, poniéndose al lado de Karima, la miró con unos ojos y una sonrisa que la asustó. Era mayor, tenía el rostro lleno de arrugas y con una cicatriz que le cruzaba desde la oreja izquierda hasta la mejilla derecha, medio oculta por un bigote canoso. Otro soldado más joven y alto se acercó en seguida y empezó a hablar con el primero. Sin dejar de andar, ambos discutieron, alzando la voz y señalando de vez en cuando a Karima, hasta que el más viejo empujó al otro. Entonces los dos dejaron de andar y se enfrentaron muy serios, con las manos crispadas en los puños de sus espadas envainadas. Aunque preocupada por lo que estaba ocurriendo, Karima no dejó de andar, haciendo gestos a sus hermanos para que no se separasen de ella, y viendo cómo otros soldados se acercaban a los dos niños y una niña –de entre cuatro y ocho años– que caminaban más adelante. Después de mirarles con detenimiento, uno de los soldados agarró al mayor de aquellos niños y se lo llevó arrastrando, separándolo de los demás. El muchacho gritó, así como los otros niños, y los gritos aumentaron de fuerza cuando otro soldado hizo lo mismo con la chica. Un anciano que iba junto a los niños intentó evitarlo, chillando y agarrando también a la chica, pero el soldado le amenazó con una daga y el anciano soltó a la niña y se apartó llorando.

            Miriam, que también había visto aquella escena, se acercó a su hermana mayor para agarrarse con un brazo alrededor de su cadera. Karima intentó tranquilizarla pasándole un brazo por encima de los hombros, al tiempo que veía cómo se aproximaba por el camino un grupo de jinetes. Pero su atención fue captada de repente y de nuevo por el primero de los soldados que se le había acercado. Se sobresaltó al verle a su lado y cogiéndole del brazo. Sonriente, mostrando una dentadura rala y sucia, le dijo algo que no comprendió, aunque sí entendió el significado de sus gestos, que repitió varias veces. Mientras tiraba de su brazo, con un dedo la señalaba primero a ella, luego a él mismo y por último hacia levante, hacia más allá del valle, acaso hacia el mar. «Tú te vienes conmigo».

            Karima quiso resistirse y protestar, pero entonces se percató de que el otro soldado –el que antes había discutido con el que ahora la tenía cogida del brazo– había tomado a Miriam de la mano y la miraba con una sonrisa inquietante. Muslim cogió la otra mano de Miriam y, desafiante, quiso apartarla del soldado. Pero este no solo no la soltó, sino que además pretendió agarrar también a Muslim.

            Karima se zafó de la mano que la tenía agarrada y, gritando, se abalanzó contra el soldado que forcejeaba con sus hermanos.

            El alboroto que se originó hizo que la columna de moriscos se detuviese. Karima cayó al suelo cuando el soldado con el chirlo en la cara la golpeó en la parte de atrás de su cabeza, y desde allí oyó la voz de un hombre que llegó hasta ellos montado a caballo. Dos de los jinetes recién llegados se bajaron de sus monturas y se acercaron a los soldados con paso seguro e interponiéndose entre ellos y los hermanos Al-Dani. Aunque no vestían uniformes militares, Karima supo que aquellos hombres eran también gentes de armas. Llevaban espadas colgadas de sus tahalíes y dagas sujetas con sus gruesos cinturones. Pero lejos de acobardarse los dos soldados se encararon a los caballeros, respaldados por otros soldados que se acercaron en cuanto se percataron de lo que ocurría.

            Entonces la discusión se hizo más acalorada y ruidosa. Los gritos y ademanes se hicieron más fuertes, más amenazadores. Y una anciana que ayudó a Karima a levantarse, le aconsejó al oído que tuviera cuidado, que aquellos hombres estaban muy alterados. Karima le preguntó si sabía lo que estaban diciendo y la anciana asintió con la cabeza.

            A Karima le hubiese gustado proteger a sus hermanos, pero cada uno de los soldados tenía cogido a uno de ellos –el mayor y con la cicatriz en el rostro tenía a Muslim; el más joven a Miriam–, y ella no se atrevió a intentarlo. La hostilidad latente era enorme entre los cristianos y, según le pareció, en cualquier momento podrían ponerse a pelear entre ellos.

