octubre 3, 2023

20 y ultima entrega epilogo

Epílogo | 1996 | 18 | Cuando finalizó la lectura del manuscrito, Sandra cerró el tercer libro de actas y lo dejó encima del buró, junto con los otros dos. No lo notó hasta entonces, pero hacía ya un buen rato que la desazón había empezado a apoderarse de su ánimo. Respiró varias veces llenando sus pulmones cuanto pudo, buscando aliviar la presión que sentía en el pecho, pero le pareció que su corazón seguía encogido.

Ahí estaba toda la verdad, se dijo, mirando los tres libros de actas. No sólo la verdad sobre las muertes de Xema, Ramón e Irma, los tres cadáveres que habían sido descubiertos recientemente en El Olivar; en ese manuscrito, concretamente en el tercer libro, también estaba toda la verdad sobre los asesinatos de otras personas que ella no había conocido y de las que ni siquiera había oído hablar, como doña Isabel, la suegra de su tío, y Mariano, el antiguo administrador de la finca, y Paco Donati, el fotógrafo proxeneta, y Sarita, la prostituta que, casi con toda seguridad, vio compensado su amor por Xema con una caída mortal desde el balcón de su casa. Incluso la autoría y los motivos del horrible asesinato de Soledad estaban bien explicados en esas páginas manuscritas; un asesinato acaecido seis décadas atrás y que, a su vez, había causado la muerte de dos hombres inocentes.

Sandra se incorporó de su butacón dando un suspiro. Eran las tres y media de la madrugada, pero no tenía ni pizca de sueño. Se acercó a la ventana, desempañó un trozo de cristal con el dorso de su mano y escudriñó en la oscuridad exterior. Sólo vio la negrura de la noche. Había dejado de nevar, pero seguía haciendo frío, un frío intenso que se colaba por las rendijas que contorneaban el viejo marco de madera de la ventana.

Desconectó la estufa, apagó la lámpara y salió del despacho. Recorrió el pasillo, iluminado por un aplique con forma de candelabro, y descendió por la escalera hasta la planta baja. Enseguida sintió el cambio de temperatura; allí abajo hacía más frío, aunque no tanto como el que debía de hacer fuera de la casa.

La bombilla desnuda que gravitaba provisionalmente desde el techo de la cocina, se iluminó en cuanto ella manipuló el interruptor que había junto a la jamba derecha de la puerta. Anduvo unos pasos para acercarse el aljibe y se asomó con precaución para mirar el fondo del mismo, pero, después de medio metro de una tenue claridad, sólo encontró oscuridad. Una oscuridad que se le antojó tan tenebrosa como la que podría surgir del mismísimo averno.

¿Cómo pudo un espíritu tan tierno y sensible degradarse hasta el extremo de cometer semejantes atrocidades?, se preguntó sin apartar la mirada de aquella tiniebla subterránea. Todavía se resistía a creer que en verdad su tío hubiera sido capaz de tanta crueldad. Y, sin embargo, ahí estaba su confesión, ahí estaban esas palabras escritas por su propia mano. En especial, le había impresionado el cinismo con el que su tío había justificado la tortura de su primo. Quiero que siga viviendo ahí abajo, sepultado en el aljibe, para que se dé cuenta de que he cumplido con mi parte del trato y que ha sido enterrado con ella, le había dicho a su cómplice, a Joanet. ¡Y eso era pura sevicia! Y la sevicia no podía disculparse con el sufrimiento padecido a lo largo de toda una vida, ni con los engaños sufridos, por muy duros que fueran, ni con una teoría pseudofilosófica que pretendía justificar la venganza. Sencillamente, ocurrió que, al final, su tío se había convertido en un ser tan despreciable como su padre, un hombre capaz de violar y matar a una chiquilla de dieciséis años. Y tal conclusión, tal reconocimiento de la verdad, le hirió el alma con la misma letalidad con que le podría haber atravesado el corazón una de esas espadas toledanas que se exhibían en la biblioteca.

