Villajoyosa 1982-1983 | Capítulo 2

Villajoyosa 1982-1983 | Capítulo 2

Villajoyosa | Donde acaba el tiempo |Capítulo 2 | Villajoyosa, mayo de 1982-marzo de 1983 | Luis Pablo | Sorbió el último trago de whisky y pensó en pedirle otra copa al camarero, pero se lo pensó mejor y
desistió. Hacía sólo un momento que le había pedido la del estribo y, al ver que no le comprendía, le repitió: «Que me ponga la última, ché». El ché lo había pronunciado con cierto énfasis, divertido, pues era la primera vez que lo hacía en aquel lugar, el único fuera de la Argentina y Uruguay donde decían que también se usaba de forma tan común y natural como allá.

            Hacía una noche maravillosa, con una temperatura fenomenal, por lo que no le apetecía ir a su habitación, pero sabía que lo mejor era retirarse antes de que se mamara tanto como para cometer una boludez. Tal como pedir un taxi y marchar al casino que le dijeron que había no muy lejos del hotel. Hacía dos años que no jugaba, desde que se endeudara hasta las cejas en aquella maldita partida de póquer que jugara en el departamento del Bachicha Meroni. Entonces se había jurado que no volvería a jugar ni a la quiniela, y no seria una buena idea romper su juramento ahora.

            Eran casi las dos de la madrugada y hacía más de dos horas que se había quedado solo en aquella terraza, delante de una magnífica vista del mar Mediterráneo, ahora oscuro pero moteado de lucecitas blancas que brillaban en el horizonte como luciérnagas, provenientes de barcas de pesca que se hallaban, pensó, a la captura del calamar. Los demás se habían ido ya a sus respectivas habitaciones, incluso Moll, el único que podría aguantar, y hasta superar, su ritmo tomando whisky.

            Se levantó por fin y fue con paso lento en busca de la escalera que le llevara al piso superior, donde estaba la habitación que le había sido asignada.

            Habían llegado al aeropuerto de El Altet a las once y cuarto de la mañana del día anterior, 29 de mayo de 1982, en un vuelo charter directo desde Buenos Aires. Una hora después estaban entrando en el hotel, adonde les llevaron en un autocar. Había mucha expectación de público y periodistas tanto en el aeropuerto como en los accesos al hotel. El recibimiento había sido caluroso, entusiasta, como se merecía la actual selección campeona del mundo. A causa de la guerra en las Malvinas la delegación había sido menos numerosa de lo que en un principio se tenía previsto. Varios compañeros de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) no se habían atrevido a venir o les habían convencido para que se quedaran. Lo mismo había pasado con muchos familiares de los jugadores. El avión debió ser completado con periodistas y pasajeros particulares. Así que eran poco más de treinta las personas que componían la delegación oficial argentina: los veintidós jugadores, los siete miembros del cuerpo técnico –encabezado por César Luis Menotti– y los tres representantes de la AFA: Eduardo de Luca, Benito Moll y él mismo, Luis Pablo Molina.

            Durante mucho tiempo la AFA tenía previsto mandar a España para el Campeonato del Mundo una amplia representación, pero el conflicto bélico con Gran Bretaña obligó a reducir drásticamente el número de representantes. El presidente de la AFA, Julio Humberto Grondona, fue el primero en dar un paso atrás. Se acordó que vinieran sólo De Luca y Moll; pero igual vino Luis Pablo en el último momento gracias a su habilidad para empaquetar con su simpatía a Grondona.

            Quizás era por eso por lo que Luis Pablo no compartía habitación con nadie. Al haber entrado en la delegación en el último momento, le habían asignado una habitación pequeña, sin terraza y con una cama individual, aunque con baño completo, en una esquina de la planta superior del hotel.

            Hasta que no entró en la habitación y vio la valija encima de la cama, no se acordó de que todavía no había desarmado.

            –¡Qué macana! –se quejó mientras se acercaba a la cama. Agarró la maleta y la dejó sobre la butaca de madera y cuero que había en un rincón, junto a un escritorio chico en el que estaban, ordenados, varios folletos turísticos, unos sobres y cuartillas con el membrete del hotel, y la carta del servicio de habitaciones. Al día siguiente desempacaría y pondría la ropa en el placard, se dijo mientras abría la puerta del minibar. De buena gana se habría tomado un cimarrón, pero a falta de mate pensó en vaciar la botellita de Johnny Walker que recién encontró. Echó el whisky en un vaso y buscó la hielera, pero no la encontró.

            –La concha de… –murmuró, antes de tragarse la mitad del whisky seco. Dejó el vaso encima de la mesita que había junto a la cabecera de la cama, sacó un mechero y un paquete de Marlboro de uno de los bolsillos de su pantalón y, luego de encenderlo, sin desvestirse ni abrir la ropa de la cama, se dejó caer encima de ella.

            Esa tarde el Flaco Menotti había dado una rueda de prensa en el hotel. Sólo se habló de fútbol, claro. Estaba acordado que no se hablaría de nada que no fuera del campeonato mundial y de la selección: cómo se encuentran los jugadores, cuándo y dónde entrenarán… Como si no sucediera nada más importante en el mundo, pensó Luis Pablo en tanto fumaba y miraba el techo de la habitación, pintado de blanco pero que se veía gris y hasta negro allá donde no alcanzaba la luz que despedía la lámpara encendida que había sobre la mesita.

            En Afganistán, en Irán e Irak, en El Salvador…, seguramente hasta en las Malvinas estaban muriendo en ese momento miles de personas por culpa de las guerras…, y ellos estaban acá hablando de fútbol… El mundo se está yendo al carajo y nosotros mientras tanto estamos pensando en jugar a la pelotita…, se dijo con una sonrisa cargada de sarcasmo.

            Hacía sólo unas pocas horas, recién cenados, De Luca había dicho que continuaban los tremendos combates en Puerto Darwin y Ganso Verde. Así se lo habían contado por teléfono desde Buenos Aires. «Esto no lo arregla ni el Papa», murmuró Moll, en alusión a la visita que Juan Pablo II había comenzado ese mismo día 29 en Londres.

