Cultura

Poesía del Romanticismo: Los mejores poemas de la época, ordenados por autores

El Romanticismo fue un movimiento cultural que se desarrolló en casi todo el mundo desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Para muchos críticos, es uno de los movimientos más influyentes a nivel mundial, puesto que representó una innovación o revolución a todas las reglas preestablecidas en el campo de las artes.

El Romanticismo, como su nombre pudiera sugerirlo, surge como una contraposición expresa a la Ilustración y al Neoclasicismo, dos movimientos en los que primaban las reglas, el principio de universalidad, y la búsqueda del conocimiento y la sociabilidad.

En contraparte, el Romanticismo no sólo era libre en métricas y formas, sino también en lenguaje, en temas; pero siempre tomando al poeta como un ente creador, como un protagonista confeso, fomentando así la creatividad sin reglas, y pregonando siempre al Yo y a los sentimientos, por encima de cualquier otro factor.

En esta ocasión, hemos querido reseñar algunos de los mejores poemas del periodo del Romanticismo. Para ello, los hemos ordenado de acuerdo a sus autores, aunque no en orden de favoritismo.

Algunos de estos poetas son considerados románticos, pero otros forman parte de movimientos que se originaron tomando como origen al Romanticismo: simbolismo, modernismo o surrealismo.

Gustavo Adolfo Bécquer

Uno de los sevillanos más ilustres a lo largo de toda la historia. Gustavo Adolfo tuvo una vida demasiado profunda e intensa, a pesar de haber muerto el 22 de diciembre de 1870, a los 34 años de edad.

Su producción poética es, para la mayoría de los críticos, la obra fundacional de la poesía lírica moderna; y el puente conector entre el Romanticismo y el post-romanticismo, un grupo de movimientos que sucederían tras su fallecimiento.

Aquí una selección de sus mejores poemas. Todos le llevaron a la fama tras su muerte. Un reconocimiento que nunca tuvo en vida.

Rima XXXVIII
Los suspiros son aire y van al aire.

Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer, cuando el amor se olvida,

¿sabes tú adónde va?

Rima LVI
Hoy como ayer, mañana como hoy,

¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

y andar… andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida

máquina, el corazón.

La torpe inteligencia del cerebro,

dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe,

fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,

canta el mismo cantar,

gota de agua monótona que cae

y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,

unos de otros en pos;

hoy lo mismo que ayer…; y todos ellos,

sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando

del antiguo sufrir!

Amargo es el dolor, ¡pero siquiera

padecer es vivir!

Rima XXIV
Dos rojas lenguas de fuego

que a un mismo tronco enlazadas

se aproximan y, al besarse,

forman una sola llama.

Dos notas que del laúd

a un tiempo la mano arranca,

y en el espacio se encuentran

y armoniosas se abrazan.

Dos olas que vienen juntas

a morir sobre una playa

y que al romper se coronan

con un penacho de plata.

Dos jirones de vapor

que del lago se levantan

y, al juntarse allá en el cielo,

forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan;

dos besos que a un tiempo estallan,

dos ecos que se confunden;

eso son nuestras dos almas.

Volverán las oscuras golondrinas
Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas… no volverán!.

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día…

¡esas… no volverán!

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido…; desengáñate,

¡así… no te querrán!

Rimas XXI
¿Qué es poesía? Dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

Rimas XXIII
Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso… ¡yo no sé

qué te diera por un beso!

Amor eterno
Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

Lord Byron

 

 

 

 

 

Para la mayoría de los especialistas de la temática poética, Byron es la cuna de todo lo conocido. Pese a no ser realmente así, se le conoce al excelente poeta inglés como el mejor de su tiempo, como el precursor del Romanticismo, y como el primer personaje del arte realmente famoso: con fanáticos allá a donde iba, con una personalidad de rockstar, y dotado de un gran atractivo físico.

Incluso, podría identificarse a Byron como uno de los personajes bohemios más importantes de la historia, por su forma excéntrica y licenciosa de vivir.

Aquí, algunos de sus poemas más conocidos.

No volveremos a vagar

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.

Pues así como la espada gasta su vaina,
Y el alma consume el pecho,
Asimismo el corazón debe detenerse a respirar,
E incluso el amor debe descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y los días vuelven demasiado pronto,
Aún así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

Camina bella

Camina bella, como la noche
De climas despejados y de cielos estrellados,
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.

Una sombra de más, un rayo de menos,
Hubieran mermado la gracia inefable
Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro,
Donde dulces pensamientos expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
Y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón con inocente amor!

La partida

¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.
Si pudiera ser hoy lo que antes era,
y mi frente abatida reclinar
en ese seno que por mí latiera,
quizá no abandonara esta ribera
y a la sola mujer que puedo amar.

Yo no he visto hace tiempo aquellos ojos
que fueron mi contento y mi pesar;
loa amo, a pesar de sus enojos,
pero abandono Albión, tierra de abrojos,
y a la sola mujer que puedo amar.
Y rompiendo las olas de los mares,
a tierra extraña, patria iré a buscar;
mas no hallaré consuelo a mis pesares,
y pensaré desde extranjeros lares
en la sola mujer que puedo amar.

Como una viuda tórtola doliente
mi corazón abandonado está,
porque en medio de la turba indiferente
jamás encuentro la mirada ardiente
de la sola mujer que puedo amar.
Jamás el infeliz halla consuelo
ausente del amor y la amistad,
y yo, proscrito en extranjero suelo,
remedio no hallaré para mi duelo
lejos de la mujer que puedo amar.