Sandra pudo por fin librarse de esa especie de hipnosis con que parecía haberla cautivado el ojo negro e infernal que se abría en el suelo de la cocina. Volvió a la puerta y apagó la luz. Luego, mientras ascendía lentamente por la escalera, su mente comenzó a sentir los embates de su conciencia. ¿Qué debía hacer? ¿Debía de entregarle esos libros a las autoridades? Desde luego eso era lo que legalmente estaba estipulado. Pero, si los entregaba, era más que probable que el contenido de aquel manuscrito trascendiera a través de los medios de comunicación. Y ella no podía consentir que los detalles más íntimos de su familia fueran de dominio público. Además, ¿qué se adelantaría conociéndose todo cuanto había escrito en esos libros de actas? ¿Acaso no se desprestigiaría ya bastante su apellido y su casa por culpa de los restos encontrados? Era fácil adivinar que, a partir de entonces, El Olivar sería señalado como un lugar maldito. ¿Qué necesidad había pues de aumentar el escándalo con datos íntimos o morbosos, e implicando además a otros miembros de la familia, como su abuelo? Al fin y al cabo, su tío se había asegurado de que su confesión no sirviera para castigar a los verdaderos culpables, ya que todos estaban muertos… Pero ella no podía desentenderse de todo aquello así como así. Más que la ética, le importaba su prestigio profesional. Si ocultaba una prueba tan importante como ese manuscrito, y llegara a saberse alguna vez… Por otra parte, estaba convencida de que, tarde o temprano, lograrían identificar los cadáveres. Por lo menos los de Ramón e Irma. Ese detective gordito y tenaz estaba ya sobre la pista de ella, de Irma, y sus pesquisas no tardarían en fructificar. Y en cuanto averiguaran que el otro esqueleto, el de Ramón, pertenecía a un pariente suyo desaparecido, ¿en qué posición quedaría ella? Por supuesto, podría decir que ignoraba su desaparición, o que no se había acordado, ya que entonces era joven y apenas si le conocía… Pero le parecían excusas muy fútiles, demasiado inconsistentes.

19

Cuando Javier Mínguez enfiló la cuesta alquitranada que ascendía hasta lo alto del Cabezo del Pla, el sol se hallaba reinando por fin en un cielo azul y carente de nubes. Tras azotar durante una semana la Península Ibérica, el temporal de frío y nieve procedente del norte se había trasladado hacia el este, aunque todavía los termómetros no habían logrado superar en Castalla los cinco grados. De ahí que esa mañana Javier viera a Primavera enguantado y arropado con una pelliza, mientras podaba con energía las lagerstroemias que crecían a la vera del camino.

Lagerstroemias

Hora y media antes, a las nueve en punto, había telefoneado a El Olivar desde la Comandancia de Alicante. Sandra Berbegal había aceptado recibirle esa misma mañana, dado que no iba a ir a la Universidad por encontrarse indispuesta, y Javier se alegró de poder por fin interrogar a aquella mujer desde una situación más ventajosa que la vez anterior. El compañero del Grupo de Policía Judicial al que había encargado unos días antes la investigación de la familia Berbegal, acababa de entregarle un viejo expediente que había encontrado en el rincón más olvidado del archivo. Este expediente versaba sobre un hecho que a Javier le pareció completamente esclarecedor: en la primavera de 1978, había desaparecido de forma misteriosa Ramón Berbegal, primo-hermano del anterior dueño de la finca El Olivar. Según se desprendía de los diferentes informes, en la búsqueda de ese hombre habían intervenido numerosos efectivos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, tanto en Castalla como en Madrid, Alicante y Villena. Al parecer, alguien que ocupaba un cargo muy importante en el entonces llamado Ministerio de la Gobernación, había ordenado una investigación mucho más acelerada y exhaustiva de lo que era habitual en casos similares. En el último informe se apostaba porque Ramón Berbegal se había ido al extranjero en compañía de una mujer de nacionalidad mexicana, llamada Irma González. Dentro de la carpetilla, había una fotografía tamaño carné y en blanco y negro de Ramón: un hombre cincuentón y de aspecto agradable, con ojos claros y pelo canoso, o rubio, pero no había ninguna de Irma.

Después de releer el expediente, a Javier no le quedó ninguna duda de que los dos esqueletos hallados en el aljibe de El Olivar eran los restos de Ramón Berbegal e Irma González. Faltaba la confirmación oficial de dichas identificaciones, pero tal cosa ya no era más que una formalidad, a cargo de los forenses. Sólo le quedaba averiguar quién era la tercera víctima, la que fue desenterrada por el tractor de Xop. Ahora eran dos los miembros del Grupo que se dedicaban a registrar archivos y hemerotecas en busca de más desaparecidos, principalmente entre los familiares de Vicente Berbegal, el anterior dueño de El Olivar. Para Javier también resultaba evidente que el fallecido tío de Sandra era el principal culpable de aquellos crímenes; o por lo menos era el principal sospechoso. Pero quería saber si alguno de los actuales habitantes de la finca pudieron ser cómplices del viejo. En principio, los hechos parecían negar tal posibilidad, pues de haber sabido que allí había un cuerpo enterrado, Xop no habría excavado en ese terreno con su tractor; del mismo modo que, de haber conocido la existencia de esos restos dentro del aljibe, Sandra no habría provocado su descubrimiento obrando en el suelo de la cocina. Pero su obligación era corroborar tales extremos y, además, tenía curiosidad por saber cuánto sabía o sospechaba Sandra de aquellos crímenes, y cual era la información que, en consecuencia, podría haber estado ocultándole, premeditada o involuntariamente. Una información que, tal vez, podría servirle para descubrir la identidad de la tercera víctima.