            Abandonó aquellos pensamientos cuando la ceniza del cigarrillo se le cayó en el pecho. Se levantó de la cama mientras buscaba un cenicero con la mirada, lo encontró en el escritorio y allá fue para apagar el cigarrillo en él. Se sacudió la poca ceniza que aún había quedado pegada a la camisa y, a continuación, empezó a desvestirse. Y, mientras lo hacía, volvieron a su mente las malas noticias. Porque ese sábado que recién había terminado, resultó ser un pésimo día, a pesar de que el vuelo desde Buenos Aires había sido bueno. La peor noticia de todas había sido, para él, la muerte de Romy Schneider. Su ídolo, su amor imposible, su querida Sissí había fallecido a los cuarenta y tres años en París. La causa de la muerte no estaba clara, según había oído por el televisor –se hablaba de infarto, pero también de suicidio–, aunque a él eso le daba igual. Por qué y cómo había muerto su amada vienesa no le importaba tanto como el hecho mismo de saber que nunca tendría la oportunidad de conocerla en persona, de ver cumplido su sueño dorado. Tampoco la vería en ninguna otra película, por lo que tendría que conformarse con volver a admirarla, una y otra vez, en las películas que tenía en video.

            Gilles Villeneuve se había matado unas semanas antes en el Gran Premio de Bélgica, al Papa habían tratado de matarle en Fátima justo un año después de que Alí Agca lo intentara en Roma, a Sofía Loren la habían encarcelado por defraudar al fisco…, y ahora moría en extrañas circunstancias y todavía joven Romy Schneider, su amor platónico… Definitivamente el mundo se estaba hundiendo a su alrededor, pensó mientras se cepillaba los dientes.

            Se bebió el whisky que quedaba en el vaso antes de meterse, desnudo, en la cama, apagó la lámpara y, cerrando los ojos, deseó conjurar todos esos tristes pensamientos con un buen sueño. No todo estaba perdido, se dijo, recordando a Ana María. Así se llamaba la recepcionista del hotel que le había engualichado con sus lindos ojos azules.

            Luis Pablo Molina había nacido en Buenos Aires en 1947. Su viejo era un gallego que se había exiliado en la Argentina en 1939 y que se casó tres años después con su mamá, Paula Vincenti, ocho años más joven que él e hija de un humilde maestro. A su viejo le gustaba jugar y chupar, a resultas de lo cual, cuando murió por culpa de una cirrosis galopante, su viuda y sus tres hijos se encontraron en la miseria, sin plata para pagar siquiera el alquiler del departamento. Porque Luis Pablo tenía dos hermanas: Gemma, que era mayor que él, y Gladis, que era la más chica. Cuando murió su viejo no tenían aún edad de trabajar –ocho, cinco y tres años, respectivamente–, y su mamá ganaba poca guita en la sastrería donde trabajaba, por lo que tuvieron que irse a vivir con los abuelos maternos.

            Al contrario que sus hermanas, Luis Pablo no terminó la primaria. Le costaba tanto aprender lo que enseñaban en la escuela, que prefería pasarse las mañanas y las tardes en las calles, jugando y aprendiendo a sobrevivir entre personas y situaciones de todo tipo. Años más tarde, un psicólogo le dijo que, muy probablemente, era disléxico, lo que explicaría sus dificultades para aprender. Quizá tuviera razón y esa fuera la causa de que todo cuanto se empeñaban en enseñarle en la escuela fuera chino básico para él, pero el caso era que al menos había aprendido lo más importante: leer, escribir, contar y, sobre todo, a conocer y a tratar a la gente, aprovechando esa psicología innata que muy pronto había descubierto dentro de él. También había aprendido a jugar muy bien al fútbol, como arquero.

            Trabajó como diariero y fue aprendiz de muchos oficios, hasta que le fichó el club de sus amores: el River Plate. La mayoría de las seis temporadas que formó parte de la plantilla se las pasó entrenando y en el banquillo, como suplente, a la espera de una oportunidad para convertirse en titular y mejorar su ficha, ganar más plata y quién sabe si fichar por un gran club de Europa, pero esa oportunidad no llegó nunca. Su fidelidad al club fue recompensada y, cuando llegó el momento de retirarse, le ofrecieron un puesto en el staff técnico como entrenador de los arqueros juveniles.

            Mientras tanto, Luis Pablo fue creciendo como persona, aunque no sabía muy bien si de manera recta o torcida. Como ansiaba ser aceptado algún día por la clase alta bonaerense –esa a la que pertenecían los directivos del River que abarrotaban el palco los días de partido–, procuró deshacerse de los aires de malevo que había adquirido en la calle, evitó cometer guarangadas, decidió suplir su falta de estudios con un lenguaje más culto y vestir con elegancia. Pasaron los años y, aunque no consiguió todo lo que se había propuesto –sospechaba que los demás lo veían como un compadrito culturoso–, iba empilchado todos los días con buenos trajes y había logrado entablar buenas relaciones –y hasta cierto grado de amistad– con distinguidos personajes de la alta sociedad bonaerense. Como Julio Humberto Grondona, quien lo acomodó primero en la asamblea y luego en el comité ejecutivo de la AFA. ¿Se había comportado como un arrastrado, como un chupamedias, para conseguir los favores del presidente de la AFA, así como de otros personajes ilustres? Posiblemente, se había reconocido a sí mismo muchas veces. Pero no se arrepentía, en absoluto.

            Y aunque la mayoría de las personas distinguidas con las que había logrado tener trato eran hombres, también las había del sexo contrario. Se levantó a varias de estas damas ricas e influyentes sin importarle mucho su aspecto físico –algunas eran auténticas bagres–, pues por encima de todo lo que más le interesaba eran sus favores, sus influencias. Eso no quería decir que renunciase, ni muchísimo menos, a otros levantes, con locas o coperas que encontraba en los boliches y quilombos que solía frecuentar. Y todo ello contribuyó decisivamente en el final de su matrimonio.

