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El Neoclasicismo y sus poesías: Poemas de grandes autores para comprender este movimiento estético

Para el post de hoy es necesario trasladarnos a la época de la Ilustración. Época de cambios estructurales en la sociedad. Marcada principalmente por el suceso de la Revolución Francesa, con el contagio posterior en la política y en la sociedad de la época (en Europa y fuera de sus fronteras).

En Neoclásico es un periodo que se encuentra entre el periodo del barroco y rococó y el periodo del Romanticismo. Hoy analizamos algunos de los mejores poemas de este movimiento estético.

¿Qué es lo que conocemos como Neoclasicismo?

El neoclasicismo o la época neoclásica es un acontecimiento que tiene cita en el siglo XVIII, y que dura hasta finales del mismo siglo, cuando es suplantado por el período del Renacimiento. Corresponde una respuesta frontal a las culturas predominantes de la época: el barroco y el rococó.

A diferencia de los dos mencionados, la cultura neoclásica estaba afianzada en las doctrinas de la Ilustración: la búsqueda de la verdad a través de la ciencia, el predominio de la razón antes que los sentimientos, y todo desarrollado desde un aspecto plano, sencillo, desnudo; con un fuerte contenido didáctico y moralizante. Es por ello que se le conoce como la manifestación cultural que reflejaba de mejor manera los acontecimientos en materia social y económica de la época.

Luego se le conocería como El siglo de las luces.

Sin embargo, si se tuviera que buscar un momento para el neoclásico, sin duda sería la Revolución Francesa. Porque es la Ilustración, con sus enseñanzas y la democratización de los saberes, la que inyecta a los pobres de Francia los conocimientos necesarios para atreverse a tomar el poder establecido por los reyes. El éxito de este movimiento, claro está, permitió una rápida difusión en todo el continente europeo. Y más allá del Atlántico.

Por ende, cuando hablamos de la Ilustración en las artes, en realidad hacemos referencia al periodo neoclásico, al Neoclasicismo.

Características elementales de este movimiento estético

Más allá de conocer sus orígenes o su duración, debemos analizar cuáles eran las características elementales del periodo neoclásico. En este caso, desde el punto de vista literario, donde nos compete realizar las labores.

El predominio de los géneros literarios “ilustrados”

Con ilustrados no se hace referencia a la inclusión de material en imágenes. Se trata, más bien, de considerar a los géneros predominantes del periodo de la Ilustración.

Es que, al saber que se trataba de una época donde primaba el conocimiento, la investigación, la educación a través de la literatura y la transmisión de valores y enseñanzas; algunos géneros tuvieron mayor repercusión que otros.

En el caso puntual del Neoclasicismo, la poesía fue uno de los géneros que tuvo menor auge. Esto porque era el género predilecto del barroco y el rococó, y el género predilecto para transmitir sentimientos y creaciones a partir de la imaginación.

En cambio, las fábulas y los ensayos ganan terreno, y son los mejor valorados.

La persecución de la verdad y de la historia

El conocimiento, o el deseo de poseerlo, era lo que guiaba a los artistas del Neoclásico. En la literatura, esto se evidenciaba en los escritos de autores como Voltaire, Montesquieu o Rousseau (llamados  los Tres grandes ilustrados).

Además, existe un compromiso ineludible con la búsqueda de la verdad a través de la historia. Es por ello que muchos de los trabajos de esta época hablan de la historia. La mayoría de estos abarcan desde la óptica de la Revolución Francesa, que marcó un antes y un después para las artes. Pero también, existe mucho apego al arte griego antiguo, y al arte romano.

Omisión de lo eclesiástico

Otra característica importante del movimiento neoclasicista tenía que ver con el desapego total e irrevocable con el sector católico de la época.

Al considerarse una bandera literaria de la Ilustración, todos los autores basaban sus trabajos en la búsqueda de la razón y la verdad a través de la ciencia. Pero nunca a través de lo mágico, eclesiástico o esotérico.

Aunque no se manifestaba abiertamente un desprecio por los sectores creyentes, tampoco dejaron ver una empatía, aunque esta fuera endeble.

La búsqueda de la perfección

A raíz del éxito de las expediciones napoleónicas (y teniendo a Napoleón Bonaparte como uno de los fervientes defensores de la Ilustración), la literatura del neoclasicismo se expandió rápidamente por todo el continente europeo. París se convirtió en el epicentro literario de la época.

Esa difusión, con el aumento de las masas lectoras, acrecentó la búsqueda de la calidad en los trabajos de los escritores. Es menester mencionar que en esta época se comienzan a ver los escritores profesionales. Es decir, los que vivían íntegramente de sus escritos.

Pero, fue tanta la obsesión por buscar más y más calidad y por pretender la perfección artística, que el movimiento comenzó a tener fisuras. Y detractores, por supuesto.