Mujeres más hermosas he encontrado,
mas no han hecho mi seno palpitar,
que el corazón ya estaba consagrado
a la fe de otro objeto idolatrado,
a la sola mujer que puedo amar.
Adiós, en fin. Oculto en mi retiro,
en el ausente nadie ha de pensar;
ni un solo recuerdo, ni un suspiro
me dará la mujer por quien deliro,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

Comparando el pasado y el presente,
el corazón se rompe de pesar,
pero yo sufro con serena frente
y mi pecho palpita eternamente
por la sola mujer que puedo amar.
Su nombre es un secreto de mi vida
que el mundo para siempre ignorará,
y la causa fatal de mi partida
la sabrá sólo la mujer querida,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

¡Adiós!..Quisiera verla… mas me acuerdo
que todo para siempre va a acabar;
la patria y el amor, todo lo pierdo…
pero llevo el dulcísimo recuerdo
de la sola mujer que puedo amar.
¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

Adiós

¡Adiós! si dicha se concede al hombre
de una plegaria en premio, ésta tu nombre
elevará hasta el trono del Señor.
Promesas, quejas, llanto, fueran vanos;
más que el lloro, exprimido, ya sangrante,
de ojos sin luz, tenaz remordimiento
esta palabra dice… ¡Adiós! ¡Adiós!

Secos están mis ojos, extinguida
mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado…
Yo sólo sé que en vano hemos amado…
Sólo puedo sentir… ¡Adiós! adiós.

Acuérdate de mí
Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna…
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!… Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.

William Blake

Reconocido como el más grande artista que haya nacido en las islas británicas, William Blake (Londres 28 de noviembre de 1757 – Londres 12 de agosto de 1827) no sólo fue un excelso poeta y pintor, sino uno de los primeros teóricos de las causas más justas y de lo que, ahora, denominamos como una humanidad universal.

William Blake fue un visionario, adelantado a su época, y parte de su reconocimiento como literato se dio tras su fallecimiento. Curiosamente, se suele considerar a los poetas del Romanticismo como poetas que murieron muy jóvenes. No obstante, Blake falleció a los 69 años de edad, tras una prolífica carrera como poeta.

Reseñamos algunos de sus poemas.

Canto del reír

Cuando los verdes bosques ríen con la voz del júbilo,
y el arroyo encrespado se desplaza riendo;
cuando ríe el aire con nuestras divertidas ocurrencias,
y la verde colina ríe del estrépito que hacemos;
cuando los prados ríen con vívidos verdes,
y ríe la langosta ante la escena gozosa;
cuando Mary y Susan y Emily
cantan “¡ja, ja, ji!” con sus dulces bocas redondas.
Cuando los pájaros pintados ríen en la sombra
donde nuestra mesa desborda de cerezas y nueces,
acercaos y alegraos, y uníos a mí,
para cantar en dulce coro el “¡ja, ja, ji!”

El país de los sueños

¡Despierta, despierta, mi pequeño!
Tú eras la única alegría de tu madre;
¿Por qué lloras en tu sueño tranquilo?
¡Despierta! Tu padre te protege.

‘Oh, ¿que tierra es la Tierra de los Sueños?
¿Cuáles son sus montañas, y cuáles sus ríos?
¡Oh padre! Allí vi a mi madre,
Entre los lirios junto a las bellas aguas.

‘Entre los corderos, vestida de blanco,
Caminaba con su Thomas en dulce deleite.
Lloré de alegría, como una paloma me lamento;
¡Oh! ¿Cuándo volveré allí?

Querido hijo, también yo junto a ríos placenteros
He caminado la noche entera en la Tierra de los Sueños;
Pero por serenas y cálidas que fuesen las anchas aguas,
No pude llegar hasta la otra orilla.

‘¡Padre, oh padre! ¿Qué hacemos aquí
En esta tierra de incredulidad y temor?
La Tierra de los Sueños es mucho mejor, allá lejos,
Por sobre la luz del lucero del alba’.

Eternidad

Quien a sí encadenare una alegría
malogrará la vida alada.
Pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.

A la estrella nocturna

¡Tú, ángel rubio de la noche,

ahora, mientras el sol descansa en las montañas, enciende

tu brillante tea de amor! ¡Ponte la radiante corona

y sonríe a nuestro lecho nocturno!

Sonríe a nuestros amores y, mientras corres los

azules cortinajes del cielo, siembra tu rocío plateado

sobre todas las flores que cierran sus dulces ojos

al oportuno sueño. Que tu viento occidental duerma en

el lago. Di el silencio con el fulgor de tus ojos

y lava el polvo con plata. Presto, prestísimo,

te retiras; y entonces ladra, rabioso, por doquier el lobo

y el león echa fuego por los ojos en la oscura selva.

La lana de nuestras majadas se cubre con

tu sacro rocío; protégelas con tu favor.

Un sueño

Cierta vez un sueño tejió una sombra
sobre mi cama que un ángel protegía:
era una hormiga que se había perdido
por la hierba donde yo creía que estaba.

Confundida, perpleja y desesperada,
oscura, cercada por tinieblas, exhausta,
tropezaba entre la extendida maraña,
toda desconsolada, y le escuché decir:
“¡Oh, hijos míos! ¿Acaso lloran?
¿Oirán cómo suspira su padre?
¿Acaso rondan por ahí para buscarme?
¿Acaso regresan y sollozan por mí?”

Compadecido, solté una lágrima;
pero cerca vi una luciérnaga,
que respondió: “¿Qué quejido humano
convoca al guardián de la noche?

Me corresponde iluminar la arboleda
mientras el escarabajo hace su ronda:
sigue ahora el zumbido del escarabajo;
pequeña vagabunda, vuelve pronto a casa.”

La noche
Desciende el sol por el oeste,
brilla el lucero vespertino;
los pájaros están callados en sus nidos,
y yo debo buscar el mío.
La luna, como una flor
en el alto arco del cielo,
con deleite silencioso,
se instala y sonríe en la noche.
Adiós, campos verdes y arboledas dichosas
donde los rebaños hallaron su deleite.
Donde los corderos pastaron, andan en silencio
los pies de los ángeles luminosos;
sin ser vistos vierten bendiciones
y júbilos incesantes,
sobre cada pimpollo y cada capullo,
y sobre cada corazón dormido.
Miran hasta en nidos impensados
donde las aves se abrigan;
visitan las cuevas de todas las fieras,
para protegerlas de todo mal.
Si ven que alguien llora
en vez de estar durmiendo,
derraman sueño sobre su cabeza
y se sientan junto a su cama.