            Porque Luis Pablo se había casado en 1975 con Verónica, la linda hija de uno de los utileros del River Plate, a la que conocía desde que era una piba. El matrimonio se rompió al cabo de cinco años, cuando ella se cansó de sus boletos y agachadas, de sentirse basureada por las infidelidades de su marido. Una noche le dejó una valija con parte de su ropa en la puerta de la que había sido la casa conyugal. Al llegar de madrugada, abombado por el whisky y el cansancio, Luis Pablo tardó un rato en comprender lo que estaba pasando. Protestó y le pidió que le abriera –había corrido el cerrojo por dentro–, pero fue inútil. «Vamos, nena, vengo de tomar una copa nomás… Vos no querés esto de verdad». Otras noches habría habido bronca, pero en esta Verónica no abrió la boca, así que Luis Pablo, una vez comprendió que no iba a abrirle la puerta, se fue cargando la valija. Pensó que al día siguiente podría arreglar las cosas hablando con ella, como muchas otras veces antes, pero no fue así.

            Al día siguiente de su llegada al hotel Montíboli de Villajoyosa, la selección argentina de fútbol se entrenó por la tarde en la cancha de la Asociación Deportiva de Villajoyosa, donde tuvo un recibimiento bárbaro por parte del numeroso público. Había bastantes argentinos ondeando banderas albicelestes y también eran muchos los periodistas. Todos ellos habían sido previamente cacheados por los policías que vigilaban la cancha, los cuales se hallaban ubicados en lugares estratégicos y fuertemente armados.

vista hotel montiboliVista del Hotel Montíboli de Villajoyosa

            Allá se encontró Luis Pablo con varios periodistas argentinos conocidos suyos, que por alojarse en un hotel distinto al de la selección, aunque cercano –el apartotel Eurotenis, que compartía playa con el Montíboli–, asaltaban cada vez que tenían ocasión a los miembros del cuerpo técnico –médicos, preparadores físicos, utileros– o de la AFA, que sí se alojaban en el mismo hotel que los jugadores, para sonsacarles alguna información que pudieran enviar a sus diarios. A algunos incluso los coimeaban si la confidencia que ofrecían era tan importante como para convertirse en un encabezado, pues no era lo mismo confirmar que el Pelusa se llevaba bárbaro con su compañero de habitación, Beto Barbas, que reportar la fecha exacta del fichaje del Pelusa por el Fútbol Club Barcelona –se decía que era inminente– y la cantidad exacta de plata que los catalanes iban a pagar –se hablaba de más de ocho palos verdes.

            –Lo importante es que haga un buen mundial –dijo Luis Pablo tras encender un cigarrillo y mientras observaba, junto con los corresponsales de La Nación y Clarín, a Diego Armando Maradona corriendo y gambeteando en la cancha.

            –El Pelusa está fenómeno, pero me da miedo lo mucho que les está castigando el profesor Ricardo Pizzarotti –dijo el Gordo Muñoz, aludiendo al preparador físico de la selección–. Veremos si no llegan demasiado cansados a los partidos oficiales.

            –Va a ser un campeonato muy largo, sí –convino Luis Pablo–. Con el cambio de formato a dos liguillas en las dos primeras fases, van a tener que jugar muchos partidos hasta llegar a la final.

            –Esperemos que no haya más fallos en la organización. Nos dijeron que nos entregarían las acreditaciones a partir del día 1 de junio y ahora dicen que no nos las darán hasta el día 7 –se quejó el otro periodista.

            –Y tampoco están terminados los trabajos de remodelación en la cancha de Alicante donde jugaremos contra Hungría –dijo el Gordo Muñoz.

            –¿Alguna novedad en el hotel? –le preguntó el otro periodista.

            –Por ahora nada especial –contestó Luis Pablo, quien a punto estuvo de hacer una mención jocosa sobre la linda recepcionista que había conocido la tarde anterior. En el último momento se mordió la lengua; no era cosa de pasarse de jodón, pensó.

            Cuando salió del hotel se sintió decepcionado al no ver en recepción a Ana María. En su lugar había un hombre de unos cincuenta años, canoso y serio, que vestía un traje azul marino con camisa blanca y corbata granate. Luis Pablo dedujo que aquel debía ser el uniforme de los recepcionistas del Montíboli, ya que Ana María llevaba el día anterior uno igual, sólo que con falda en vez de pantalón y corbata de moño.

            Al regresar aquella tarde dominical al hotel, los ojos de Luis Pablo brillaron al descubrir a Ana María en recepción. Vestía igual que el día anterior, llevaba el pelo rubio peinado del mismo modo –recogido en una larga cola de caballo– y lo miró con aquellos mismos ojos azules que lo engualicharon en cuanto entró en el hotel veinticuatro horas antes, pero ahora le pareció todavía más linda, más cautivadora. Le sonrió, y él deseó que el tiempo se detuviera.

            –¿Pudo por fin hacer ayer la llamada telefónica que deseaba? –se interesó Ana María al mismo tiempo que le entregaba la llave de su habitación. La sonrisa y el tono de voz destilaban amabilidad, pero su mirada rezumaba ironía.

            Luis Pablo sonrió. Era consciente de que la tarde anterior la jodió, que cuando se presentó en recepción para preguntarle a Ana María si, para telefonear a Buenos Aires, era discado directo o a través de conmutadora, ella había barajado sus verdaderas intenciones, que eran las de hablar con ella nomás. Pero si creía que iba a arrugarse estaba muy equivocada. Esperaría con paciencia a que se le presentara una nueva ocasión para intimar con ella. Como esta misma que le estaba brindando. Sin apartar la mirada de aquellos ojos hermosos y azules, se excusó usando una de esas palabras que reservaba para momentos como aquél:

            –Sí, sí. Fue sólo una desinteligencia. –Ana María parpadeó, todavía sonriente, y Luis Pablo aprovechó para preguntarle–: ¿Me recomienda por favor un restaurante donde poder invitar a una chica a una cena romántica?

            –Bueno… –titubeó Ana María, que dejó de sonreír–. En nuestro restaurante Emperador

            –No, no. Acá en el hotel, no… En algún otro sitio, no muy lejos, pues no tengo auto y tendría que ir en taxi… A no ser que ella tenga auto, claro. En cuyo caso…

            –Pues no sé… En Villajoyosa hay varios restaurantes muy buenos, en el puerto… También podrían ir a Benidorm e incluso a Altea, donde hay un par de restaurantes en la parte alta, junto a la iglesia, con unas vistas fantásticas… Pero para ir hasta allí lo mejor quizá sería ir en coche… Podría alquilar uno…

            –Humm… No sé. Si ella no tiene, tal vez lo alquile, sí.