Si bien la búsqueda de la calidad total y de la perfección se puede mencionar como una de las características más importantes del Neoclasicismo y de la Ilustración entera, fue también la causa de declive del movimiento, y la ganancia de adeptos para el Romanticismo.

6 de los mejores poemas correspondientes al neoclasicismo

Tras este bálsamo de conocimientos, es hora de hablar directamente de los ejemplos más resaltantes de este periodo. En este caso, de la poesía.

Una poesía diferente, dadas las condiciones y las características del neoclásico, que en un primer momento se enfrentaba de manera frontal a la poesía barroca y rococó, donde la ornamenta y los detalles eran el factor principal, además de los sentimientos.

Les dejamos con los mejores 6 poemas del neoclasicismo.

Atrevimiento amoroso, de Nicolás Fernández de Moratín

Amor, tú que me diste los osados

intentos y la mano dirigiste

y en el cándido seno la pusiste

de Dorisa, en parajes no tocados;

 

si miras tantos rayos, fulminados

de sus divinos ojos contra un triste,

dame el alivio, pues el daño hiciste

o acaben ya mi vida y mis cuidados.

 

Apiádese mi bien; dile que muero

del intenso dolor que me atormenta;

que si es tímido amor, no es verdadero;

 

que no es la audacia en el cariño afrenta

ni merece castigo tan severo

un infeliz, que ser dichoso intenta.

Rubia, de Andrés Bello

¿Sabes, rubia, qué gracia solicito

cuando de ofrendas cubro los altares?

No ricos muebles, no soberbios lares,

ni una mesa que adule al apetito.

 

De Aragua a las orillas un distrito

que me tribute fáciles manjares,

do vecino a mis rústicos hogares

entre peñascos corra un arroyito.

 

Para acogerme en el calor estivo,

que tenga una arboleda también quiero,

do crezca junto al sauce el coco altivo.

 

¡Felice yo si en este albergue muero;

y al exhalar mi aliento fugitivo,

sello en tus labios el adiós postrero!

A Dorila, de Juan Meléndez Valdés

¡Cómo se van las horas,

y tras ellas los días

y los floridos años

de nuestra frágil vida!

 

La vejez luego viene,

del amor enemiga,

y entre fúnebres sombras

la muerte se avecina,

 

que escuálida y temblando,

fea, informe, amarilla,

nos aterra, y apaga

nuestros fuegos y dichas.

 

El cuerpo se entorpece,

los ayes nos fatigan,

nos huyen los placeres

y deja la alegría.

 

Si esto, pues, nos aguarda,

¿para qué, mi Dorila,

son los floridos años

de nuestra frágil vida?

 

Para juegos y bailes

y cantares y risas

nos los dieron los cielos,

las Gracias los destinan.

 

Ven ¡ay! ¿qué te detiene?

Ven, ven, paloma mía,

debajo de estas parras

do leve el viento aspira;

 

y entre brindis suaves

y mimosas delicias

de la niñez gocemos,

pues vuela tan aprisa.

Oda a un amante de las artes de la imitación, de María Gálvez de Cabrera

Oh tú, que protector del genio hispano

elevas la abatida lira mía,

desde el obscuro seno,

do el velo del olvido la cubría,

hasta el supremo asiento, que previene

la fama a la divina poesía;

a ti consagraré tan dulce empleo;

a ti que amas el arte imitadora,

de la música hermana,

y del alma sensible encantadora.

 

Seguid mi canto, de placer henchidas,

cítaras de la Iberia;

Amira, alzando el humillado acento,

preconiza la ciencia de Helicona;

y esparce por el viento

los resonantes metros de la Hesperia.

 

Si de la antigüedad el heroísmo

de los tiempo alcanza el raudo vuelo,

y las puras virtudes celestiales

fueron a par del mundo eternizadas,

por vosotros, Poetas inmortales,

nuestra edad llegaron; de los siglos

las inmensas tinieblas arrostrando,

de anonadar al hombre con su fama

a la huesa arrancáis el triste fuero.

Tal es el arte del divino Homero.

La rana y el renacuajo, de Tomás de Iriarte

En la orilla del Tajo

hablaba con la Rana el Renacuajo,

alabando las hojas, la espesura

de un gran cañaveral y su verdura.

 

Mas luego que del viento

el ímpetu violento

una caña abatió, que cayó al río,

en tono de lección dijo la Rana:

«Ven a verla, hijo mío;

por de fuera muy tersa, muy lozana;

por dentro toda fofa, toda vana».

 

Si la Rana entendiera poesía,

también de muchos versos lo diría.

Niágara, de José María Heredia

Templad mi lira, dádmela, que siento

En mi alma estremecida y agitada

Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo

En tinieblas pasó, sin que mi frente

Brillase con su luz…! Niágara undoso,

Tu sublime terror sólo podría

Tornarme el don divino, que ensañada

Me robó del dolor la mano impía.