Cuando lobos y tigres aúllan por su presa,
se detienen y lloran apenados;
tratan de desviar su sed en otro sentido,
y los alejan de las ovejas.
Pero si embisten enfurecidos,
los ángeles con gran cautela
amparan a cada espíritu manso
para que hereden mundos nuevos.
Y allí, el león de ojos enrojecidos
vertirá lágrimas doradas,
y compadecido por los tiernos llantos,
andará en torno de la manada,
y dirá: “La ira, por su mansedumbre,
y la enfermedad, por su salud,
es expulsada
de nuestro día inmortal.
Y ahora junto a ti, cordero que balas,
puedo recostarme y dormir;
o pensar en quien llevaba tu nombre,
pastar después de ti y llorar.
Pues lavada en el río de la vida
mi reluciente melena
brillará para siempre como el oro,
mientras yo vigilo el redil.

Edgar Allan Poe

Poe es considerado como uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos. Nacido en Boston, Edgar Allan Poe fue apodado El cuervo, debido al éxito de su poema más célebre. Si bien reseñamos acá gran parte de su obra poética, Poe es para la crítica moderna el maestro del relato y el cuento corto (destacando Corazón Delator).

Dejamos aquí algunos de sus poemas de invaluable consideración.

El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente -me dije-, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.
no serás un cobarde.
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de “Nunca, nunca más.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más,”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

A Elizabeth

¿Deseas ser amada? No pierdas pues
el rumbo de tu corazón. Sólo aquello
que eres has de ser, y lo que no eres no.
Así, en el mundo, tu modo sutil, tu gracia,
tu bellísimo ser, serán objeto de elogio sin fin
y el amor, un sencillo deber.

El reino de las hadas

Valles oscuros, torrentes umbríos, bosques
nebulosos en los cuales nadie puede descubrir
las formas a causa de las lágrimas que gota a
gota se lloran de todas partes! Allá, lunas desmesuradas
crecen y decrecen, siempre, ahora,
siempre, a cada instante de la noche, cambiando
siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces
pálidas ellas oscurecen el resplandor de las
temblorosas estrellas. Hacia la duodécima
hora del cuadrante nocturno una luna más
nebulosa que las otras,-de una especie que las
hadas han probado ser la mejor,-desciende
hasta bajo el horizonte y pone su centro sobre
la corona de una eminencia de montañas, mientras
que su vasta circunferencia se esparce en
vestiduras flotantes sobre los caseríos, sobre las
mismas mansiones distantes, sobre bosques
extraños, sobre la mar, sobre los espíritus que
danzan, sobre cada cosa adormecida, y los sepulta
completamente en un laberinto de luz.
Y entonces, ¡cuán profundo es el éxtasis de
ese su sueño! De mañana, ellas se levantan, y su
velo lunar vuela por los cielos mientras se agitan
como pálido albatros al soplo de la tempestad
que las sacude como a casi todas las cosas.
Pero cuando las hadas que se han refugiado
bajo esa luna de la que se han servido, por así
decirlo, como de una tienda, la dejan, no pueden
jamás volver a encontrar abrigo. Y los átomos
de ese astro se dispersan y se convierten bien
pronto en una lluvia, de la cual las mariposas
de esta tierra, que buscan en vano los cielos
y vuelven a descender,-¡criaturas jamás
satisfechas!-nos devuelven partículas a veces
sobre sus alas estremecidas.

Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero

¡Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero!
Y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero
De una eternidad anunciara el nuevo día.
¡Sí! Aunque el largo sueño fuera de agonía
Siempre sería mejor que estar despierto
Para quien tuvo, desde el nacimiento
En el dulce tierra, el corazón
Prisionero del caos de la pasión.

Mas si ese sueño persistiera eternamente
Como los sueños infantiles en mi mente
Solían persistir, si eso ocurriera,
Sería ridículo esperar una quimera.
Porque he soñado que el sol resplandecía
En el cielo estival, lleno de luz bravía
Y de belleza, y mi corazón he paseado
Por climas remotos e inventados,
Junto a seres imaginarios, sólo previstos
Por mí… ¿qué más podría haber visto?.

Pero una vez, una única vez, y ya no olvidaré
Aquel bárbaro momento, un poder o no sé qué
Hechizo me ciñó, o fue que el viento helado
Sopló de noche y al marchar dejó grabado
En mi espíritu su rastro, o fue la Luna
Que brilló en mis sueños con especial fortuna
Y frialdad, o las estrellas… en cualquier caso
El sueño fue como ese viento: démosle paso.

Yo he sido feliz, pues, aunque el sistema
Fuera un sueño. Fui feliz, y adoro el tema:
¡Sueños!. Tanto por su intenso colorido
Que oponen a lo real, y porque al ojo delirante
Ofrecen cosas más bellas y abundantes
Del paraíso y del amor, ¡y todas nuestras!
Que la esperanza joven en sus mejores muestras.

Johann Wolfgang von Goethe

Es considerado el mejor hombre de letras que haya nacido en tierras alemanas. Buen amigo y admirador de Lord Byron (cuya admiración fue recíproca), influyó por sus escritos en géneros tan particulares como la poesía, el cuento, las novelas y hasta los tratados científicos.

Es uno de los precursores del Romanticismo.

Encontró en sus Elegías el éxito poético propio de la poesía romántica de la época.

Elegía 8

Cuando dícesme, amada, que nunca te miraron

con grado los hombres, ni hizo caso la madre

de ti, hasta que en silencio una mujer te hiciste,

lo dudo y me complace imaginarte rara,

que asimismo a la vid faltan color y forma,

cuando ya la frambuesa a dioses y hombres seduce.

Secreto

Son los ojos de la amada

pasmo cierto de las gentes;

yo, que todo lo conozco,

sé muy bien lo que me advierten.

Dicen ellos: -A este adoro,

a este sólo, a nadie más;

cesen pues, oh buenas gentes,

vuestro pasmo, vuestro afán.

Sí, con brillo poderoso

resplandecen en redor;

y es que quieren anunciarme

la hora dulce del amor.

Amor sin descanso

¡A través de la lluvia, de la nieve,

A través de la tempestad voy!