Al apearse del Peugeot, Javier encontró a Xop y Esperanza discutiendo en la entrada de la casa grande con una reportera y un cámara de televisión. Por lo visto, los periodistas estaban empeñados en entrar para filmar en el lugar donde habían sido descubiertos los dos esqueletos. Siguiendo instrucciones de Sandra, Esperanza se negaba a dejarles pasar. Con los brazos en jarra, se interponía entre los periodistas y el portón, mientras rechazaba hacer declaraciones.

—Yo no sé nada —repetía. A su lado, el corpulento Xop miraba enfurruñado a los molestos foráneos. El masero había estado podando arbustos con Primavera, hasta que creyó conveniente acudir en ayuda de su esposa. Aquellos no eran los primeros periodistas que habían madrugado esa mañana para recabar información de primera mano en la finca, pero sí eran los más pesados. Xop seguía teniendo en sus manos el hacha con la que había estado trabajando, pero tal cosa no pareció intimidar a los visitantes.

—Pues dígale a la dueña que salga, que queremos hablar con ella. Estoy autorizada para hacerle una oferta muy interesante —dijo la reportera, en tanto su compañero grababa con una cámara en la que estaba pegado el anagrama de la cadena privada de televisión de la que eran empleados.

—¡Que no! —replicó Esperanza—. Ya le he dicho que está enferma.

Javier se acercó al portón y, al verle, Esperanza se echó a un lado para dejarle pasar. Cuando los periodistas vieron que se permitía el paso de aquel hombre vestido con gabardina, arreciaron las propuestas y las protestas.

—¿Y quién es ése que ha entrado? ¿Es un familiar? —preguntó el cámara.

—Dígale a la dueña que podemos pagarle muy bien —ofreció la reportera en voz alta, para que la oyera Esperanza, que había entrado en el zaguán para acompañar a Javier hasta el lugar donde le esperaba Sandra. Ambos cruzaron el zaguán a buen paso, pero el guardia civil de paisano aún pudo escuchar la grave voz de Xop, tronando:

Ja està bé, collons!

20

Javier encontró a Sandra en la biblioteca. Estaba sentada en uno de los sillones que miraban a la chimenea, en donde crepitaba un fuego de llamas rojas, anaranjadas y amarillas. Después de los saludos, el recién llegado se sentó en otro de aquellos sillones, dejando el sofá entre medio de ambos.


Sandra se había arreglado para recibirle, pero llevaba puesta ropa cómoda: un vestido azul marino, debajo de una chaquetilla de punto, y zapatos de tacón bajo. También se había peinado con esmero y, como cada mañana, se había maquillado con pulcritud. Pero ese día, al ver las ojeras que deslucían su rostro, Javier adivinó que Sandra no había descansado durante la noche anterior. Tampoco él había logrado pegar ojo, pese a haber estado acostado en su cama desde las tres hasta las siete de la madrugada.

—Ya sé que ayer declaró ignorar de quienes pueden ser los restos encontrados en la cisterna de su cocina; pero ahora, después de haber tenido más tiempo para pensar, quizá pueda decirme algo que haya recordado. Me refiero a alguna cosa que…

—Sí —le interrumpió Sandra con determinación—. Tiene razón. He pensado mucho en ello. He rememorado el pasado con detenimiento y repetidas veces, hasta que por fin he recordado algo que sucedió hace dieciocho o diecinueve años. Entonces desaparecieron dos personas que tenían relación con mi tío. En realidad sólo se habló de la desaparición de una de ellas, aunque nadie sabía con seguridad si era una desaparición voluntaria o no, pues había quienes pensaban que podía haberse ido con la otra persona al extranjero.

—Concretamente, ¿quiénes pensaban eso?

—Mi tío… Pero creo recordar que también la Policía llegó a esa misma conclusión.

—Pero ahora, usted sospecha que…

—Sí. Ahora estoy casi segura de que fueron encerradas en el aljibe. No sé si todavía vivas, aunque la cadena que se encontró me hace pensar que por lo menos una de ellas sí que lo estaba.