            –Le puedo dar los números de teléfono de algunas agencias…

            –Primero le preguntaré a ella si tiene auto, ¿sí?

           –Sí, será lo mejor –volvió a sonreír.

            –¿Y bien? –preguntó Luis Pablo arqueando las cejas.

            Ana María se le quedó mirando unos segundos confundida, pero sin dejar de sonreír, hasta que por fin decidió preguntar, pese a que sus ojos le anticipaban que había barajado lo que se proponía:

            –¿Cómo?

            –Que si tiene auto propio o hemos de avisar a un taxi.

            –¿Quién, yo?

            Ana María apartó la mirada, pero su sonrisa se amplió y sus mejillas se sonrojaron. Sus manos buscaron nerviosas algo que hacer y, según le pareció a Luis Pablo, el lunar que ella tenía en la frente brilló fugazmente. Él disfrutó del momento –estaba seguro de que le gustaba–, antes de responder:

            –Claro. A no ser que esté casada o comprometida, en cuyo caso…

            –Se lo agradezco, pero tenemos terminantemente prohibido salir con los clientes –dijo ella, obligándose a borrar la sonrisa de sus labios.

            –Luego no está casada ni comprometida, ¿no es así? ¡Bárbaro! En cuanto a lo de ser cliente… Bueno, eso se puede solucionar. Si es necesario, cambiaré de hotel…

            La sonrisa entusiasta de Luis Pablo tuvo su recompensa, pues ella se la devolvió, radiante y sincera.

            –Tal vez cuando haya dejado de ser cliente del Montíboli… Pero no le prometo nada –dijo Ana María, coqueta y divertida.

            –Reservaré ahora mismo una habitación en el Eurotenis. ¿Sabés el número de teléfono?

            –Pero, ¿lo dice en serio?

            –Desde luego. Por cenar con vos estoy dispuesto a…

            Pero Luis Pablo se calló al ver que se acercaban a recepción Héctor y Andrés do Campo, los utileros de la selección. Esperó a ver si se iban en seguida, pero llegó a continuación el subdirector del hotel para hablar con Ana María, por lo que desistió y decidió ir a su habitación. La campana la había salvado de caer noqueada en sus brazos, pensó.

            Le costó dos asaltos más, pero por fin Luis Pablo consiguió que Ana María aceptase cenar con él, sin necesidad de marcharse del Montíboli. Lo hicieron en secreto, pues ella se jugaba realmente su puesto de trabajo.

            Fue la noche del viernes 4 de junio, el mismo día en que se había formalizado el fichaje de Maradona por el Barcelona. Muchos periodistas argentinos habían viajado hasta esa ciudad para asistir a la rueda de prensa que dieron allá el Pelusa y el presidente del club, José Luis Núñez. Vestidos para la ocasión –ambo de pantalón blanco y saco azul claro, con camisa blanca, él; vestido blanco de lino, ella– Ana María y Luis Pablo se reunieron en una céntrica plaza de Villajoyosa –adonde fue él en taxi–, para desde allá ir en el auto de ella –un SEAT 127 rojo– hasta Altea, que estaba a treinta kilómetros al norte.

            Fue en verdad una velada romántica y completa, durante la cual Luis Pablo se esmeró en mostrarle a Ana María la parte más amable, tierna y divertida de su personalidad. Y lo consiguió, según evaluó con satisfacción al día siguiente. Después de cenar pasearon por la costanera que se extendía a lo largo del puerto de Altea y terminaron la noche en una habitación de un hostal que había en la carretera nacional que cruzaba el pueblo, cerca también del puerto. La calentura dio para un partido completo y varios alargues, acabando ambos hasta cuatro veces y al mismo tiempo. Diríase que estaban hechos el uno para el otro, por lo menos sexualmente, se dijo Luis Pablo, quien creyó que había logrado convencer a una tímida damisela para que tirase la chancleta, hasta que se enteró por ella misma de que, pese a estar soltera, tenía dos hijas.

            Durante los veinte días siguientes, Luis Pablo y Ana María mantuvieron viva su pasión gracias a sus encuentros nocturnos, pues sólo pudieron verse fuera del hotel un día, el único que libró ella en ese tiempo; y lo aprovecharon para pasarlo juntos en el apartamento que Ana María tenía alquilado en Villajoyosa. Durante mucho tiempo Luis Pablo recordaría aquel día en el que pasaron las horas cogiendo como si se terminara el mundo, con Ana María muchas veces encima de él, cabalgando como una amazona loca, hamacándose con un vaivén que lo dejaba temblando… «Pará, nena, pará, que me vas a matar», le decía, pero deseando que no parase. ¿No se había roto el forro de tanto brío? Quizá sí, aunque él no dijo nada para evitar que se apagara su pasión de diablesa, preocupándola.

            Las mañanas y las tardes Luis Pablo las pasaba siguiendo las noticias que llegaban de la Argentina acerca de la guerra de las Malvinas, a bañarse en la piscina o en la playa, y a ver los entrenamientos y los partidos oficiales de la selección albiceleste, pero muchas veces se sorprendía a sí mismo pensando en Ana María. Miraba las imágenes del noticiario de la televisión, pero la veía a ella bailando en el boliche de Benidorm en el que habían estado la noche anterior; comía, pero en vez del bife que tenía en el plato se veía a sí mismo abriendo el cierre relámpago del vestido de Ana María y quitándole el corpiño; miraba a los futbolistas corriendo, pero la veía a ella desprendiéndose de su bombacha; se duchaba, pero en vez de sentir en su piel la lluvia que salía de la flor, notaba la calidez y humedad de Ana María cuando se enhorquetaba encima de él…