 

Torrente prodigioso, calma, calla

Tu trueno aterrador: disipa un tanto

Las tinieblas que en torno te circundan;

Déjame contemplar tu faz serena,

Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.

Yo digno soy de contemplarte: siempre

Lo común y mezquino desdeñando,

Ansié por lo terrífico y sublime.

 

Al despeñarse el huracán furioso,

Al retumbar sobre mi frente el rayo,

Palpitando gocé: vi al Oceano,

Azotado por austro proceloso,

Combatir mi bajel, y ante mis plantas

Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.

Mas del mar la fiereza

En mi alma no produjo

La profunda impresión que tu grandeza.

 

Sereno corres, majestuoso; y luego

En ásperos peñascos quebrantado,

Te abalanzas violento, arrebatado,

Como el destino irresistible y ciego.

¿Qué voz humana describir podría

De la sirte rugiente

La aterradora faz? El alma mía

En vago pensamiento se confunde

Al mirar esa férvida corriente,

Que en vano quiere la turbada vista

En su vuelo seguir al borde oscuro

Del precipicio altísimo: mil olas,

Cual pensamiento rápidas pasando,

Chocan, y se enfurecen,

Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,

Y entre espuma y fragor desaparecen.

 

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo

Devora los torrentes despeñados:

Crúzanse en él mil iris, y asordados

Vuelven los bosques el fragor tremendo.

En las rígidas peñas

Rómpese el agua: vaporosa nube

Con elástica fuerza

Llena el abismo en torbellino, sube,

Gira en torno, y al éter

Luminosa pirámide levanta,

Y por sobre los montes que le cercan

Al solitario cazador espanta.

 

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Alrededor de tu caverna inmensa

Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano,

Bajo un cielo purísimo se mecen?

 

Este recuerdo a mi pesar me viene…

Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,

Ni otra corona que el agreste pino

A tu terrible majestad conviene.

La palma, y mirto, y delicada rosa,

Muelle placer inspiren y ocio blando

En frívolo jardín: a ti la suerte

Guardó más digno objeto, más sublime.

El alma libre, generosa, fuerte,

Viene, te ve, se asombra,

El mezquino deleite menosprecia,

Y aun se siente elevar cuando te nombra.

 

¡Omnipotente Dios! En otros climas

Vi monstruos execrables,

Blasfemando tu nombre sacrosanto,

Sembrar error y fanatismo impío,

Los campos inundar en sangre y llanto,

De hermanos atizar la infanda guerra,

Y desolar frenéticos la tierra.

 

Vilos, y el pecho se inflamó a su vista

En grave indignación. Por otra parte

Vi mentidos filósofos, que osaban

Escrutar tus misterios, ultrajarte,

Y de impiedad al lamentable abismo

A los míseros hombres arrastraban.

Por eso te buscó mi débil mente

En la sublime soledad: ahora

Entera se abre a ti; tu mano siente

En esta inmensidad que me circunda,

Y tu profunda voz hiere mi seno

De este raudal en el eterno trueno.

 

¡Asombroso torrente!

¡Cómo tu vista el ánimo enajena,

Y de terror y admiración me llena!

¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza

Por tantos siglos tu inexhausta fuente?

¿Qué poderosa mano

Hace que al recibirte

No rebose en la tierra el Océano?

 

Abrió el Señor su mano omnipotente;

Cubrió tu faz de nubes agitadas,

Dio su voz a tus aguas despeñadas,

Y ornó con su arco tu terrible frente.

¡Ciego, profundo, infatigable corres,

Como el torrente oscuro de los siglos

En insondable eternidad…! ¡Al hombre

Huyen así las ilusiones gratas,

Los florecientes días,

Y despierta al dolor…! ¡Ay! agostada

Yace mi juventud; mi faz, marchita;

Y la profunda pena que me agita

Ruga mi frente, de dolor nublada.

 

Nunca tanto sentí como este día

Mi soledad y mísero abandono

y lamentable desamor… ¿Podría

En edad borrascosa

Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa

Mi cariño fijase,

Y de este abismo al borde turbulento

Mi vago pensamiento

Y ardiente admiración acompañase!

¡Cómo gozara, viéndola cubrirse

De leve palidez, y ser más bella

En su dulce terror, y sonreírse

Al sostenerla mis amantes brazos…!

¡Delirios de virtud…! ¡Ay! ¡Desterrado,

Sin patria, sin amores,

Sólo miro ante mí llanto y dolores!

 

¡Niágara poderoso!

¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años

Ya devorado habrá la tumba fría

A tu débil cantor. ¡Duren mis versos

Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso

Viéndote algún viajero,

Dar un suspiro a la memoria mía!

Y al abismarse Febo en occidente,

Feliz yo vuele do el Señor me llama,

Y al escuchar los ecos de mi fama,

Alce en las nubes la radiosa frente.