Entre las cuevas centelleantes,

Sobre las brumosas olas voy,

¡Siempre adelante, siempre!

La paz, el descanso, han volado.

Rápido entre la tristeza

Deseo ser masacrado,

Que toda la simpleza

Sostenida en la vida

Sea la adicción de un anhelo,

Donde el corazón siente por el corazón,

Pareciendo que ambos arden,

Pareciendo que ambos sienten.

¿Cómo voy a volar?

¡Vanos fueron todos los enfrentamientos!

Brillante corona de la vida,

Turbulenta dicha…

¡Amor, tu eres esto!

John Keats

Otro de los grandes poetas ingleses de todos los tiempos. Keats, además, es la personificación misma del poeta romántico. Su muerte a los 25 años de edad, tras haber quedado huérfano de forma temprana, y tras estudiar carreras frustradas, no fue más que un premio para el poeta que utilizaba con suficiente frecuencia a la soledad y a la melancolía en cada una de sus producciones.

Fue un íntimo amigo de Lord Byron.

Dejamos acá algunos de sus poemas más conocidos.

Oda a Psique

¡Oh diosa! Escucha estos versos silentes arrancados

por la dulce coacción y la memoria amada,

y perdona que cante tus secretos

incluso en tus suaves oídos aconchados.

¿Soñé hoy acaso, o es que he visto

a Psique alada con ojos despiertos?

Vagaba descuidado por un bosque sin razón ni cuidado,

y observé de repente, lleno de sorpresa

dos hermosas criaturas que juntas yacían,

sobre la hierba crecida bajo un techo de hojas

que susurran y flores temblorosas y fluía

un arroyuelo perceptible apenas.

Entre flores tranquilas, de raíces frescas y aromáticos

capullos, azules plateadas con yemas de púrpura,

yacen sosegados en el lecho de hierba;

juntos, abrazadas sus alas,

sus labios no se rozan, mas no se despiden,

separados por las suaves manos del letargo,

y dispuestos a exceder los besos ya entregados

al abrir sus tiernos ojos como auroras de amor:

al muchacho alado conocía,

pero ¿ quién eres tú, feliz paloma?

¡Eras tú, su fiel Psique!

¡Tú, la última nacida, y visión más hermosa

de aquella apagada jerarquía del Olimpo!

Más clara que la estrella de Febe en su espacio

de zafiros, que Véspero, amorosa luciérnaga

del cielo, más hermosa, aunque templo no tengas

ni altar de flores colmado

ni un coro de vírgenes con cantos deliciosos

en las hojas de la noche,

ni voz, ni laúd, ni flauta, ni incienso dulce

ni santuario, ni bosque, ni oráculo, ni ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

¡Oh tú, la más brillante! Ya es tarde para votos antiguos,

muy tarde para liras devotas y entusiastas,

cuando sagrados eran los bosques encantados

y sagrados el aire, el agua y el fuego;

incluso en estos días, tan alejados

de ofrendas jubilosas, tus alas refulgentes,

batiendo entre los pálidos seres del Olimpo,

veo, y canto inspirado tan sólo por mis ojos.

Déjame ser, entonces, el coro que te cante

en las horas de la noche,

tu voz, tu laúd, tu flauta, tu incienso dulce

que exhala el incensario que ligero oscila,

tu santuario, tu bosque, tu oráculo, tu ardor

de profeta de labios macilentos que sueña.

Yo seré tu sacerdote y edificaré un templo

En alguna región oculta de mi mente,

En la que rámeas ideas, nacidas con dolor

Gozoso, murmuren al viento en vez de los pinos:

y lejos esos árboles oscuramente unidos

cubrirán cada ladera de las montañas de cimas

agrestes, y los céfiros, los ríos, aves y abejas

arrullarán a las dríadas sobre el musgo;

y en medio de esta vasta quietud

adornaré un santuario con rosas

con el rico emparrado de mi laboriosa mente,

con brotes, campanillas, y con estrellas sin nombre,

con todo aquello que Fantasía pudo jamás crear,

jardinera que cría flores que nunca crecen iguales,

y para ti habrá las más suaves delicias

que consiguen los pensamientos vagos,

una antorcha brillante y una ventana en la noche

para que el cálido Amor penetre.

Oda a un ruiseñor

Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.

¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!
¡Quién un vaso me diera del Sur cálido,
colmado de hipocrás rosado y verdadero,
con bullir en su borde de enlazadas burbujas
y mi boca de púrpura teñida;
beber y, sin ser visto, abandonar el mundo
y perderme contigo en las sombras del bosque!

A lo lejos perderme, disiparme, olvidar
lo que entre ramas no supiste nunca:
la fatiga, la fiebre y el enojo de donde,
uno a otro, los hombres, en su gemir, se escuchan,
y sacude el temblor postreras canas tristes;
donde la juventud, flaca y pálida, muere;
donde, sólo al pensar, nos llenan la tristeza
y esas desesperanzas con párpados de plomo;
donde sus ojos claros no guarda la hermosura
sin que, ya al otro día, los nuble un amor nuevo.

¡Perderme lejos, lejos! Pues volaré contigo,
no en el carro de Baco y con sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
aunque la mente obtusa vacile y se detenga.
¡Contigo ya! Tierna es la noche
y tal vez en su trono esté la Luna Reina
y, en torno, aquel enjambre de estrellas, de sus Hadas;
pero aquí no hay más luces
que las que exhala el cielo con sus brisas, por ramas
sombrías y senderos serpenteantes, musgosos.

Entre sombras escucho; y si yo tantas veces
casi me enamoré de la apacible Muerte
y le di dulces nombres en versos pensativos,
para que se llevara por los aires mi aliento
tranquilo; más que nunca morir parece amable,
extinguirse sin pena, a medianoche,
en tanto tú derramas toda el alma
en ese arrobamiento.
Cantarías aún, mas ya no te oiría:
para tu canto fúnebre sería tierra y hierba.

Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!
No habrá gentes hambrientas que te humillen;
la voz que oigo esta noche pasajera, fue oída
por el emperador, antaño, y por el rústico;
tal vez el mismo canto llegó al corazón triste
de Ruth, cuando, sintiendo nostalgia de su tierra,
por las extrañas mieses se detuvo, llorando;
el mismo que hechizara a menudo los mágicos
ventanales, abiertos sobre espumas de mares
azarosos, en tierras de hadas y de olvido.

¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.
¡Adiós! La fantasía no alucina tan bien
como la fama reza, elfo de engaño.
¡Adiós, adiós! Doliente, ya tu himno se apaga
más allá de esos prados, sobre el callado arroyo,
por encima del monte, y luego se sepulta
entre avenidas del vecino valle.
¿Era visión o sueño?
Se fue ya aquella música. ¿Despierto? ¿Estoy dormido?

Oda a una urna griega

Tú, novia intacta aún de la quietud,
prohijada del silencio y de las lentas horas,
selvático rapsoda, que refieres un cuento
florido, con dulzura mayor que en nuestra rima:
¿qué leyenda, ceñida de verdor, en tu forma
tiembla? ¿Será de dioses o mortales, o de ambos,
en el Tempé o en valles de Arcadia? ¿Quiénes son
esos hombres o dioses? ¿Qué doncellas resisten
al loco perseguir? ¿Qué pugna es ésa, huyendo?
¿Qué flautas y tambores? ¿Qué extasis salvaje?

Las músicas oídas son dulces, pero más
dulces son las no oídas. Seguid sonando, pues,
¡oh, caramillos blandos!, no al sentido: más tiernas
suenen en el espíritu las canciones sin notas.
Doncel, bajo los árboles, abandonar no puedes
tu canto y no podrían desnudarse esas ramas;
enamorado audaz, no podrás besar nunca,
aunque tan cerca estás ; mas no te apenes: ella
no puede marchitarse; tu ventura no alcanzas,
pero siempre amarás y será siempre hermosa.

¡Ah! ¡Felices, felices ramas, que vuestras hojas
no podéis esparcir, ni de abril despediros!
Y músico feliz, que no te cansas nunca
de modular canciones siempre nuevas. Empero,
más feliz, más feliz ese amor venturoso,
cálido siempre y no gozado todavía,
y jadeante siempre y para siempre joven:
todos alientan lejos de la pasión humana,
que deja el corazón tan saciado y tan triste
y una frente de fuego y la lengua abrasada.

¿Quiénes son esas gentes que al sacrificio acuden?
¿ A qué altar de verdores, ¡oh, extraño sacerdote!,
esa ternera guías, que hacia los cielos muge,
con los fiancos sedeños cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad, de la playa o de un río,
o alzada en la montaña, con una ciudadela
pacífica, quedóse sin gente esa devota
mañana? Y a tus calles, ¡oh, villa! , para siempre
se verán silenciosas, y ni un alma a decirnos
por qué estás tan desierta, podrá ya volver nunca.

¡Forma ática, hermosa actitud! Guarnecida
con progenie de hombres y doncellas de mármol,
con ramas de los bosques y con hollada hierba.
Tu empeño, ¡oh, silenciosa forma!, nuestros pensares
vence, como lo eterno: ¡oh tú, pastoral fría!
Cuando a los hoy lozanos ya la vejez consuma,
te quedarás aún, en medio de otras cuitas,
como amiga del hombre, diciendo: «La belleza
es verdad; la verdad, belleza» : y eso es cuanto
en la tierra sabéis, y ya más no precisa.

Aleksandr Pushkin

No sólo es uno de los poetas románticos universales, sino que representa el inicio de la literatura rusa moderna. El poeta, que también fue novelista y dramaturgo, inspiró a los dos escritores más grandes de la historia de Rusia, Leon Tolstói y Fedor Dostoievski.

A diferencia de otros poetas románticos, Pushkin adoraba la sátira, por lo que siempre le incluyó en cada una de sus producciones literarias.

Dejamos aquí algunas de sus más representativas.

El carro de la vida

Aunque a veces la carga es pesada,

el carro avanza ligero;

el intrépido cochero, el canoso tiempo,

no se baja del pescante.

Nos acomodamos por la mañana en el carro,

alegres de partirnos la cabeza,

y, despreciando el placer y la pereza,

gritamos: ¡Adelante!

A mediodía se ha esfumado ya el arrojo;

trastornados por la fatiga y aterrados

por las pendientes y los barrancos,

gritamos: ¡Más despacio, loco!

El carro sigue su marcha; ya a la tarde,

a su carrera acostumbrados, soñolientos,

buscamos posada para la noche,

mientras el tiempo azuza a los caballos.

El caballero pobre

Era un pobre caballero

silencioso, sencillo,

de rostro severo y pálido,

de alma osada y franca.

Tuvo una visión,

una visión maravillosa

que grabó en su corazón

una impresión profunda.

Desde entonces le ardía el corazón;

apartaba sus ojos de las mujeres,

y ya hasta la tumba

no volvió a hablar a ninguna.

Púsose un rosario al cuello,

como una insignia,

y jamás levantó ante nadie

la visera de acero de su casco.

Lleno de un puro amor,

fiel a su dulce visión, escribió con su sangre

A.M.D. sobre su escudo.

Y en los desiertos de Palestina,

mientras que entre las rocas

los paladines corrían al combate

invocando el nombre de su dama,

él gritaba con exaltación feroz:

Lumen coeli, sancta Rosa!

Y como el rayo, su ímpetu

fulminaba a los musulmanes.

De regreso a su castillo lejano,

vivió severamente como un recluso,

siempre silencioso, siempre triste,

muriendo por fin demente.

Rubén Darío

Nacido como Félix Rubén García Sarmiento, es el poeta nicaragüense más influyente de la historia, y desde muy lejos el poeta que mayor repercusión ha tenido en la lengua hispana en todo el siglo XX. Si bien su periodo de máxima producción literaria no se encuentra agrupado dentro del Romanticismo en auge, sí forma parte del movimiento del Modernismo (del cual se le denomina fundador y personaje central), que debemos saber que nació a raíz del post-romanticismo.

Algunos de sus poemas muestran un agradecimiento por la mujer, por la naturaleza y, por supuesto, el amor.