—¿Y cuáles eran sus nombres?

—Él era un primo de mi padre: Ramón Berbegal. Ella se llamaba Irma, pero no recuerdo sus apellidos. Era una mujer joven, de unos treinta años. Mexicana. Muy guapa. Vivió aquí, con mi tío, cuatro o cinco años. Luego se fue, abandonándole. Pero regresó poco después. En ese intervalo de tiempo creo que estuvo viviendo con ese primo de mi tío, con Ramón, pero la verdad es que no estoy segura. Nadie me lo dijo claramente. Ya sabe, los jóvenes sólo se enteran de los asuntos familiares más escabrosos interpretando insinuaciones y entreoyendo conversaciones ajenas…

Javier afirmó con la cabeza, comprensivo. No sabía por qué, pero no le sorprendía la manera tan directa como Sandra le había contestado. Con toda seguridad, era cierto que, hasta la tarde o la noche anterior, no había conseguido recordar aquellas lejanas y dudosas noticias de desapariciones, para relacionarlas a continuación con los esqueletos hallados en la cocina de su casa. Pero había algo en su tono de voz y en su mirada que no le gustaba. Era sólo un presentimiento y además muy vago, pero en ese momento habría apostado su sueldo de un año a que esa mujer le estaba ocultando algo. Aunque no alcanzaba a sospechar qué podía ser, máxime cuando reconoció la más que probable culpabilidad de su tío.

—Cuesta creer que mi tío no supiera que Ramón e Irma habían acabado encerrados en el aljibe. Cabe la posibilidad de que algún sirviente lo hiciera sin su conocimiento, claro está, pero supongo que es una posibilidad altamente improbable.

—¿Cree que lo hizo solo?

Sandra arrugó los labios y le enseñó las palmas de las manos. Entretanto, sus ojos se desviaron hacia el hogar. Por un instante, a Javier le pareció distinguir en su mirada indicios de una triste e íntima sonrisa.

—No lo sé.

Sandra mantuvo la mirada fija en la chimenea, en donde ardían varios troncos de carrasca. Pero,unto a los leños, había también restos de cartón. A un lado, a salvo de las llamas, Javier descubrió la tapa de un encuadernado. Casi la mitad estaba chamuscada, pero aún podían leerse las letras que tenía escritas en el centro: LIBRO DE ACTAS.

—¿Y qué me dice del otro cadáver, el hallado por Xop?

Esta vez Sandra subrayó sus palabras meneando la cabeza.

—No puedo decirle nada. Ignoro de quien puede tratarse.

¿Mentía?, se preguntó Javier sin apartar la mirada de aquellos ojos de color miel, perdidos aún entre las llamas tricolores del hogar.

—¿Ni una sospecha?

—Ninguna. Pero si llegara a recordar algo, se lo contaría. Tal y como he hecho ahora.

—De acuerdo —dijo Javier inspirando profundamente y levantándose del sillón—. Confío en que me avisará si recuerda o se entera de algo importante.

—Por supuesto. Cuente con ello.

Javier se despidió de Sandra y salió de la biblioteca. Media hora más tarde, mientras circulaba por las calles de Alicante, todavía se estaba preguntando si aquella mujer le había ocultado algo, o si por el contrario había sido completamente sincera. Pero lo que de verdad le tenía intrigado eran los restos medio carbonizados de aquel libro de actas que había visto en la biblioteca de El Olivar. En principio, a Javier no le resultó extraño ese detalle. En un razonamiento que le había ocupado la mente apenas un segundo, supuso que, antes de recibirle, Sandra había estado revisando documentos que habían sido de su tío, deshaciéndose de los ya inservibles. Pero de una manera larvada, casi inconsciente, su mente había seguido revisando una y otra vez aquel razonamiento, en tanto su consciente se dedicaba a conducir y a cavilar acerca de la sinceridad de aquella mujer. Y, al cabo de unos minutos, súbitamente, Javier se sorprendió planteándose una batería de preguntas: ¿Y por qué ahora? ¿Por qué había tardado Sandra Berbegal un año en deshacerse de aquellos documentos? Además de aquel libro de actas cuyos restos él había visto, ¿qué otros papeles había quemado en la chimenea? En el conjunto de la investigación en que se hallaba inmerso, aquella cuestión resultaba casi trivial, pero para él llegó a convertirse en una obsesión. Una obsesión que, con el discurrir del tiempo, pasó a ser un misterio, y luego, un pequeño recuerdo en la memoria de Javier Mínguez.

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