            Pese a todo, Luis Pablo se enteró de que el Papa había llegado a la Argentina el 11 de junio, tres días antes de que finalizara la guerra de las Malvinas. Una guerra nunca declarada oficialmente que había comenzado el 2 de abril, cuando las tropas argentinas ocuparon aquellos doscientos islotes donde vivían mil ochocientos pescadores y ganaderos que se negaban a ser argentinos. Contumaces, preferían seguir siendo ciudadanos británicos, aunque su patria estuviera a trece mil kilómetros de distancia. Precisamente esta distancia era la que convenció a los argentinos de que Margaret Thatcher no haría nada para evitar la justa recuperación de las Malvinas. Para celebrarlo, miles de argentinos se echaron a las calles, olvidando de pronto que estaban gobernados por una dictadura que pisoteaba los derechos humanos, con seis mil desaparecidos, y que guiaba al país por el camino de la ruina económica, con una inflación de más del ciento treinta por ciento, un trece por ciento de paro y una deuda exterior superior a los treinta y seis mil millones de dólares, cuatro veces más que en 1976. Pero resultó que los argentinos, como su gobierno, se equivocaban, pues el 4 de abril zarpó la flota de guerra británica rumbo a las Malvinas. Y, a pesar de los intentos de mediación del secretario de Estado norteamericano y del secretario general de la ONU, la pérdida de vidas humanas empezó el 2 de mayo con la muerte de 387 marineros del crucero General Belgrano, hundido por un submarino británico. Tres días más tarde fueron veinte los marineros británicos los que murieron al ser hundido el destructor Sheffield; y el día 26 del mismo mes la flota británica perdió otros dos buques, el destructor Coventry y el transportador Atlantic Conveyor. Pero para entonces mil soldados británicos ya habían logrado establecer una cabeza de puente en las Malvinas. Estas tropas fueron creciendo en efectivos y el día 30 de mayo habían conquistado ya Ganso Verde y Puerto Darwin. El 16 de junio, dos días después de que se proclamara el alto el fuego, unas siete mil personas se echaron a las calles de Buenos Aires para protestar contra la dictadura militar, siendo detenidos centenares de manifestantes. Tres días después dimitió como presidente de la Argentina el general Leopoldo Galtieri. Pero fue sólo un cambio de gorila, puesto que tres días más tarde fue nombrado como presidente otro general, Reynaldo Bignone.

            Mientras esto ocurría en las Malvinas y en la Argentina, la selección albiceleste de fútbol jugaba los tres partidos de la primera fase del campeonato del mundo en España. El primero, que inauguraba la competición, se jugó en Barcelona el domingo 13 de junio. El día anterior había salido en vuelo charter desde el aeropuerto de El Altet toda la delegación argentina, incluido Luis Pablo. Volvieron al hotel Montíboli de Villajoyosa el lunes 14, después de perder –en vísperas del final de la guerra– aquel primer partido contra Bélgica por un gol a cero y ante noventa y cinco mil espectadores. Fue un regreso triste, muy triste, pues el bajón general era doble, por el resultado del partido de fútbol y por el del conflicto de las Malvinas. El Flaco Menotti, embroncado, achacaba la derrota al estado de ánimo de los jugadores y al estúpido exitismo en que se veían envueltos todos ellos desde antes incluso de salir de la Argentina. Para Luis Pablo en cambio fue un regreso agridulce, pues estaba deseando abrazar a Ana María.

seleccion-argentina-82Selección argentina en mundial 1982 en España

            El día 18 de junio, en el estadio José Rico Pérez de Alicante, la selección de Argentina le ganó a la de Hungría por cuatro goles a uno; y cinco días después, en la misma cancha, le ganó a la de El Salvador por dos goles a cero. Con estos resultados, Argentina se clasificó para la siguiente fase como segunda del grupo C, tras Bélgica.

            Tal como estaba previsto, la delegación argentina abandonó definitivamente el hotel Montíboli el día 24 de junio, para desplazarse a Barcelona, donde la selección albiceleste disputaría la segunda fase del Mundial con las de Brasil e Italia. Pero Luis Pablo Molina no viajó en aquella ocasión con sus compañeros. Como el primer partido de esa ronda no se jugaría hasta el día 29, de acuerdo con Ana María decidió quedarse cuatro días más en el apartamento que ella tenía alquilado en Villajoyosa. Para demorar su viaje a Barcelona se excusó diciendo que estaba enfermo, que sufría un cólico nefrítico, diagnóstico que no pudo poner en duda el médico de la delegación, doctor Oliva, quien le recetó unos analgésicos. Eduardo de Luca igual no se lo creyó, pero Luis Pablo le pasó la boleta por los muchos favores que él le había hecho con anterioridad, y De Luca aceptó que se quedara allá con dos condiciones: que dejara el hotel o se pagara él la habitación, y que el día 28 por la noche se uniera a la delegación en Barcelona.

            Aquellos cuatro días fueron tal vez los más felices de su vida. Así lo creyó al menos Luis Pablo durante mucho tiempo. Dos de esos días Ana María no trabajó en el hotel, por lo que pudieron estar cuarenta y ocho horas seguidas juntos, sin separarse ni un solo instante. Y lo mejor de todo, pensaría Luis Pablo mientras recordaba aquellos días, era que la separación no fue dolorosa, seguramente porque esperaban volver a verse pocos días después, cuando Argentina pasase a las semifinales. Entonces él tomaría un avión para venir a verla durante un par de días. Sea como fuere, los temores de Luis Pablo no se cumplieron, pues su relación con Ana María no se enquilombó en ningún momento y en la despedida no hubo reproches ni lágrimas ni caras largas. Como él, Ana María había comprendido desde el primer momento que aquella relación que habían afilado tenía una fecha concreta de caducidad.

            Aunque no estaba muy seguro de todo ello mientras regresaba a Buenos Aires en el avión charter con el resto de la delegación argentina. Fue un viaje fúnebre porque la selección no había pasado a semifinales –perdió con Italia dos goles a uno y contra Brasil, tres a uno– y anticipado, pues partieron mucho antes de lo esperado. Por esta última razón, Luis Pablo no pudo viajar a Villajoyosa antes de volver a la Argentina, teniéndose que conformar con despedirse de Ana María por teléfono. Y mientras observaba, serio y nostálgico, el cielo oscuro por la ventanilla del avión, pensaba Luis Pablo que quizás estaba desperdiciando la última bolada que le había ofrecido el destino para ser feliz durante el resto de su vida, que tal vez no tenía por qué haber sido pasajera aquella relación con Ana María, por más que ella así lo hubiera entendido y aceptado… Pero entonces se acordó de que Ana María tenía dos hijas y, en ese mismo instante, con un suspiro, arrojó fuera de su mente aquel pensamiento que tan peligrosamente le había estado tentando, a punto de embaucarle.