Las musas

No protestéis con celo protestante,

contra el panal de rosas y claveles

en que Tiziano moja sus pinceles

y gusta el cielo de Beatrice el Dante.

Por eso existe el verso de diamante,

por eso el iris tiéndese y por eso

humano genio es celeste progreso.

Líricos cantan y meditan sabios:

por esos pechos y por esos labios.

¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Celeste carne

¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla

-dijo Hugo-, ambrosía más bien, ¡oh maravilla!,

la vida se soporta,

tan doliente y tan corta,

solamente por eso:

roce, mordisco o beso

en ese pan divino

para el cual nuestra sangre es nuestro vino.

En ella está la lira,

en ella está la rosa,

en ella está la ciencia armoniosa,

en ella se respira

el perfume vital de toda cosa.

Princesa

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave de oro;

y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,

a encenderte los labios con su beso de amor!

Amado Nervo

Amado Nervo fue uno de los poetas mexicanos más grandes de su historia literaria. Para los críticos, adecuándose exclusivamente en la época de su trayectoria como poeta, forma parte del grupo del Modernismo –liderado por otro latinoamericano como Rubén Darío-. Sin embargo, para los que han estudiado a fondo sus letras, no cabe duda de que es un consagrado total del Romanticismo, aunque existieran años de diferencia entre la canalización de aquel movimiento y el crecimiento literario de Nervo.

Sus últimas creaciones fueron las más veneradas por la crítica. A su vez, las más tristes.

Dejamos algunas de las más conocidas.

En paz

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Es un vago recuerdo

Es un vago recuerdo que me entristece
y que luego, en la noche, desaparece
que surge de un ignoto pasado;
que viene de muy lejos y como muy cansado;
que llega a las sombras de un tiempo indefinido;
un recuerdo de algo muy bello, que se ha ido
hace ya muchos siglos, hace como mil años.
Sutiles añoranzas y dejos muy extraños…

Es un vago recuerdo que me entristece
que luego, en la noche, desaparece…

Es una vieja esencia que el alma me perfuma,
y que se desvanece después entre la bruma,
es el matiz de un pétalo de rosa desvaído;
es un resabio como de un gran amor perdido
del tiempo en la frontera,
donde está lo que ha sido,
lo que fue y lo que era…

Es un vago recuerdo que me entristece
y que luego, en la noche, desaparece…

Walt Whitman

Un hombre que se ha convertido en un icono literario universal, aparte de por su trayectoria como escritor, por su inconfundible rostro y larga cabellera. El estadounidense, que participó mucho tiempo como enfermero voluntario, es para muchos estudiosos de la poesía el creador y principal defensor del verso libre: sin métrica, sin obligaciones de rima, sin complicaciones de pudor.

En su tiempo fue criticado por la crudeza con la que hablaba de cada tema. Sin embargo, hoy en día es uno de los referentes del intimismo (o Romanticismo) literario.

Cuando hube leído el libro

Cuando hube leído el libro, la biografía famosa,
Me dije: “¿Es esto lo que el autor llama la vida de un hombre?
¿Y escribiría alguno así mi vida cuando yo haya muerto?
Como si, en realidad, alguno supiera algo de mi vida.
Pues yo mismo, a menudo pienso, que muy poco es lo que sé de mi propia vida.
Solo algunos indicios, unos pocos rastros acá y allá.
Los que aprovecho para mi uso y registro aquí.

No te detengas

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…

José de Espronceda

Gustavo Adolfo Bécquer es considerado el padre del Romanticismo en España. Posiblemente en muchos lugares de habla hispana. Sin embargo, el extremeño José de Espronceda es considerado el padre del Romanticismo temprano. Es decir, los verdaderos orígenes de esta rama poética. Al menos en España.

Más que poeta, fue un dedicado a la política y al periodismo, razón por la que fue exiliado durante el reinado de Fernando VII. Dejamos algunos de sus trazos célebres.

El mendigo

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

El palacio, la cabaña
son mi asilo,
si del ábrego el furor
troncha el roble en la montaña,
o que inunda la campaña
El torrente asolador.

Y a la hoguera
me hacen lado
los pastores
con amor.
Y sin pena
y descuidado
de su cena
ceno yo,
o en la rica
chimenea,
que recrea
con su olor,
me regalo
codicioso
del banquete
suntüoso
con las sobras
de un señor.

Y me digo: el viento brama,
caiga furioso turbión;
que al son que cruje de la seca leña,
libre me duermo sin rencor ni amor.
Mío es el mundo como el aire libre…

Todos son mis bienhechores,
y por todos
a Dios ruego con fervor;
de villanos y señores
yo recibo los favores
sin estima y sin amor.

Ni pregunto
quiénes sean,
ni me obligo
a agradecer;
que mis rezos
si desean,
dar limosna
es un deber.
Y es pecado
la riqueza:
la pobreza
santidad:
Dios a veces
es mendigo,
y al avaro
da castigo,
que le niegue
caridad.

Yo soy pobre y se lastiman
todos al verme plañir,
sin ver son mías sus riquezas todas,
qué mina inagotable es el pedir.
Mío es el mundo: como el aire libre…

Mal revuelto y andrajoso,
entre harapos
del lujo sátira soy,
y con mi aspecto asqueroso
me vengo del poderoso,
y a donde va, tras él voy.

Y a la hermosa
que respira
cien perfumes,
gala, amor,
la persigo
hasta que mira,
y me gozo
cuando aspira
mi punzante
mal olor.
Y las fiestas
y el contento
con mi acento
turbo yo,
y en la bulla
y la alegría
interrumpen
la armonía
mis harapos
y mi voz:

Mostrando cuán cerca habitan
el gozo y el padecer,
que no hay placer sin lágrimas, ni pena
que no traspire en medio del placer.
Mío es el mundo; como el aire libre…

Y para mí no hay mañana,
ni hay ayer;
olvido el bien como el mal,
nada me aflige ni afana;
me es igual para mañana
un palacio, un hospital.