            En medio de tanto grito tronó la voz del hombre que todavía estaba a caballo –mentón prominente; sombrero gris con forro rojo, ala doblada a la chamberga y airoso penacho; jubón alagartado sobre camisa con cuello a la valona; guantes de terciopelo carmesí, uno de ellos sobre la empuñadura dorada de la espada, sostenida por un grueso cinturón de cuero a un lado y la daga en el opuesto; botas largas con espuelas doradas–, el cual había sacado algo de debajo de su capa, con lo que apuntó a los soldados. Karima no estaba segura, pero le pareció que era algo parecido a un arcabuz pequeñito, manejable con una sola mano. Los soldados reaccionaron dando un paso atrás, pero sin soltar a Muslim y Miriam, al mismo tiempo que algunos de sus compañeros que había detrás levantaron sus mosquetes y arcabuces.

            Otro soldado llegó corriendo y gritando. Parecía un jefe, pues los soldados le hablaron con respeto. Entonces el recién llegado y el hombre a caballo empezaron a discutir. Este guardó el arma de fuego que había sacado, pero no dejó de replicar con voz alta y airada al jefe de los soldados.

            –¿Qué están diciendo? –preguntó Karima a la anciana en voz baja. Pero esta se encogió de hombros.

            –No estoy segura, pero creo que se os están repartiendo.

            Karima abrió los ojos alarmada y se disponía a correr hacia sus hermanos, sin importarle las consecuencias, cuando llegó hasta ellos otro hombre montado en una yegua castaña oscura. Pareció preguntar algo al jefe de los soldados y al otro jinete, y mientras ellos le respondían, miró con sus ojos azules a Karima, a Muslim y a Miriam. Luego habló en voz alta pero tranquila, con una seguridad que hizo comprender a Karima que era el adalid de todos los cristianos que estaban allí.

            –Dice que eres demasiado mayor para quedarte –murmuró la vieja.

            –¿Y mis hermanos?

            La anciana bajó la mirada al suelo y negó con la cabeza.

            Cuando el hombre de los ojos azules dejó de hablar, uno de los hombres que habían llegado a caballo se acercó al soldado que tenía cogida a Miriam. Dio la impresión de que éste se resistía a soltarla, pero al final lo hizo, para tranquilidad de Karima; aunque su alivio se trocó nuevamente en alarma cuando vio cómo el otro la agarraba de un brazo y se la llevaba hasta donde estaba su caballo. Allí se la entregó a otro hombre, que parecía ser un sirviente suyo.

            Muslim quiso librarse del soldado que le retenía –el de la cicatriz en la cara–, para correr hacia donde se habían llevado a Miriam, pero no consiguió soltarse. Entonces empezó a chillar, desesperado y rabioso, golpeando con su mano libre el brazo y pecho del soldado, hasta que este le dio un bofetón.

            Karima corrió hacia su hermano, que parecía mareado y empezaba a sangrar por la nariz, pero el soldado que se vio obligado a soltar a Miriam la golpeó con fiereza en la cara con su puño.

            Muslim fue arrastrado por su opresor a un lado del camino, al mismo tiempo que Miriam era llevada hasta una carreta que había más adelante. Los soldados volvieron a su labor de vigilancia, los jinetes pusieron al trote sus cabalgaduras y la columna de moriscos –enfermos y medio desnudos muchos de ellos– reemprendió su lenta, dolorosa y definitiva marcha hacia el exilio.

            La vieja volvió a ayudar a Karima a levantarse.

            –No lo vuelvas a hacer. Como no se pueden quedar contigo, te matarán –le advirtió, antes de ponerse a andar, separándose de ella.

            Condolida y llorosa, Karima también se puso en marcha, pero buscando con la mirada a sus hermanos. Sin embargo, se encontró con los ojos azules del hombre que parecía haber puesto fin a la trifulca entre los cristianos. A pesar de que su sombrero de ala ancha impedía verle bien la cara, le pareció que sus rasgos eran agradables. La miraba con compasión, pero fue una mirada breve, que acabó en cuanto movió las riendas de su yegua y se alejó al trote.

Una hora más tarde la columna formada por miles de moriscos salió del valle de Alaguar. Vigilados por los soldados, la inmensa mayoría de los expulsos siguieron andando en dirección a Denia, mientras que unos pocos, los que fueron cautivados por las milicias efectivas, se desperdigaron en direcciones distintas, según la procedencia de sus captores.

arenetes-deniaArenetes – Denia

Karima logró ver a Muslim unos cien pasos detrás de ella. Iba con las manos atadas y llevaba una cuerda por la cintura que le mantenía unido a otros tres niños. También le pareció ver a lo lejos la carreta donde habían montado a Miriam. Junto a un grupo de jinetes, la carreta se había desviado por un camino que iba hacia el mediodía.

arbol genealogico cap 36

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