Ana María 

            Desde hacía mucho tiempo Ana María tenía asumido que sus relaciones sentimentales con los hombres –que eran escasas– estaban condenadas a la fugacidad. El motivo por el que no conseguía mantener una relación amorosa estable tenía dos nombres: Patricia y Carmen.

            Cuando tenía dieciocho años, en su Ibiza natal, Ana María conoció durante sus vacaciones veraniegas a un hippie del que se enamoró y con el que tuvo sus primeras experiencias sexuales. Era un estadounidense llamado Patrick y, a diferencia de los imitadores e impostores que llegaron posteriormente a la isla, era un auténtico hippie. Pero cuando acabó aquel verano del 68 –que recordaba como su Verano del Amor particular–, ella se encontró con que estaba embarazada y que él se había ido. Unos meses después nacieron Patricia y Carmen, gemelas pero fáciles de reconocer a simple vista gracias a un lunar que la primera de ellas tenía –al igual que Ana María– en mitad de la frente.

            De manera que, con diecinueve años, Ana María era madre soltera de dos niñas y vivía con sus padres en la casa aledaña al hostal que éstos regentaban en el puerto de Ibiza. Muy pronto empezó Ana María a combinar el cuidado de sus hijas con su labor en el hostal, donde también trabajaba su hermano Miguel –cuatro años mayor que ella–, hasta que se quedó completamente ciego en 1970. Para entonces llevaba ya más de un año casado con Amanda, la joven cocinera del hostal.

            Comoquiera que por aquellos años la llegada de turistas empezó a crecer rápidamente en Ibiza, los padres de Ana María pensaron que sus hijos debían aprender algún idioma extranjero, preferiblemente francés e inglés. Miguel era invidente, pero se manejaba bien atendiendo la centralita telefónica y ayudando a Ana María en recepción. Ambos hermanos recibieron clases particulares de inglés y francés. Pero al cabo de un tiempo, cuando las gemelas tenían ya tres años, la madre de Ana María pensó que ésta debía viajar fuera de España para aprender mejor los idiomas extranjeros y conocer al mismo tiempo el trabajo de hostelería en otros sitios distintos al hostal de la familia. Era lo mejor para Ana María y para el negocio familiar. Ella se encargaría, en su ausencia, de cuidar de las gemelas. Y así se hizo.

noche-ibizaLas noches de Ibiza

            A lo largo de los cuatro años siguientes, Ana María pasó varias temporadas –unas cortas, de apenas tres meses; otras más largas, hasta de diez meses– trabajando en diferentes hoteles y restaurantes de París, Londres, Glasgow y Bruselas, añorando a sus hijas pero adquiriendo una excelente experiencia y perfeccionando su dominio del francés y del inglés. Y cuando creía que ya iba a quedarse en Ibiza, trabajando en el hostal de sus padres y cuidando de sus hijas, recibió una oferta que –animada otra vez por su madre– aceptó: Don Julián, el propietario de uno de los mejores y más nuevos hoteles de Ibiza –antiguo conocido de la familia de la madre de Ana María–, que también lo era de otros que había en otras poblaciones ibicencas –San Antonio y Santa Eulalia– y hasta en Mallorca, le ofreció el puesto de relaciones públicas en el gran hotel que estaba a punto de inaugurar en Palma. Y de nuevo hubo de separarse de sus hijas, que se quedaron en Ibiza, y a las que veía un par de días cada dos semanas. Allí estuvo, en Palma de Mallorca, hasta que, en la primavera de 1979, regresó a Ibiza al enfermar su madre. A sus cincuenta y cuatro años, le habían diagnosticado un cáncer de mama. Debía pasar por quirófano y luego tendría que recibir un tratamiento de radioterapia. Como consecuencia de ello, Ana María hubo de hacerse cargo por completo del cuidado de sus hijas y de su madre, ayudando además en el hostal. Pasaron los meses y la madre de Ana María pareció restablecerse plenamente, hasta el punto de que volvió a retomar sus obligaciones como abuela y como dueña del hostal, que lo había sido antes de sus padres. Pero Ana María no pudo volver a su antiguo puesto en el hotel de Palma y se quedó trabajando en el negocio familiar hasta que, un día de la Semana Santa de 1982, de nuevo don Julián, el propietario de aquella cadena hotelera cada vez más extensa e importante, le propuso ir a Villajoyosa –un pueblo costero de la provincia de Alicante–, para entrevistarse con el director de un hotel de cuatro estrellas –amigo de don Julián– en el que se iba a alojar la selección argentina durante la primera fase del Mundial de fútbol –un mes, aproximadamente– y que estaba buscando personal cualificado para cubrir una vacante en recepción. «Es una oportunidad excelente para ti, pues durante ese tiempo el Montíboli, que así se llama el hotel, estará en el candelero internacional. Muchos directivos hosteleros tendrán puesta su mirada en él. Le he hablado muy bien de ti a mi amigo, pero naturalmente quiere conocerte en persona, antes de tomar una decisión», le había dicho don Julián. Y, de nuevo animada por su madre, Ana María fue a Villajoyosa en su propio coche, un SEAT 127 rojo, haciendo el trayecto marítimo entre Ibiza y Denia en un ferry. La entrevista con el director del Montíboli fue casi una mera formalidad, breve y agradable, al final de la cual le dijeron que tenía que presentarse para empezar a trabajar el primer día de mayo. Y así fue como, en la última semana de abril de 1982, con treinta y dos años de edad, Ana María Mayans Tur volvió a dejar a sus hijas a cargo de su madre, para marchar a Villajoyosa, donde alquiló un pequeño apartamento, y trabajar en el hotel Montíboli durante un tiempo indefinido.