Vivo ajeno
de memorias,
de cuidados
libre estoy;
busquen otros
oro y glorias,
yo no pienso
sino en hoy.
Y do quiera
vayan leyes,
quiten reyes,
reyes den;
yo soy pobre,
y al mendigo,
por el miedo
del castigo,
todos hacen
siempre bien.

Y un asilo donde quiera
y un lecho en el hospital
siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
mi cuerpo miserable al espirar.

Mío es el mundo: como el aire libre,
otros trabajan porque coma yo;
todos se ablandan, si doliente pido
una limosna por amor de Dios.

El verdugo

De los hombres lanzado al desprecio,
de su crimen la víctima fui,
y se evitan de odiarse a sí mismos,
fulminando sus odios en mí.
Y su rencor
al poner en mi mano, me hicieron
su vengador;
y se dijeron
«Que nuestra vergüenza común caiga en él;
se marque en su frente nuestra maldición;
su pan amasado con sangre y con hiel,
su escudo con armas de eterno baldón
sean la herencia
que legue al hijo,
el que maldijo
la sociedad.»
¡Y de mí huyeron,
de sus culpas el manto me echaron,
y mi llanto y mi voz escucharon
sin piedad!

Al que a muerte condena le ensalzan…
¿Quién al hombre del hombre hizo juez?
¿Que no es hombre ni siente el verdugo
imaginan los hombres tal vez?
¡Y ellos no ven
Que yo soy de la imagen divina
copia también!
Y cual dañina
fiera a que arrojan un triste animal
que ya entre sus dientes se siente crujir,
así a mí, instrumento del genio del mal,
me arrojan el hombre que traen a morir.
Y ellos son justos,
yo soy maldito;
yo sin delito
soy criminal:
mirad al hombre
que me paga una muerte; el dinero
me echa al suelo con rostro altanero,
¡a mí, su igual!

El tormento que quiebra los huesos
y del reo el histérico ¡ay!,
y el crujir de los nervios rompidos
bajo el golpe del hacha que cae,
son mi placer.
Y al rumor que en las piedras rodando
hace, al caer,
del triste saltando
la hirviente cabeza de sangre en un mar,
allí entre el bullicio del pueblo feroz
mi frente serena contemplan brillar,
tremenda, radiante con júbilo atroz
que de los hombres
en mí respira
toda la ira,
todo el rencor:
que a mí pasaron
la crueldad de sus almas impía,
y al cumplir su venganza y la mía
gozo en mi horror.

Ya más alto que el grande que altivo
con sus plantas hollara la ley
al verdugo los pueblos miraron,
y mecido en los hombros de un rey:
y en él se hartó,
embriagado de gozo aquel día
cuando espiró;
y su alegría
su esposa y sus hijos pudieron notar,
que en vez de la densa tiniebla de horror,
miraron la risa su labio amargar,
lanzando sus ojos fatal resplandor.
Que el verdugo
con su encono
sobre el trono
se asentó:
y aquel pueblo
que tan alto le alzara bramando,
otro rey de venganzas, temblando,
en él miró.

En mí vive la historia del mundo
que el destino con sangre escribió,
y en sus páginas rojas Dios mismo
mi figura imponente grabó.
La eternidad
ha tragado cien siglos y ciento,
y la maldad
su monumento
en mí todavía contempla existir;
y en vano es que el hombre do brota la luz
con viento de orgullo pretenda subir:
¡preside el verdugo los siglos aún!
Y cada gota
que me ensangrienta,
del hombre ostenta
un crimen más.
Y yo aún existo,
fiel recuerdo de edades pasadas,
a quien siguen cien sombras airadas
siempre detrás.

¡Oh! ¿por qué te ha engendrado el verdugo,
tú, hijo mío, tan puro y gentil?
En tu boca la gracia de un ángel
presta gracia a tu risa infantil.
!Ay!, tu candor,
tu inocencia, tu dulce hermosura
me inspira horror.
¡Oh!, ¿tu ternura,
mujer, a qué gastas con ese infeliz?
¡Oh!, muéstrate madre piadosa con él;
ahógale y piensa será así feliz.
¿Qué importa que el mundo te llame cruel?
¿mi vil oficio
querrás que siga,
que te maldiga
tal vez querrás?
¡Piensa que un día
al que hoy miras jugar inocente,
maldecido cual yo y delincuente
también verás!

Juan Antonio Pérez Bonalde

Precursor del Modernismo latinoamericano, pero considerado uno de los poetas más destacados del género romántico, Pérez-Bonalde nació en Caracas y murió en La Guaira (también en Venezuela) a los 46 años de edad. Sin embargo, fue un poeta mundial, ya que por razones de oposición política en su país tuvo que optar por el exilio voluntario durante muchos años.

La muerte de sus padres, estando exiliado, le dio al poeta un sentimiento muy crudo, lo que hizo que su poesía trascendiera mucho más. La muerte de su hija acabó por signar la lírica de uno de los poetas más grandes de América Latina.

Aquí, algo de su producción.

Hombre y abismo

¡Quién como tú, feliz Niágara undoso!

¡quién como tú, glorioso!

mas a pesar de tu insólita belleza,

a pesar de tu indómita fiereza

de tu trueno, y tu vórtice, y tu bruma,

a pesar de tu indómita fiereza

y tu poder sin nombre,

¡tú no eres más que yo, ni más que el hombre!

Tú eres la imagen viva

de la proscrita humanidad altiva;

tú eres el hombre mismo

en escala aumentada;

por eso, cuando ansioso de adueñarme

del secreto del ser baje a tu abismo,

¿Pudiste acaso darme

la clave deseada …?

Nada supiste responderme, nada;

que lo que el hombre ignora

lo ignoras tú también:

Tras el radiante

velo de tu hermosura arrobadora

escondes tú de la mortal mirada

tu musgo, tu pantano,

tu limo y tus horribles asperezas;

y el infeliz humano,

detrás de sus quiméricas grandezas,

oculta, agonizante,

la inocencia perdida

y el fango y las miserias de la vida.