            El hotel Montíboli se encontraba a unos treinta kilómetros al norte de la ciudad de Alicante, en el término municipal de Villajoyosa, que quedaba a unos dos kilómetros. Era un edificio de estilo árabe de tres plantas que estaba ubicado en el borde rocoso de un pequeño acantilado, por lo que muchas de sus habitaciones tenían vistas al mar. Muy cerca de este edificio, donde estaban la mayoría de las habitaciones y los servicios principales del hotel –recepción, restaurante, comedor para desayunos, salones de televisión y recreo, cocina, bar-cafetería, centralita…–, al otro lado del jardín que se hallaba a la entrada, había cuatro bungalós, amplios y con nombre de poblaciones cercanas –Altea, Benidorm, Calpe, Denia–, que ofrecían una mayor intimidad. Algo separada del edificio y encima de un sobresaliente rocoso, semejante a la proa de una nave, había una piscina bordeada por una balaustrada. Por una escalera cercana a los bungalós se bajaba a la calita nudista que sólo podía verse desde la piscina. En el lado opuesto del hotel, por otra escalera se descendía a una playa pública de arena gruesa, conocida como la Caleta o la Cala del Eurotenis por estar también muy cerca este apartotel, de mayor capacidad pero de inferior categoría que el Montíboli. En esta playa se habían plantado recientemente treinta palmeras, había un chiringuito grande y, junto al pie de la escalera por la que se subía al Montíboli, se encontraba otro restaurante perteneciente a este hotel.

            Durante todo el mes de mayo, los cincuenta empleados del Montíboli, bajo la supervisión del subdirector, Tomás Ruiz, prepararon el hotel para la llegada de la expedición argentina. Todo fue bien, siendo los accesos al hotel lo único que preocupaba a Ruiz, pues las obras que había encargado el Ayuntamiento para arreglar el asfaltado iban muy lentas, con roturas de tuberías incluidas; accesos que siguieron en precario hasta bien entrado el mes de junio. Pero todo lo concerniente al personal del Montíboli iba cumpliéndose puntualmente: limpieza, recepción de suministros, atención de los clientes habituales, cuyo número había crecido ligeramente –sobre todo los fines de semana– desde que se supo que era el hotel elegido por los responsables de la Asociación del Fútbol Argentino… El conflicto bélico en las Malvinas ocasionó graves trastornos a otros hoteles de Villajoyosa, con cancelaciones masivas de reservas –el vecino Eurotenis, por ejemplo, que tenía aseguradas ochenta plazas, al final sólo ocupó treinta–, pero tal contratiempo no le afectó al Montíboli por estar todo él reservado para la delegación oficial argentina. Debido a esto, el precio individual –ciento veinte dólares diarios– era un poco más elevado que el normal, pero es que la capacidad del hotel era de cien camas y sólo estaba previsto ocupar la mitad.

            Al final, la delegación argentina también se había reducido a menos de cuarenta personas –todos varones–, las cuales llegaron puntualmente en la mañana del sábado 29 de mayo, con cantidad ingente de equipaje, incluidos ochocientos kilogramos de comida: quesos de distintos tipos, dulce de leche, mermelada, batata… Previamente, varias decenas de policías nacionales ocuparon posiciones en la entrada y en los alrededores del Montíboli.

            Más por lo que había oído decir a sus compañeros que por lo que ella conocía, supo Ana María que algunos de los argentinos que habían llegado al hotel eran famosos en todo el mundo –al menos en el mundo deportivo–, sobre todo Maradona, un chico de veintiún años que se decía estaba llamado a ser una de las estrellas más rutilantes de la historia del fútbol, pero a ella el único que le llamó la atención fue un ejecutivo de la Asociación del Fútbol Argentino. Era este un hombre en la mitad de la treintena y de aspecto viril: estatura media y complexión fuerte, moreno, melena ondulada, bigote recio, ojos oscuros y ligeramente rasgados, siempre risueños y dispuestos a halagarla. Para Ana María, sin embargo, el principal atractivo de este hombre, que se llamaba Luis Pablo Molina, radicaba en su arrebatadora y natural simpatía. Le sorprendió agradablemente la manera tan espontánea y sincera con que trató de acercarse a ella desde el primer momento en que se vieron. Insistente pero sin caer en la molestia, insinuante pero evitando la grosería, lisonjero pero no empalagoso, Luis Pablo la cortejaba, aprovechando los momentos en que la encontraba sola en la recepción del hotel. A Ana María el acento rioplatense siempre le había parecido seductor, pero la voz grave, profunda, de aquel hombre, se le antojó irresistible…, aunque a veces pronunciaba palabras cuyo significado desconocía.

            Por fin accedió a cenar con él una noche lejos del hotel, puesto que los empleados tenían prohibido intimar con los clientes. Quedaron en reunirse en Villajoyosa y desde allí fueron, en el coche de ella, hasta Altea. Mientras cenaban al aire libre en el restaurante El Negro –en la parte antigua y más alta del pueblo, ocupando una mesa algo apartada de la terraza, desde donde se apreciaba una vista magnífica de la bahía de Altea y de la Sierra Helada– se conocieron más profundamente. Él dijo que era soltero –no llevaba alianza– y ella decidió creerle, si bien no le preocupaba mucho si le estaba siendo sincero o no. Su intención no era enamorarse de él; más bien al contrario: si podía, evitaría emocionarse demasiado, aunque por experiencia sabía que, si seguía adelante y la relación duraba lo suficiente, lo más probable era que terminase enamorándose. Era algo inevitable dada su forma de ser. Aunque, por supuesto, nunca sentiría lo que sintió con Patrick. Aquella relación era irrepetible por muchas razones, empezando porque fue la primera y ella tenía sólo dieciocho años. Desde entonces había conocido a otros hombres con los que había tenido relaciones más o menos pasajeras. En la mayoría de éstas fue ella quien las dio por acabadas; en otras en cambio –la de Pierre, en París; la de Felipe, en Palma– fueron ellos los que la interrumpieron –Felipe– o la dejaron languidecer, conservándola sólo por el sexo –Pierre– cuando supieron que ella tenía dos hijas. Hasta ahora no había conocido a ningún hombre –y tampoco esperaba conocerlo en el futuro– que mereciera o estuviera dispuesto a pasar el resto de su vida con ella, o al menos a intentarlo, si ello suponía tener que acarrear también con dos chiquillas. Seguramente ninguno estaba lo suficientemente enamorado de ella, se había dicho muchas veces, aunque la verdad era que tampoco le importaba mucho, pues aunque ella sí podía haberse enamorado de ellos, nunca, ni en el mejor de los casos –Pierre, Felipe– se había hecho demasiadas ilusiones. Y lo mismo sucedería con Luis Pablo en el caso hipotético de que entablasen una relación sentimental, pensó aquella noche mientras cenaban en Altea, ya que, como mucho, aspiraba a que la hiciera reír y a que la satisficiera sexualmente durante el tiempo que él iba a estar en Villajoyosa. Luego, cuando él se fuera, sólo faltaría un mes para que viniesen sus hijas, pues, si seguía trabajando en el Montíboli después del verano, planeaba traerlas a Villajoyosa para que se quedaran a vivir con ella, formando por fin una familia unida.

            Y así ocurrió, en efecto. Ana María y Luis Pablo lo pasaron muy bien juntos durante tres semanas, él demostró ser un amante excelente –atento y generoso– y ella acabó sintiendo por él algo más que cariño. Pero cuando el 28 de junio Luis Pablo se fue a Barcelona –unos días antes se había ido el resto de la expedición argentina–, ella se sintió apenada pero no frustrada. Él le prometió que volvería a Villajoyosa antes de que la delegación regresara a Buenos Aires, para estar juntos unos días, pero no pudo cumplir su promesa porque la selección argentina fue eliminada del campeonato antes de lo esperado y la partida se anticipó. Ni siquiera entonces se sintió decepcionada.

Patricia 

            Ocurrió el viernes santo de 1983. Parecía que iba a ser un parto rápido, tal como fue el anterior, pese a que nacieron gemelas, pero a pesar de ello el médico insistió en sedar a la parturienta. Ana María quería permanecer despierta, pero el pentotal surtió efecto rápidamente, sorprendiéndola antes de que pudiera negarse a que la anestesiaran. Cuando se espabiló, una religiosa la informó de que el bebé había nacido muerto.

            –¿Dónde está?

            –Es mejor que no lo veas, hija mía.

            –Pero quiero verlo.

            –Ya se lo han llevado… Además, ¿para qué pasar un mal rato?, ¿para qué angustiarte aún más? Ahórrate la pena, hija. Ahora lo mejor es que te recuperes cuanto antes, tus hijas te necesitan… –dijo la monja señalando a las gemelas, a las que había hecho entrar en la habitación y que estaban al pie de la cama, calladas y con ojos llorosos.

            Patricia y Carmen iban a cumplir catorce años. Serían idénticas –delgadas, trenzas rubias, ojos azules, expresión triste– sino fuera por la ropa que llevaban puesta –falda gris y jersey negro sobre blusa blanca, Patricia; chándal azul marino, Carmen– y el lunar carmesí que Patricia tenía encima del entrecejo, similar al que tenía su madre.

            ¿Por qué no insiste?, se preguntó Patricia. ¿Por qué mamá se resignaba a no ver al bebé, aunque estuviera muerto? Quizá la monja tuviera razón y, no viendo el cuerpecito sin vida del recién nacido, su madre evitaba sentir un dolor aún más intenso…, pero en su lugar ella habría insistido en verlo… Claro que su madre no era tan tozuda como ella. «Eres muy testaruda, Patricia. Mucho más que tu hermana. Mucho más que cualquier otra persona que haya conocido jamás», solía decirle su madre cuando se enfadaba con ella. «¿Más que mi padre?», le preguntaba ella entonces. Pero mamá no respondía. Desde que descubriera que a mamá no le gustaba hablar de su padre, Patricia usaba ese truco para acabar con sus regañinas: preguntar por él.

            Aunque todavía eran casi unas niñas, Patricia y Carmen sabían lo que era un aborto. Bueno, en realidad lo sabía Patricia, que lo había averiguado en el colegio. A su hermana se lo explicó ella unos meses antes, cuando, poco después de llegar a Villajoyosa, se enteraron de que mamá estaba embarazada. «¿Quién es el padre?», le preguntaron al unísono cuando les dijo que esperaba un hijo. Pero mamá evadió la respuesta. Sólo consiguieron sonsacarle que era un hombre al que había conocido ese verano, del que se había enamorado, pero que se había vuelto a América, donde vivía. «¿Como papá?», preguntó esta vez Carmen. «Sí, como papá», reconoció mamá, ligeramente avergonzada, según creyeron apreciar en su mirada huidiza.

            «Muchas mujeres que se quedan preñadas sin estar casadas, abortan. También abortan las casadas, pero menos», le había explicado Vanesa, su compañera de pupitre. No sabía cómo Vanesa se enteraba de esas cosas, pero la creía porque solía tener siempre razón. «Y si mamá no tiene marido, ¿por qué no ha abortado?», le preguntó Carmen cuando ella le contó lo que le había dicho Vanesa. «No lo sé. A lo mejor le daba pena matar al feto… Porque así se llama al bebé cuando está formándose, ¿sabes?». «O a lo mejor es que quería tener al bebé –dedujo Carmen–. A nosotras nos tuvo y no teníamos papá. Y nos quiere mucho.»

            Sí, mamá las quería mucho, pensó Patricia. Aunque Carmen y ella prácticamente habían sido criadas por la abuela –pues mamá casi siempre estaba trabajando fuera de Ibiza–, era verdad que mamá las quería mucho. Por eso las había traído a vivir a Villajoyosa en septiembre pasado, para que pudieran vivir juntas las tres. Mamá trabajaba en un hotel de las afueras de Villajoyosa y ellas empezaron el curso en un colegio próximo al apartamento en el que vivían.

            –¿Por qué no ha venido la abuela? Si hubiera venido la abuela a lo mejor no hubiera pasado esto –dijo Carmen una vez se hubo ido la religiosa de la habitación. Era una habitación individual, cómoda y amplia, en la que había un baño y un televisor colgado en la pared que quedaba enfrente de la cama. Una habitación mucho mejor que la que hubiera ocupado en el hospital público, recordó Patricia que les había contado su madre unos días antes. Y como ella tenía un seguro médico privado, había preferido dar a luz en aquella clínica… Pero ahora todo daba igual. El bebé había nacido muerto, pensó Patricia.

            –La abuela está malita… ¿No te acuerdas? –le dijo mamá a Carmen.

            La hermana de Patricia asintió con la cabeza y ésta supo que estaba a punto de echarse a llorar. También ella sentía unas ganas enormes de llorar. Porque el bebé había nacido muerto y porque mamá estaba triste, pero sobre todo porque la abuela estaba muy enferma y no sabía si volvería a verla con vida.

            –Venid, acercaos a darme un beso… –les pidió su madre; y ellas se apresuraron a abrazarla mientras rompían a llorar.arbol genealógico

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