Tú sales rumoroso, azul, sereno,

de las fuentes del río,

y luego impetuoso, desbordado,

te despeñas, colérico, en el seno

del abismo sombrío;

así el niño mimado

sale puro, inocente,

de bajo el ala maternal; mas, luego,

el pecado lo arrastra en su corriente

de calcinante fuego,

y víctima del mal y las pasiones,

rueda al fin, inconsciente,

del dolor a las lóbregas regiones.

Tú tienes tus vapores deslumbrantes,

tus nubes ondulantes

que, audaces, un momento el aire hienden

por subir al azul, y al fin, cansadas,

tras vano batallar, raudas descienden

en gotas sin color al centro frío;

también el hombre tiene sus doradas,

flotantes ilusiones,

sus locas ambiciones

que lanza, alucinado, en el vacío

de sus sueños quiméricos; vapores

que bajan luego en lluvia de dolores,

en lágrimas heladas a su frente …

Tú tienes tu estridente,

Fatídico rugido,

Tus simas, tus cavernas,

En donde el viento brama,

En donde da la ola

con lúgubre ruido;

En el alma del hombre

desesperada y sola,

tienen también su nido

la duda, las internas

rebeliones sin nombre;

el ara húmeda y fría

de la apagada llama

do la fe un tiempo ardía;

cenizas de memorias

ya en fango transformadas,

de sueños y de glorias,

de cerúleos amores,

de esperanzas rosadas

de apariciones blondas …

¡simas tal vez más hondas

que todos tus horrores!

Tú ostentas en tu frente majestuosa

el iris luminoso de los cielos

que en círculo te ciñe, cual diadema

de oro y zafir, y de esmeralda y rosa

y al hombre triste, en medio de los duelos

de su lucha suprema,

lo corona en señal de nueva alianza

el iris del amor y la esperanza.

Flor

I
Flor se llamaba, flor era ella,

flor de los valles en una palma,

flor de los cielos en una estrella,

flor de mi vida, flor de mi alma.

Era más suave que blanda arena,

era más pura que albor de luna,

y más amante que una paloma,

y más querida que la fortuna.

Eran sus ojos luz de mi idea,

su frente lecho de mis amores,

sus besos eran dulzura hiblea,

y sus abrazos collar de flores.

Era al dormirse tarde serena,

al despertarse rayo del alba,

cuando lloraba limbo de pena,

cuando reía cielo que salva.

La de los héroes ansiada palma,

de los que sufren el bien no visto,

la gloria misma que sueña el alma

de los que esperan en Jesucristo;

Era a mis ojos condena odiosa

si comparada con la alegría,

de ser el vaso de aquella rosa,

de ser el padre de la hija mía.

Cuando en la tarde tornaba al nido

de mis amores, cansado y triste,

con el inquieto cerebro herido

por esta duda de cuanto existe;

Su madre tierna me recibía

con ella en brazos –yo la besaba…

y entonces … todo lo comprendía

y al Dios sentido todo lo fiaba!…

¿Qué el mal existe? — ¡Delirio craso!

¿Qué hay hechos ruines? — ¡Error profundo!

¿No estaba en ella mirando acaso

la ley suprema que rige al mundo?

¡Ah! cómo ciega la dicha al hombre,

cómo se olvida que es rey el duelo,

que hay desventuras sin fin ni nombre

que hacen los puños alzar al cielo.

¡Señor! ¿existes? ¿Es cierto que eres

consuelo y premio de los que gimen,

que en tu justicia tan sólo hieres

al seno impuro y al torvo crimen?.

Responde, entonces: ¿por qué la heriste?

¿cuál fue la mancha de su inocencia,

cuál fue la culpa de su alma triste?

¡Señor, respóndeme en la conciencia!

Alta la lleva siempre y abierta,

que en ella nada negro se esconde;

la mano firme llevo a su puerta,

inquiero … y nada, nada responde.

Sólo del alma sale un gemido

de angustia y rabia, y el pecho, en tanto

por mano oculta de muerte herido

se baña en sangre, se ahoga en llanto.

Y en torno sigue la impía calma

de este misterio que llaman vida,

y en tierra yace la flor de mi alma,

y al lado suyo mi fe vencida.

II

¡Allí está! Blanca, blanca

como la nieve virgen que el potente

viento del Norte de la cumbre arranca;

como el lirio que troncha mano impía

orillas de la fuete

que en reflejar su albura se engreía.

¡Allí está! … La suave

primavera pasó; pasó el verano

y la estación poética en que el ave

y las hojas se van; retornó el cano,

pálido invierno con su alegre arreo

de fiesta y de niños, y aún la veo

y la veré por siempre …¡Allí está!… fría

entre rosas tendida, como ella

blancas y puras y en botón cortadas

al despertar el día.

¡Ay! En la hora aquella,

¿dónde estaban las hadas

protectoras del niño?,

que no vinieron con la clara estrella

de su vara de armiño

a tocar en la frente a la hija mía,

a devolver la luz a aquellos ojos,

y a arrancar de mi pecho los abrojos

de esta inmensa agonía,

de este dolor eterno, de esta angustia

infinita, fatal, inmensurable,

de este mal implacable

que deja el alma mustia

para siempre jamás – que nada alcanza

a mitigar en este mundo incierto.

¡Nada! Ni la esperanza

ni la fe del creyente

en la ribera nueva,

en el divino puerto

donde la barca que las almas lleva

habrá de anclar un día;

ni el bálsamo clemente

de la grave, inmortal filosofía;

ni tú misma divina Poesía

que esta arpa de las lágrimas me entregas

para entonar el salmo de mi duelo…

Tú misma, no, no llegas

A calmar mi dolor…

¡Ábrase el cielo!

¡desgájese la gloria en rayos de oro

sobre mi frente … y desdeñosa, altiva

de su mal sin consuelo

al celestial tesoro

el alma mía cerrará su puerta:

que ni aquí, ni allá arriba

en la región abierta

de la infinita bóveda estrellada,

nada hay más grande, nada!

Más grande que el amor de mi hija viva,

Más grande que el dolor de mi hija muerta!

¿Y a ti? ¿Cuál ha sido ese poeta del Romanticismo que más te ha gustado? ¿Aparece en esta lista? Hazlo saber por los canales de comunicación regulares.

Dejar un comentario